San Pablo Aureliano, obispo
fecha: 12 de marzo
†: s. VI - país: Francia
otras formas del nombre: Pol Aurélien, Pablo de León
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: s. VI - país: Francia
otras formas del nombre: Pol Aurélien, Pablo de León
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En
la ciudad de Léon (hoy Saint-Pol-de-Léon), en la Bretaña Armórica, san Pablo
Aureliano, primer obispo de esta ciudad.
Los
bretones tuvieron la fortuna de haber podido escribir en su país, antes de que
quedara destruido por las invasiones normandas, la vida de uno de los padres de
la cristiandad, con algunos de los detalles peculiares de su autor. Este era un
monje de Landévennec, llamado Wrmonoc, quien conocía bien la región de Lyon.
Terminó de escribir su obra en el año 884. El siguiente es el resumen de ese
documento.
Pablo
Aureliano (más tarde conocido como San Pablo de Lyon) fue el hijo de Perplises,
jefe británico. Nació posiblemente en Penychen, en Gales del Sur. En la escuela
monástica a la cual pidió ser enviado, tenía por compañeros a los santos David,
Sansón y Gilas: esto sucedía en Ynys Byr, en tiempos de san Illtud y
Pablo estuvo presente en el conocido milagro del ensanchamiento de esa isla.
Cuando cumplió 16 años, su patrón le permitió retirarse a un lugar solitario,
pero en otro lado (¿Llanddeeusant, en Carmarthenshire?). Pablo se dirigió a un
sitio donde construyó unas celdas y una capilla. Allí llevó durante varios años
una vida de oración, meditación y estudio; después se ordenó sacerdote y reunió
a doce compañeros para llevarlos consigo a vivir en celdas cercanas a la suya.
De su retiro fue sacado a un mundo de problemas por el rey Marco, quien le
pidió que se trasladara a la «Villa Bannheddos» y evangelizara a su pueblo.
Esto lo hizo con tan buen éxito, que todos quisieron elegirlo obispo; pero él
rehusaba aceptar y, mientras pensaba en lo que convenía hacer, un ángel se le
apareció y le dijo que su vocación se encontraba más allá del mar. El rey Marco
estaba poco dispuesto a dejarlo ir y con aspereza se negó a darle como regalo
de despedida la campanita que pedía, una de las siete que se tocaban antes de
las comidas.
A
pesar de todo el santo partió con sus doce compañeros y llego a la costa de
Armórica o Britania. Pero antes de alejarse de la costa, se detuvo en una bahía
(¿Cornwall?), donde su hermana llevaba una vida solitaria en compañía de unas
cuantas monjas. [Se le da el nombre de Sitofolla y se han hecho intentos de
identificarla con la misteriosa santa Sativola-Sidwell, venerada en Exeter. Cf.
Fr. P. Grosjean en Analecta Bollandiana, vol. LIII (1935) pp. 359-365.] Ella lo
convenció para que permaneciera algunos días y, en la víspera de su partida, le
rogó llorando que le obtuviera un favor de Dios. El lugar, aunque conveniente a
sus propósitos, estaba demasiado cerca de «familiares molestos». «Es fácil para
ti -le dijo- obtener lo que quiero con sólo pedírselo a Dios: pide que el mar
se recoja en su lecho y la tierra pueda ser un poco más ancha». Entonces San
Pablo y su hermana se arrodillaron en la orilla a rezar, después de poner dos
hileras de piedras a lo largo del límite de las aguas bajas. Inmediatamente, el
mar retrocedió, dejando la tierra seca y las piedras crecieron hasta
convertirse en poderosas columnas que formaron un dique.
San
Pablo y sus discípulos llegaron a la isla de Ushant, al lugar que ahora se
llama Porz-Pol. Allí construyeron celdas y vivieron felizmente durante un
tiempo, hasta que el ángel que san Pablo había visto antes, le indicó que
avanzaran más adelante. Al llegar al continente, se internaron y se
establecieron en Ploudalmezeau. Luego Pablo, nuevamente instado por el ángel,
se dirigió al señor del distrito, un buen cristiano llamado Withur, quien se
hizo amigo suyo y les dio la Isla de Batz, donde se estableció Pablo y
construyó un monasterio. Se cuentan relatos maravillosos sobre los beneficios
que dispensó el santo: mató un dragón que había causado grandes daños, enseñó a
la gente cómo obtener miel, agrupando a las abejas salvajes y colocándolas en
panales, y domesticó a un jabalí, cuyos descendientes permanecieron en Lyon por
muchas generaciones.
Un
día, cuando Pablo estaba conversando con Withur, un pescador se les acercó a enseñarles
un pez que había sacado. En su cabeza tenía encajada una campana que
(curiosamente) resultó ser la misma que el rey Marco había rehusado a San
Pablo. (Como prueba de la autenticidad de este incidente, los campesinos de
Lyon señalan la antigua campana que se guarda en su catedral, hecha con una
aleación de cobre y plata. Se le atribuyen propiedades milagrosas).
La
gente que había sido beneficiada con las enseñanzas y los milagros de san
Pablo, comenzó a pedirlo como obispo. Withur también lo deseaba, pero sabía la
indisposición del santo para aceptar tal dignidad y por lo tanto, tuvo que
recurrir a una estratagema. Le dio una carta y le pidió que la llevara él mismo
a manos del rey Childeberto, en París, ya que contenía asunto de gran
importancia. En realidad, era una petición para que designaran obispo a san
Pablo. Este protestó con tenacidad, pero el rey lo hizo consagrar y luego lo
mandó de regreso a Lyon, donde fue recibido entre aclamaciones. El nombre del
"Oppidum" donde se hallaba su sede, se cambió a St-Pol de Lyon, en su
memoria. Ahí llevó la misma vida austera de antes, alimentándose sólo de pan y
agua, con excepción de los días festivos, en los que comía un poco de pescado.
Parece que Withur le cedió su casa en la Isla de Batz, como monasterio para sus
monjes. Ahí gustaba de retirarse el santo obispo para dedicarse a la oración y
contemplación. Vivió hasta edad muy avanzada y renunció a su cargo algunos años
antes de morir. Terminó sus días en el monasterio de Batz, luego de haber visto
morir a dos obispos que él mismo consagró para que le sucedieran. San Pablo
gozaba del don de profecía y previo las incursiones de los nórdicos, según
Wrmonoc, el testigo que relata los últimos momentos del santo en forma sencilla
y emocionante.
Para
la discusión de esta narración, que de ninguna manera deberá tomarse como
válida en toda su extensión, el lector puede remitirse a las obras mencionadas
posteriormente. Puede agregarse que existen muchas huellas de San Pablo
Aureliano en Gales y en Cornwall, en Paul, cerca de la orilla occidental de
Mount´s Bay. Si el pequeño monasterio de su hermana estaba de verdad cerca, en
el Lago Gwavas (como creyó Charles Henderson), es una coincidencia interesante,
que, cuando la Revolución Francesa lo desterró, el último obispo de Lyon, Juan
Francisco de la Marche, arribara a Mount´s Bay en 1791, nueve días antes de la
fiesta de san Pablo. Esta fiesta se observa ahora en la diócesis de Quimper y
en el monasterio de Caldey.
El
primer manuscrito (siglo X) de la Vida de San Pablo Aureliano, de Wrmonoc, fue
impreso por C. Cuissard en la Revue Céltique, vol. V (1883), pp. 417-458; un
manuscrito posterior (siglos XI y XII) se imprimió en Analecta Bollandiana,
vol. I (1882), pp. 209-258; ver también vol. II, pp. 191-194. La más completa
discusión del tema está hecha por el can. G. H. Doble, San Pablo de Lyon
(1941), donde las partes más importantes de la "vida" de Wrmonoc,
están traducidas; cf. el artículo del mismo autor, San Paulus de Gales, en
Laudate, julio 1941. Ver además LBS., vol. IV, pp. 75-83; y F. Duine, Sources
hagiographiques... de Brétagne, pp. 58-61.
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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o última modificación relevante: ant 2012
Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=856
San Gregorio I Magno, papa y
doctor de la Iglesia
fecha: 12 de marzo
n.: c. 540 - †: 604 - país: Italia
otras formas del nombre: Gregorio Magno
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 540 - †: 604 - país: Italia
otras formas del nombre: Gregorio Magno
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En
Roma, en la basílica de San Pedro, sepultura de san Gregorio I, papa, de
sobrenombre «Magno», cuya memoria se celebra el día tres de septiembre,
aniversario de su ordenación.
patronazgo: patrono del
sistema educativo de la Iglesia, de los mineros, de los coros y el canto coral,
los estudiosos, profesores, alumnos, estudiantes, cantantes, músicos,
albañiles, fabricantes de botones; protector contra la gota y la peste.
refieren a este santo: San Agustín de
Canterbury, Santa Emiliana, San Etelberto, San Eulogio de
Alejandría, San Honorio de
Canterbury, San Melito de
Canterbury, San Paulino de
York, Beato Pedro
Diácono (o Levita), San Sérvulo, Santa Tarsila
oración:
Oh Dios, que cuidas a tu pueblo con misericordia y lo
gobiernas con amor, concede el don de sabiduría, por intercesión del papa san
Gregorio Magno, a quienes confiaste la misión del gobierno de tu Iglesia, para
que el progreso de los fieles sea el gozo eterno de sus pastores. Por nuestro
Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu
Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
El
papa Gregorio I, con más justicia llamado «Magno» (es decir, «el Grande»), el
primer papa que fue monje, ascendió a la sede apostólica cuando Italia se
hallaba en una condición deplorable, como consecuencia de las luchas entre los
ostrogodos y el emperador Justiniano, que terminaron con la derrota y muerte de
Totila, en el año 562. Roma era la que más había sufrido: en siglo y medio fue
saqueada cuatro veces y conquistada otras tantas en veinte años, sin que nadie
se hubiera ocupado en restaurar los daños ocasionados por el pillaje, el fuego
y los terremotos. San Gregorio escribió sobre esta situación, hacia el año 593:
«Nosotros vemos lo que ha llegado a ser aquélla que antes fue señora del mundo.
Abatida por las inmensas y múltiples desgracias que ha sufrido... ruinas sobre
ruinas por doquier... ¿Dónde está el Senado?... ¿Dónde está el pueblo?...
Nosotros, los pocos que hemos quedado, estamos amenazados cada día por la
espada e incontables pruebas... Roma desierta está en llamas...»
La
familia que ya había dado a la Iglesia dos papas, Agapito I y Félix III,
tatarabuelo de Gregorio, era una de las pocas familias patricias que aún
quedaban en Roma. Poco se sabe de Gordiano, el padre de Gregorio, aparte de que
poseía extensas propiedades en Sicilia, así como una casa en la colina Coeli; a
su esposa Silvia se
le reconoce como santa en el Martirologio Romano. Gregorio parece haber
recibido la mejor educación de ese tiempo, y haber escogido la carrera de
funcionario. En el año 568, una nueva calamidad cayó sobre Italia: la primera
invasión lombarda. Tres años después, las hordas bárbaras se acercaron a Roma y
cundió la alarma. Gregorio, a los treinta años de edad y con mucha de la
prudencia y energía que le caracterizaron, ejerció el cargo civil más
encumbrado: el de prefecto de la ciudad, un puesto en el que se ganó el respeto
y estimación de los romanos, desarrollando su aprecio por el orden en la
administración de los negocios. Aunque Gregorio cumplía fiel y honrosamente sus
funciones, desde hacía tiempo se sentía llamado a una vocación superior, hasta
que por fin resolvió apartarse del mundo y consagrarse al servicio de Dios. Era
uno de los hombres más ricos en Roma, pero lo dejó todo para recluirse en su
casa del distrito de Clivius Scauri, convirtiéndola en monasterio bajo el
patrocinio de San Andrés y poniéndola al cargo de un monje llamado Valentius, a
quien Gregorio calificó en sus escritos como «el superior de mi monasterio y de
mí mismo». Los pocos años que el santo pasó en su retiro fueron los más felices
de su vida, aunque el exceso de sus ayunos le acarreó complicaciones gástricas,
que originaron la dolencia que lo atormentó por el resto de su vida.
No
era posible que un hombre con el prestigio y el talento de san Gregorio
permaneciera en la oscuridad en aquellos tiempos agitados, y no tardaron en ordenarle
séptimo diácono de la Iglesia Romana para enviarle como
"apocrisiarius" papal o embajador ante la corte bizantina. El
contraste entre la magnificencia de Constantinopla y la condición miserable de
Roma no podía dejar de impresionar al santo; pero encontró la etiqueta de la
corte fatigosa y las intrigas repugnantes. Tuvo la gran desventaja de no saber
griego y cada vez más se entregó a una vida de retiro junto con varios monjes
de San Andrés que la acompañaban. En Constantinopla conoció a san Leandro,
obispo de Sevilla, con quien trabó una amistad de por vida y a cuya petición
comenzó un comentario sobre el Libro de Job, que más tarde terminó en Roma y
que generalmente se conoce como su «Moralia». La mayoría de las fechas en la
vida de San Gregorio son inciertas, pero probablemente fue a principios del año
586 cuando le llamó a Roma Pelagio II. Se reinstaló inmediatamente en su puesto
de diácono en su monasterio de San Andrés, del cual pronto se convirtió en
abad; parece ser que este período es al que se refiere la famosa historia que
cuenta el Venerable Beda, basado en una vieja tradición inglesa:
San
Gregorio caminaba un día por el mercado, cuando advirtió a tres niños de pelo
rubio y tez blanca que se exhibían para ser vendidos como esclavos. El santo se
interesó por su nacionalidad. «Son anglos (o angli)» fue la respuesta. «Su
nombre es apropiado -dijo el santo- porque tienen rostros de ángel y se
necesita ser así para gozar de la compañía de los ángeles en el cielo». Cuando
supo que eran paganos, preguntó de qué provincia venían. «Deira», le
respondieron - «¡De ira!» exclamó san Gregorio; «Sí; ciertamente han sido
salvados de la ira de Dios y llamados a la misericordia de Cristo. ¿Cómo se
llama el rey de ese país?», «Aella», le dijeron; «Entonces el aleluya debe
cantarse en la tierra de Aella». Quedó tan fuertemente impresionado por la
belleza de las criaturas y tan conmovido por su ignorancia de Cristo, que
resolvió predicar el Evangelio en Bretaña y partió en seguida con varios de sus
monjes. Sin embargo, cuando el pueblo romano supo de su partida, elevó tales
protestas, que el papa Pelagio mandó enviados para hacerlo regresar.
Todo
el episodio ha sido declarado apócrifio por los historiadores modernos, pues no
se ha comprobado su evidencia. Señalan que Gregorio nunca mencionó el incidente
y, además, que aun en sus escritos más triviales no se muestra afecto a juegos
de palabras. Sin embargo, la primera parte de la historia (la escena en el
mercado) puede ser cierta; la gente a veces hace juego de palabras en
conversaciones familiares, absteniéndose de esta práctica cuando escribe y,
parece lógica la admiración de san Gregorio por la tez blanca y el pelo rubio
de los niños ingleses. En lo que sí no puede haber discusión es en que Gregorio
se interesó profundamente por la misión de san Agustín en
Inglaterra.
Las
Misas Gregorianas para difuntos tienen su origen en este período. Justus, uno
de los monjes que estaba enfermo, confesó haber guardado tres coronas de oro y
el abad prohibió severamente a los hermanos tener contacto con él y visitarlo
en su lecho de muerte. Cuando murió, fue excluido del cementerio de los monjes
y enterrado en un muladar junto con las piezas de oro. Sin embargo, como murió
arrepentido, el abad ordenó que se ofrecieran misas durante treinta días para
el reposo de su alma y se tiene el propio testimonio de san Gregorio de que, al
término de ese período, el alma del difunto se le apareció a Copiosus, su
hermano natural, asegurándole que había estado atormentado, pero que ahora se
encontraba libre.
Entre
tanto, en Roma se sucedían las calamidades: a las frecuentes inundaciones
causadas por el desbordamiento del Tíber, siguió una terrible epidemia de peste
que diezmó a la población y, en el año 590, arrebató la vida al papa Pelagio.
El pueblo escogió a Gregorio como nuevo Pontífice y el santo, como primera
medida para acabar con la peste, organizó una grandiosa procesión litúrgica por
las calles de Roma. De siete iglesias de la ciudad salieron las gentes para
reunirse en Santa María Mayor. San Gregorio de Tours, basado en los informes de
un testigo, describió así la procesión: «Había sido organizada para que durara
el día miércoles, pero se prolongó durante tres días sucesivos: las columnas
caminaban por las calles, cantando el Kyrie eleison, en tanto que
la peste seguía en su apogeo; mientras caminaba la gente había unos que caían
muertos. Gregorio les infundía valor, hablándoles sin cesar para pedirles que
no dejaran de orar». La fe de la población se vio recompensada, porque después
de aquel acto, la plaga disminuyó rápidamente, hasta desaparecer. Así nos lo
informan los escritores contemporáneos, pero ningún historiador menciona la
aparición del arcángel Miguel blandiendo su espada en la cima del mausoleo de
Adrián, mientras pasaba la procesión, como lo afirma la leyenda. Sin embargo,
esta fábula fue tomando fuerza creciente y el pueblo llegó a aceptar el hecho
como real, hasta el punto de que para conmemorarlo, erigieron sobre el mausoleo
de Adrián, la estatua del Arcángel que, hasta nuestros días remata la torre del
castillo de Sant´Angelo, nombrado así en honor de San Miguel, desde el siglo X.
Aunque
Gregorio desde entonces se dedicó a asistir a sus conciudadanos, sus
inclinaciones seguían la dirección de una vida de contemplación y no tenía
ninguna intención de ser papa, si lo podía evitar: le escribió al emperador
Mauricio pidiéndole que no confirmara la elección; pero según nos cuenta
Gregorio de Tours: «Mientras estaba preparándose para huir y esconderse, fue
detenido y llevado a la Basílica de San Pedro y allí se le consagró para el
cargo pontificio; fue presentado como papa al público que lo aclamaba». Lo
anterior tuvo lugar el 3 de septiembre de 590.
La
correspondencia cruzada con Juan, arzobispo de Ravena, quien modestamente lo
censuró por tratar de evadir el cargo, originó que Gregorio escribiera la
Regula Pastorelis, un libro sobre las funciones episcopales. En él reconoce al
obispo como el primero y principal doctor de almas, cuyas obligaciones
primordiales son las de catequizar y hacer cumplir la disciplina. La obra
obtuvo éxito inmediato y el emperador Mauricio mandó que fuera traducida al
griego por Anastasio, patriarca de Antioquía. Más tarde, San Agustín la llevó a
Inglaterra, donde 300 años después fue traducida por el rey Alfredo; en los
concilios convocados por Carlomagno, el estudio del libro se hizo obligatorio
para todos los obispos, quienes recibían un ejemplar al ser consagrados. Los
ideales de Gregorio fueron en adelante los del clero de occidente y han seguido
inculcándose a los obispos en los tiempos modernos.
Desde
el momento en que asumió el cargo de papa, se impuso el doble deber de
catequizar y cumplir con la disciplina. Rápidamente destituyó al archidiácono
Laurencio, el eclesiástico más importante de Roma, «cuyo orgullo y mal
comportamiento sería mejor mantener en silencio», como dice la antigua crónica.
En su lugar, designó un «vice dominus» para vigilar los asuntos seculares de la
casa papal, ordenó que sólo se designaran clérigos para el servicio del papa,
prohibió el cobro injusto de primas por entierros en iglesias, por ordenaciones
o por conferir el palio y no permitió a los diáconos dirigir la parte cantada
de la misa, a menos que fueran escogidos por sus voces más que por su carácter.
También como predicador se destacó san Gregorio. Gustaba de predicar durante la
misa, escogiendo de preferencia temas del Evangelio del día y, hasta nosotros
han llegado algunas de sus homilías, llenas de elocuencia y sentido común,
terminadas con una enseñanza moral que podía adaptarse a cada caso.
En
las instrucciones a su vicario en Sicilia y a los supervisores de su
patrimonio, Gregorio insistía constantemente en un trato más liberal hacia sus
vasallos y campesinos; aconsejaba que se les facilitara dinero a los que
estuvieran en dificultades. Por cierto que fue un excelente administrador de la
Sede Pontificia: todos los súbditos estaban contentos con lo que les tocaba en
la distribución de bienes y aún entraba dinero a la tesorería. Después de su
muerte, lo culparon de haber dejado las arcas vacías a sus sucesores, pero sus
generosas caridades -que llegaron a tomar la forma de una asistencia estatal-
salvaron tal vez del hambre a miles en aquel período de tanta pobreza. Utilizó
fuertes sumas para rescatar prisioneros de los lombardos; alabó la actitud del
obispo de Fano que arrancó las láminas de oro de los altares para venderlas y
obtener dinero para los rescates y recomendó a los demás prelados que hicieran
lo mismo. Ante la amenaza de escasez de trigo, llenó los graneros de Roma y
llevó una lista regular de los pobres a quienes se les entregaba periódicamente
el grano. A las «damas en decadencia» les dispensaba una consideración
especial. Su sentido de justicia se mostró en su trato suave hacia los judíos,
a quienes protegía de los ataques personales o contra sus sinagogas. Declaró
que no debía obligárseles, sino ganárselos por la humildad y la caridad. Cuando
los hebreos de Caguán, en Cerdeña, se quejaron de que su sinagoga había sido
ocupada por un judío converso que la transformó en iglesia, san Gregorio ordenó
que fuera restituida a sus legítimos propietarios.
Desde
el comienzo de su pontificado, el santo tuvo que enfrentarse a las agresiones
de los lombardos, quienes desde Pavía, Spoleto y Benevento hicieron incursiones
a diversas partes de Italia. No podía obtenerse ayuda alguna de Constantinopla
o del exarca de Ravena y recayó sobre Gregorio, el hombre fuerte, no solamente
organizar la defensa de Roma, sino prestar ayuda a otras ciudades. Cuando en
593 Agilulfo apareció ante los muros de Roma con un ejército lombardo,
provocando el pánico general, no salió a entrevistar al rey lombardo únicamente
el prefecto civil o el jefe militar, sino también el Vicario de Cristo. Tanto
por su personalidad y prestigio, como por la promesa que hizo de pagar un
tributo anual, Gregorio indujo al rey lombardo a retirar su ejército y dejar en
paz a la ciudad. Durante nueve años luchó en vano para llegar a un arreglo
entre el emperador bizantino y los lombardos; Gregorio procedió entonces por su
cuenta a negociar un tratado con el rey Agilulfo, y obtuvo un armisticio
especial para Roma y sus distritos circundantes. Pero solamente los últimos
días en la vida de san Gregorio fueron alegrados por las noticias del
restablecimiento de la paz. Sin duda que fue un alivio para el santo poder apartar
su pensamiento del ajetreado mundo para concentrarlo en sus escritos. Hacia
fines de 593, publicó sus célebres «Diálogos», uno de los libros más leídos en
la Edad Media. Es una colección de relatos, profecías y milagros, extraídos de
la tradición y expuestos en tal forma, que muestran los esfuerzos de los fieles
italianos por alcanzar la santidad. Las historias eran las que transmitían de
boca en boca las gentes que, en muchos casos, fueron testigos de los hechos
ocurridos. Los métodos de san Gregorio no son críticos y el lector actual
frecuentemente se siente desilusionado por lo que respecta a credibilidad de
los informes. Los escritores modernos se han preguntado si los Diálogos podrían
ser obra de una persona tan equilibrada como san Gregorio, pero la evidencia en
favor del autor parece concluyente; además debemos recordar que era aquella una
época de credulidad y que cualquier cosa extraordinaria era inmediatamente
elevada al nivel sobrenatural.
De
toda su labor religiosa en occidente, la que estaba más cercana a su corazón
era la conversión de Inglaterra y el éxito que coronó sus esfuerzos,
encaminados hacia esta dirección fue para él, como necesariamente lo es para
los ingleses, el mayor triunfo de su vida. Cualquiera que sea la verdad de los
anglos y su historia, parece más probable que el primer intento de enviar una
misión provino de Inglaterra misma. Esto se infiere en las dos cartas de san
Gregorio que aún se conservan. Al escribir a los reyes franceses Thierry y
Teodeberto, dice: «Tenemos noticias de que la nación de los anglos desea
ardientemente ser convertida a la fe; pero los obispos de las comarcas vecinas
no hacen caso (a su deseo piadoso) y se niegan a secundarlo enviando
sacerdotes». A Brunilda le escribió casi en los mismos términos. Los obispos
aludidos eran probablemente los del norte de Francia y no los ingleses galeses
o escoceses. Respecto a este problema, la primera medida del papa fue la de
ordenar la compra de varios esclavos ingleses, sobre todo, jóvenes de 17 o 18
años, con objeto de educarlos cristianamente para el servicio de Dios. Aún así,
no eran ellos a quienes quería encomendar en principio la labor de conversión.
De su propio monasterio de San Andrés, seleccionó un grupo de cuarenta
misioneros, a quienes puso a las órdenes de Agustín. No es necesario volver a
referirnos a la historia de esta misión, pues se tratará de ella el 26 de mayo.
Podemos decir, junto con el Venerable Beda: «Si Gregorio no es apóstol de los
demás, lo es para nosotros, puesto que somos su sello de apostolado ante el
Señor».
Durante
casi todo su pontificado, san Gregorio estuvo en conflicto con Constantinopla,
a veces con el emperador, otras con el patriarca y ocasionalmente con ambos.
Protestó siempre contra los tributos injustos de los funcionarios bizantinos,
cuyas despiadadas extorsiones redujeron a los campesinos italianos a la
miseria; protestó también ante el emperador, por un edicto que prohibía a los
soldados abrazar la vida religiosa. Con Juan el Abstemio, patriarca de
Constantinopla, sostuvo una correspondencia mordaz sobre el título de ecuménico
o universal que se había otorgado el jerarca. Sólo significaba una autoridad
general o superior de un arzobispo sobre muchos, pero el uso del título
«Patriarca Euménico» parecía dar lugar a la arrogancia y Gregorio lo resentía.
Por su parte, aunque era uno de los más activos defensores de la dignidad
papal, prefería asignarse el orgullosamente humilde título de «Servus Servorum
Dei» (Siervo de los siervos de Dios, un título que aún ostentan sus sucesores).
En 602, el emperador Mauricio fue depuesto por una revuelta militar capitaneada
por Focas, quien asesinó al anciano emperador y a su familia. Haber escrito una
carta, en términos diplomáticos a este cruel usurpador, fue el único acto que
expuso al papa a críticas hostiles. La carta habla principalmente de la
esperanza de que la paz quede asegurada. Por el interés de su pueblo indefenso,
a Gregorio no le convenía lanzar acusaciones. En sus trece años de pontificado,
Gregorio realizó el trabajo de toda una vida. Su diácono, Pedro, aseguró que
nunca descansaba y por cierto que no se cuidaba, aunque sufría de una gastritis
crónica que le hacia padecer mucho y le dejó en los huesos; pero el papa no se
concedía reposo y, pese a sus males, siguió dictando cartas y atendiendo los
asuntos de la Iglesia hasta el fin. Una de sus últimas acciones fue la de
enviar una gruesa manta a un obispo pobre que sufría de un catarro. San
Gregorio fue enterrado en San Pedro y el epitafio en su tumba dice así:
«Después de haber llevado al cabo sus acciones, conforme a sus doctrinas, el
gran cónsul de Dios fue a gozar de sus triunfos eternos».
Se
le reconoce a san Gregorio la compilación del Antiphonario, la revisión y
reestructuración del sistema de música sacra, la fundación de la famosa Schola
cantorum de Roma y la composición de varios himnos muy conocidos. Aunque esos
derechos le han sido discutidos, ciertamente que tuvo una influencia
considerable en la liturgia romana. Pero su verdadera obra se proyecta en otras
direcciones. Se le venera como el cuarto Doctor de la Iglesia Latina, por haber
dado una clara expresión a ciertas doctrinas religiosas que aún no habían sido
bien definidas. Por varios siglos, la última palabra en teología era la suya,
aunque más que teólogo era un predicador popular, catequista y moralista. Quizá
su mayor labor fue el fortalecimiento de la Sede Romana. Como escribe el
anglicano Milman en su «History of Latín Christianity»: «Es imposible concebir
cuál sería la confusión, la falta de leyes, el estado caótico de la Edad Media
sin el papado de esa época y, de éste, el verdadero padre es Gregorio Magno».
No sin razón la Iglesia le asignó el título, raras veces otorgado, de Magnus,
»Magno».
Como
ya se dijo, el rey Alfredo Magno hizo una traducción de la Regula Pastoralis y
dio un ejemplar a cada uno de sus obispos; le agregó un prefacio y un epílogo
escritos por él, así como unos versos anglo-sajones de los cuales puede darse
una idea con la siguiente traducción en prosa:
Este mensaje lo trajo Agustín a través del salado mar, desde el sur a las islas, tal como el papa de Roma, el Campeón del Señor, lo decretó previamente. El sabio Gregorio era versado en muchas doctrinas verdaderas, mediante la sabiduría de su mente y su tesoro de meditaciones continuas. Porque sobresalió de entre los hombres hasta alcanzar al guardián del cielo (San Pedro); fue el mejor de los romanos, el más sabio de todos, el más gloriosamente famoso. Posteriormente, el rey Alfredo tradujo cada palabra al inglés y me envió a sus amanuenses del sur y del norte, y ordenó traer aun más ejemplares, después del primero, para enviárselos a sus obispos, pues muchos que sabían poco latín lo necesitaban.
Las
propias cartas y escritos de San Gregorio son las fuentes de información más
fidedignas para la historia de su vida, pero además tenemos una breve biografía
en latín de un monje de Whitby, que probablemente data de principios del siglo
VIII; otra del diácono Paulo, de fines del mismo siglo y una tercera del
diácono Juan, escrita entre el 872 y el 882. Tenemos también noticias valiosas
en Gregorio de Tours, Beda y otros historiadores, especialmente en el Líber
Pontificalis. Para las cartas de San Gregorio debe consultarse la edición del
P. Ewald y L. M. Hartmann en MGH. Una biografía moderna y valiosa, dentro de
una pequeña edición es la de Mons. Batiffol en la serie Les Saints. Ver también
el Acta Sanctorum, marzo, vol. II; Lives of the
Popes, vol. I, de Mann; Life of St. Gregory the Great, de Snow; Histoire de
l'Eglise, vol. V, (1938), de Fliche y Martín; y, entre
los escritores anglicanos, el cuidadoso trabajo del Dr. J. H. Dudden St.
Gregory the Great (1905). La literatura sobre el particular es muy vasta.
Imágenes:
-Registrum gregorii, «San Gregorio Magno ispirato dalla colomba», miniatura del 983, Biblioteca del Estado de Tréveris, 19,8 x 27 cm.
-Carlo Saraceni: «Gregorio», c.1610, Galleria Nazionale d'Arte Antica en Roma (nótese que es la misma escena que en la miniatura anterior vista 6 siglos más tarde).
-Rafael: «Disputa del Sacramento», 1510-11, fresco (ancho de la base 7,7 m), Stanza della Segnatura, Palazzi Pontifici, Vaticano. Uno de los más célebres frescos de Rafael, donde aparecen todos los grandes teólogos de la Iglesia desde sus inicios hasta la propia época del pintor; san Gregorio Magno es el único con tiara a la izquierda (visto desde el espectador) del altar (ver detalle). El fresco puede visitarse virtualmente, al igual que el resto de la «stanza».
Imágenes:
-Registrum gregorii, «San Gregorio Magno ispirato dalla colomba», miniatura del 983, Biblioteca del Estado de Tréveris, 19,8 x 27 cm.
-Carlo Saraceni: «Gregorio», c.1610, Galleria Nazionale d'Arte Antica en Roma (nótese que es la misma escena que en la miniatura anterior vista 6 siglos más tarde).
-Rafael: «Disputa del Sacramento», 1510-11, fresco (ancho de la base 7,7 m), Stanza della Segnatura, Palazzi Pontifici, Vaticano. Uno de los más célebres frescos de Rafael, donde aparecen todos los grandes teólogos de la Iglesia desde sus inicios hasta la propia época del pintor; san Gregorio Magno es el único con tiara a la izquierda (visto desde el espectador) del altar (ver detalle). El fresco puede visitarse virtualmente, al igual que el resto de la «stanza».
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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o última modificación relevante: ant 2012
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