lunes, 11 de mayo de 2015

San Atilano Cruz Alvarado (Santo Mexicano)



Santos Mexicanos: San Atilano Cruz Alvarado



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Según la Arquidiócesis de Puebla:

San Atilano Cruz AlvaradoNació en el municipio de Teocaltiche, Jalisco, el 5 de octubre de 1901. De muy humilde origen, durante su infancia se empleó como pastor. Gracias a su tenacidad alcanzó de sus padres autorización para estudiar en el colegio de los Dolores y en el seminario auxiliar de Teocaltiche, Jalisco.
Al concluir los estudios elementales, ingresó al Seminario conciliar de Guadalajara. Sus cualidades humanas, su índole noble y paciente, le granjearon la estima de sus condiscípulos. Fue alumno del plantel levítico durante lo más álgido de la persecución religiosa y aceptó ser clérigo cuando este servicio se consideraba un crimen. Recibió la ordenación presbiteral el 24 de julio de 1927, en un lugar de la Barranca de San Cristóbal, refugio del arzobispo, don Francisco Orozco y Jiménez, quien lo nombró en el acto vicario parroquial de Cuquío.
Ejerció su ministerio en las peores circunstancias sin desfallecer, antes bien, se acreditó por su solicitud, obediencia y piedad. Fueron once meses de vivir a salto de mata. El 29 de junio de 1928, atendiendo un llamado de su párroco, llegó al rancho Las Cruces, para acordar, ése y el siguiente día, asuntos tocantes a la atención pastoral.
La madrugada del día 1º de julio, mientras descansaban en la misma habitación los dos sacerdotes y un hermano del párroco, la casa fue tomada por un grupo de soldados del ejército federal, guiados por el presidente municipal de Cuquío, José Ayala y Gregorio González Gallo. El padre Justino Orona fue acribillado a tiros al abrir la puerta, mientras exclamaba: ¡Viva Cristo Rey!; acto continuo, los verdugos completaron su obra disparando sobre los indefensos Atilano Cruz y José María Orona, que murieron en el acto.
Los cadáveres de las víctimas fueron ultrajados antes de su traslado a la plaza de Cuquío, para exhibirlos como sangriento trofeo. Sus restos se conservan en la iglesia parroquial de ese lugar.

Según la Arquidiócesis de Jalisco:

Nació en Teocaltiche, Jal. el 05 de octubre de 1901
Murió en Las Cruces, Jal. el 01 de julio de 1928
Sus restos se encuentran en Cuquío, Jal.
Inició su vida clerical durante los peores años de la persecución religiosa y pese a ello, se mantuvo firme en su convicción de ser sacerdote, por lo que recibió la Orden Presbiteral de manos de su obispo, don Francisco Orozco y Jiménez, en algún lugar de la Barranca de San Cristóbal, el 24 de julio de 1927.
Nació en Ahuetita de Abajo, aldea de Teocaltiche, Jalisco, el 5 de octubre de 1901. Sus padres, José Isabel Cruz y Máxima Alvarado, conformaban una familia cristiana, pero de una precaria situación económica, por lo que durante su infancia se ocupó de cuidar ganado. Después de mucho insistir, obtuvo el permiso de sus padres para cursar la instrucción primaria en el Colegio llamado de Los Dolores, en Teocaltiche.
En 1917 ingresó a la preceptoría del Seminario, el 11 de noviembre de 1920 se inscribió en la casa central del restaurado Seminario de Guadalajara, mismo que subsistió hasta el mes de diciembre de 1924. En esa fecha, el gobernador José Guadalupe Zuno decretó la supresión de la casa formativa.
Los superiores del plantel trasladaron los grupos de Teología a las barrancas, a fin de que se continuaran los estudios.
A partir de la suspensión del culto público, el 1º de agosto de 1926, pertenecer al estado clerical llegó a convertirse en sinónimo de proscripción. El 11 de enero de 1927, el gobernador de Jalisco giró una circular telegráfica confidencial a los presidentes municipales, en cuya parte final ordena; “… sírvase asimismo aprehender desde luego a todos los sacerdotes católicos esa compresión de su mando y remitirlos esta Capital, disposición Ejecutivo”.
Desde entonces fueron asesinados algunos sacerdotes por su condición de ministros del culto. Tales antecedentes, lejos de amedrentar a Atilano, lo decidieron a afrontar con valor los riesgos.
Su vida fue muy breve, vivió sólo 27 años, de los cuales sólo uno fue sacerdote, por lo que sólo tuvo un único nombramiento, como Vicario Cooperador de la Parroquia de Cuquío, , a donde llegó en el mes de septiembre de 1927, luego de haber sido ordenado sacerdote.
Ejercitó su ministerio en calidad de fugitivo: administrando los Sacramentos a salto de mata en los ranchos que el párroco le indicaba; a fin de sortear los peligros, vestía el humilde atuendo de los campesinos, calzón blanco, huaraches y sombrero de falda ancha.
Entonces el municipio de Cuquío se encontraba bajo la férula de José Ayala, personaje de poca solvencia moral, quien atribuyéndose facultades amplísimas que desbordaban su autoridad, puso precio a la vida de los sacerdotes que atendían Cuquío, les tendió un cerco y supo de su paradero gracias a la indiscreción de Simplicio Gómez.
Con un grupo de soldados que exigió al teniente coronel Heredia, sitió la casa de Ponciano Jiménez, en Las Cruces y una vez que evacuaron a los laicos, Ayala en persona arremetió contra el acceso al aposento ocupado por los huéspedes; abrió la puerta el señor Cura Corona, quien fue acribillado. Consumado el crimen, los verdugos ingresaron a la habitación y a quemarropa, asesinaron al padre Atilano Cruz y a José María orona, hermano del párroco.
Los tres cadáveres fueron arrastrados al patio de la vivienda, donde los exaltados Vega y Ayala los patearon y les endilgaron toda suerte de expresiones vulgares y soeces.
Para que la muerte de los sacerdotes sirviera de escarmiento a los católicos de Cuquío, los cadáveres fueron expuestos frente al templo parroquial. Una muchedumbre conmovida, dando rienda suelta a su pena, cercó las víctimas; al enterarse, José Ayala mandó arrestar a algunos de ellos. El sepelio tuvo lugar la tarde de ese mismo día, en medio de múltiples muestras de consternación.
El duelo por la muerte de los mártires fue general. Los lugareños alcanzaron la certeza moral de que los mártires fueron sacrificados por su fe. Sus restos se veneran en la iglesia parroquial de Cuquío y su memoria sigue viva en esa comunidad.

CRUZ ALVARADO, San Atilano

CRUZ ALVARADO, San Atilano (Ahuetita de Abajo, 1901 - Zapotlanejo, 1927) Sacerdote y mártir
El joven sacerdote Cruz nació el 5 de octubre de 1901 en un pueblecito llamado Ahuetita de Abajo, perteneciente al municipio de Teocaltiche, Jalisco, pueblo de rancio abolengo cultural. Su padre se llamaba José Isabel Cruz, y su madre, Máxima Alvarado. Desde pequeño había sido educado en la austeridad y en una vida de fe precisa y fuerte. Lo demostró viviendo su vocación en aquellos años difíciles, en su dedicación al estudio y en su total donación a los demás. Los testigos hablan de su espíritu de pobreza, de su amor a los pobres y de su gran piedad eucarística y mariana. Hablan también de su espíritu de mortificación y de cómo trabajaba con ahínco por las almas, sin ningún temor a los constantes peligros por la persecución[1] . Por ello murió, fiel servidor de su ministerio sacerdotal.
A sólo un año de sacerdote
Este joven sacerdote mártir había pasado su niñez cuidando ganado, hasta que sus padres lo llevaron al pueblo de Teocaltiche para que aprendiera a leer y escribir[2] . Allí sintió la vocación sacerdotal y siendo todavía adolescente comenzó sus estudios en el seminario auxiliar de Teocaltiche, creado en 1917 por su párroco, el padre Ildefonso Gutiérrez. En 1920 pasó al seminario clandestino de Guadalajara, ya que el seminario regular había sido incautado por el Gobernador del Estado, Guadalupe Zuno[3] . Ante tal situación, el arzobispo Don Francisco Orozco y Jiménez había optado por abrir este tipo de seminarios clandestinos, en lugares y casas particulares. En seguida empezaron las aventuras de los seminaristas, pasando de casa en casa para poder continuar sus estudios. Las peripecias por las que atravesaban eran novelescas, ya que estaban continuamente amenazados por el ciclón de la persecución y las pesquisas de la policía. Los jóvenes seminaristas se formaban así, entre desasosiegos inevitables y la firmeza de sus formadores que los forjaban para ser confesores de la fe. Y a pesar de todo, los seminaristas recibían una formación regular y académicamente bien asentada.
Con frecuencia la policía daba con aquellos seminarios y nuevamente se producían detenciones, supresiones y castigos sin parar. En Guadalajara son bien conocidas las redadas y clausuras del 22 de noviembre de 1923 y del 27 de julio de 1925. En aquella ciudad era ya imposible abrir otro seminario clandestino. Formadores y seminaristas se vieron obligados a buscar nuevas soluciones. No se rindieron. Huyeron a las barrancas, con lo que tenían puesto, “sin bastón y sin alforja”, literalmente como dice el Evangelio. En riguroso secreto, divididos en pequeños grupos, fueron marchando hacia lugares donde podrían comenzar de nuevo su vida formativa para el sacerdocio. Así fue como el grupo de seminaristas del último año de teología, del que formaba parte Atilano Cruz Alvarado, acompañado por el formador P. Narciso Aviña Ruiz fue a parar a Ocotengo de Jalisco, un lugar perdido en la falda del Cerro Alto.
El joven seminarista Atilano Cruz Alvarado pidió ser ordenado sacerdote precisamente en el momento más peligroso de la persecución, en 1927. Fue ordenado diácono el 17 de julio, y sacerdote el día 24 del mismo mes, por el arzobispo de Guadalajara Don Francisco Orozco y Jiménez, también él perseguido y escondido. La ordenación se celebró en una barranca, en un lugar oculto de la diócesis donde el arzobispo se encontraba. “Había realizado así el ideal supremo de su vida: ser sacerdote en los momentos en que se ministro de Cristo era el mayor crimen que podía cometer un mexicano, según las leyes impías; crimen que se castigaba con la muerte[4] . Firmaba así también su condena a muerte.
Pudo celebrar su primera misa con sus familiares y amigos en medio de zozobras y cautelas. El arzobispo lo destinó a la parroquia de Cuquío para ayudar a su párroco, el futuro mártir P. Justino Orona y en sustitución de otro futuro mártir, el P. Toribio Romo, destinado a la zona de Tequila. Los sacerdotes ya no podían ejercer públicamente su ministerio: llevaban ya doce meses escondiéndose y huyendo de rancho en rancho, escapando de la captura y de la muerte. El neosacerdote Atilano llegó a Cuquío con sus ansias apostólicas, su rostro risueño y su indumentaria pobre de campesino.
El martirio
El padre Atilano tuvo que vivir, como sus hermanos sacerdotes, en continua huida y escondite. Debía vivir también él en los ranchos, acogido por las familias cristianas que arriesgaban en ello su vida, y lo sabían muy bien. Vivía acompañando a su santo párroco el P. Justino Orona. Sin miedo. Había llegado a aquel rancho perdido, el rancho de Las Cruces, para ponerse de acuerdo con su párroco sobre el trabajo que debían realizar. Era el 29 de junio de 1928, día de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y acudió a la casa del señor Ponciano Jiménez acompañado por dos guías. Allí permaneció con el P. Justino hasta la noche siguiente. La víspera de su muerte platicaron, rezaron juntos el rosario y cenaron. Luego se retiraron a descansar la noche. Les habían avisado que podían caer sobre ellos los federales y que por lo tanto debían precaverse; nuestro mártir había contestado: “Yo tengo más bien miedo a la justicia de Dios que a los federales”. Esta fuerza de corazón estaba muy arraigada en su alma. Dos años antes había escrito una carta a su hermana María, el 19 de noviembre de 1925 en la que le decía que “cuando alguno padece algo, debe gozar pensando que Dios quiere que nosotros acompañemos en la pasión (…); purifica tu conciencia y verás cómo los dolores se cambian en gozo[5] .
Fueron traicionados por un “judas”. El presidente municipal de Cuquío, José Ayala, junto con el capitán federal Vega fueron a apresarlos con una compañía de 40 soldados federales. Llegaron en la noche. Violentaron la casa. Mataron al P. Justino, luego al P. Atilano y al señor José María Orona, hermano del P. Justino. Eran casi las dos de la madrugada del día 1 de julio de 1928. El resto de esta historia de martirio coincide con la del P. Justino Orona Madrigal.
Los fieles católicos de Cuquío supieron inmediatamente que se encontraban ante dos mártires. Los llorarían en un duelo sentido, pero con la esperanza cristiana en arraigada en sus pechos; recogían lo que podían de sus cuerpos: cabellos, ropas ensangrentadas, sangre embebida en algodones, y tierra bañada por su sangre. Su sepultura fue ya el comienzo de su canonización popular. El mismo arzobispo Don Francisco Orozco y Jiménez, al saber la noticia del martirio, exclamó refiriéndose al joven sacerdote Atilano: “¡Me mataron un ángel!”. Era la mejor declaración sobre su martirio cristiano. Su santo cuerpo descansa en la iglesia parroquial de Cuquío, su primer y único destino como sacerdote.

Notas

  1.  Positio Magallanes et XXIV Sociorum Martyrum, I, 159; 145, & 521, & 522, &523; 146 , & 527; 147, & 529, & 530; 264-261; 263.
  2.  Positio Magallanes III, 245.
  3.  Positio Magallanes, III, 260, 262.
  4.  Positio Magallanes, I, 158; II, 261; 91-93; 748-753.
  5.  González Fernández, Fidel. Sangre y Corazón de un Pueblo, Tomo II. Ed. Arquidiócesis de Guadalajara, México, 2008, p. 932.


Bibliografía

  • González Fernández, Fidel. Sangre y Corazón de un Pueblo, Tomo II. Ed. Arquidiócesis de Guadalajara, México, 2008.
  • Positio Magallanes et XXIV Sociorum Martyrum, tres volúmenes.
  • López Beltrán, López. La persecución religiosa en México. Editorial Tradición, México, 1987.

FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ
http://www.enciclopedicohistcultiglesiaal.org/



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