San Columbano de Luxeuil y de Bobbio, abad
fecha: 23 de noviembre
fecha en el calendario anterior: 21 de noviembre
n.: c. 542 - †: 615 - país: Italia
otras formas del nombre: Colomba, Columbano el Joven
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 21 de noviembre
n.: c. 542 - †: 615 - país: Italia
otras formas del nombre: Colomba, Columbano el Joven
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: San Columbano, abad, irlandés de nacimiento, que por Cristo se hizo
peregrino para evangelizar a las gentes de las Galias. Fundó, entre otros
muchos, el monasterio de Luxeuil, que él mismo rigió con estricta observancia,
y obligado después a exiliarse, atravesó los Alpes y construyó el cenobio de
Bobbio, en la Liguria, famoso por su disciplina y estudios, en el cual se
durmió en paz, lleno de méritos para con la Iglesia. Su cuerpo recibió
sepultura en este día.
Patronazgos: patrono de Irlanda y protector contra
las enfermedades mentales y las inundaciones.
refieren a este santo: San Audeno de
Rouen, San Brendán, San Comgall, San Deicolo, San Fintán, San Galo, San Kentigerno
de Glasgow, San Waldeberto
Oración: Señor, Dios nuestro, que has unido de modo admirable en el abad san
Columbano la tarea de la evangelización y el amor a la vida monástica,
concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que te busquemos a ti sobre todas
las cosas y trabajemos por la propagación de tu reino. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y
es Dios por los siglos de los siglos.
El más grande de los
monjes misioneros irlandeses que actuaron en el continente europeo, debió nacer
más o menos cuando murió san Benito, el patriarca de los monjes de Occidente,
cuya regla adoptarían un día todos los monasterios de san Columbano. Columbano
nació en Leinster y recibió una buena educación. Estuvo a punto de echarla a
perder cuando era joven a causa de las tentaciones de la carne. En efecto,
ciertas «Lascivae puellae» (mujercillas de mala vida), según cuenta Jonás, el
biógrafo del santo, trataron de corromperle, y Columbano se sintió muy tentado
a ceder. En su aflicción, pidió consejo a una mujer muy piadosa, que durante
años había vivido alejada del mundo, y ésta le dijo que, si era necesario,
partiese de su patria para huír de la tentación: «¿Crees que podrás resistir?
Acuérdate de los halagos de Eva y de la caída de Adán; acuérdate de Sansón
vencido por Dalila; recuerda a David, a quien la belleza de Betsabé apartó del
buen camino, acuérdate del sabio Salomón engañado por las mujeres. Huye, escapa
lejos de ese río en el que tantos han caído». Columbano creyó encontrar en esas
palabras algo más que el prudente consejo a un joven que atraviesa por una
prueba tan común en la adolescencia y las interpretó como un llamamiento a
renunciar al mundo y abrazar la vida religiosa. Así pues, abandonó a su madre,
a pesar de que ésta trató de impedírselo, y se fue a vivir en una isla de Lough
Erne, llamada Cluain Inis, con el monje Sinell. Más tarde, se trasladó a la
famosa escuela monástica de Bangor, en Belfast Lough. No sabemos cuánto tiempo
pasó allí; Jonás dice que «muchos años». Probablemente tenía alrededor de
cuarenta y cinco cuando obtuvo permiso del santo abad Congall para partir del
monasterio. Con doce compañeros se trasladó a la Galia, donde las invasiones de
los bárbaros, las guerras civiles y la relajación del clero, habían reducido la
religión a un estado lamentable.
Los monjes irlandeses
empezaron inmediatamente a predicar al pueblo con el ejemplo de su caridad,
penitencia y devoción. Su fama llegó a oídos del rey Gontram de Borgoña, el
cual regaló, antes del 590, a san Columbano unas tierras para que construyese
en Annegray, en las montañas de los Vosgos, su primer monasterio. El biógrafo
del santo relata ciertos incidentes que recuerdan algunas escenas de la vida de
san Francisco de Asís. Pronto, el convento de Annegray resultó insuficiente,
pues muchísimos monjes querían vivir bajo la dirección de Columbano. El santo
construyó entonces el monasterio de Luxeuil, no lejos del primero, y también el
de Fontes (actuahnente Fontaine), que se llamó así por las fuentes que allí
había. Estas tres fundaciones y la de Bobbio fueron las que Columbano llevó a
cabo personalmente. Sus discípulos establecieron numerosos monasterios en
Francia, Alemania, Suiza e Italia, que se convirtieron en centros de religión e
industria, en el período oscuro de la Edad Media. San Columbano estableció como
fundamento de su regla el amor de Dios y del prójimo, y sobre ese precepto
general erigió todo el edificio. Mandó que los monjes comiesen en forma muy
sencilla y en proporción al trabajo que ejecutasen. Dispuso que comiesen
diariamente para poder cumplir con sus obligaciones. Prescribió el tiempo que
debían emplear en la oración, en la lectura y en el trabajo manual. El santo
afirmaba que recibió esas reglas de sus mayores, es decir, de los monjes
irlandeses. Impuso a todos los monjes la obligación de orar en privado en sus
celdas, y señaló que lo esencial es la oración del corazón y la concentración
de la mente en Dios. La regla se complementa con un penitencial en el que se
determinan las penitencias que deben imponerse a los monjes por cada falta, por
leve que ésta sea. La regla de san Columbano difiere principalmente de la de
san Benito por su severidad, tan característica del cristianismo céltico. En
efecto, las menores transgresiones se castigan con ayunos a pan y agua y
disciplinas. El rezo del oficio divino es particularmente largo (El máximo es
de setenta y cinco salmos diarios en invierno). Puede decirse que en materia de
austeridad, los monjes célticos rivalizaban con los de Oriente.
Al cabo de doce años de
gran paz, los obispos francos empezaron a mostrar cierta hostilidad contra los
monjes de san Columbano y convocaron a éste ante un sínodo para que justificase
sus costumbres célticas (fecha de la Pascua, etc.). El santo se negó a comparecer,
«para no caer en disputas de palabras»; pero dirigió a la asamblea una carta en
la que él, «pobre extranjero en estas regiones por la causa de Cristo», suplica
humildemente que le dejen en paz, e indica claramente que el sínodo tiene
asuntos más graves en qué ocuparse que la fecha de la Pascua. Como los obispos
insistiesen, san Columbano apeló a la Santa Sede. En sus cartas a dos
diferentes papas protestó de su ortodoxia y de la de sus monjes, explicó las
costumbres irlandesas y pidió que se las confirmara. El tono de las cartas es
muy sincero y, para excusarse por ello, dice el santo: «Perdonadme, os ruego,
bendito Pontífice, el atrevimiento que me lleva a escribir en forma tan
presuntuosa. Os ruego que, por lo menos una vez, os acordéis de mí en vuestras
santas oraciones, pues soy un indigno pecador».
Pronto se vio San
Columbano envuelto en una tempestad más seria. El rey de Borgoña, Teoderico II,
profesaba gran respeto al santo, pero éste le reprendió por tener concubinas en
vez de casarse, lo cual molestó mucho a la reina Brunequilda, abuela de
Teodorico, que había sido regente del reino, pues temía que, si su nieto se
casaba, ella perdería su influencia. La cólera de Brunequilda llegó al colmo
cuando Columbano se negó a bendecir a los cuatro hijos naturales de Teodorico,
diciendo: «No heredarán el reino, pues son mal nacidos». Por otra parte, el
santo negó a Brunequilda la entrada en su monasterio, como lo hacía con todas
las mujeres y aun con los laicos. Como eso era contrario a la costumbre franca,
Brunequilda lo aprovechó como pretexto para excitar a Teodorico contra san
Columbano. El resultado fue que el año 610, el santo y todos sus monjes
irlandeses fueron deportados a Irlanda. Es imposible que los obispos hayan
intervenido en la expulsión. Desde Multes escribió san Columbano su famosa
carta a los monjes que habían quedado en Luxeuil. Montalembert dice que esa
carta contiene «algunos de los pensamientos más bellos que el genio cristiano
haya producido jamás».
El santo se embarcó en
Nantes; pero una tempestad le obligó a volver a tierra. Entonces san Columbano
se dirigió, pasando por París y Meaux, a la corte de Teodeberto II de
Austrasia, que estaba en Metz. El monarca le acogió amablemente. Bajo su
protección, Columbano y algunos de sus discípulos fueron a predicar a los
infieles de las cercanías del lago de Zurich. Como no fuesen allí bien
recibidos, se trasladaron a un hermoso valle de las cercanías del lago de
Constanza, actualmente Bregenz. Allí encontraron un oratorio abandonado
dedicado a Santa Aurelia y junto a él construyeron sus celdas. Pero también
allí los métodos enérgicos de algunos de los misioneros, especialmente de san Galo,
provocaron al pueblo contra ellos. Por otra parte, Austrasia y Borgoña estaban
en guerra. Teodoberto resultó vencido y sus propios súbditos le entregaron a su
hermano Teodorico, quien le envió a su abuela Brunequilda.
San Columbano, viendo
que su enemigo era el amo de la región en que se hallaba y que su vida corría
peligro, cruzó los Alpes (por más que tenía ya unos setenta años). En Milán fue
muy bien acogido por el rey arriano Agilulfo de Lombardía y su esposa
Teodelinda. El santo empezó inmediatamente a combatir el arrianismo, contra el
que escribió un tratado, e intervino en el asunto de los Tres Capítulos.
Aquellos escritos fueron condenados por el quinto Concilio Ecuménico de
Constantinopla, porque favorecían el nestorianismo. Los obispos de Istria y
algunos de los de Lombardía defendieron los Tres Capítulos con tal ardor, que
rompieron la comunión con el Papa. El rey y la reina indujeron a san Columbano
a que escribiese francamente al papa san Bonifacio IV en
defensa de esos escritos, urgiéndole a velar por la ortodoxia. San Columbano
conocía mal el tema de la controversia. Por lo demás, no dejó de formular
claramente su ardiente deseo de permanecer en la unidad de la fe, su intensa devoción
a la Santa Sede y su convicción de que «el pilar de la Iglesia ha estado
siempre en Roma». En seguida añadía: «Nosotros los irlandeses, que vivimos en
el extremo de la tierra, somos seguidores de san Pedro y san Pablo y de los
discípulos que escribieron los libros canónicos inspirados por el Espíritu
Santo. No aceptamos nada que no esté conforme con las enseñanzas evangélicas y
apostólicas ... Confieso que me hace sufrir la mala fama que tiene la cátedra
de San Pedro en esta región ... Como lo he dicho antes. estamos ligados a la
cátedra de San Pedro. Cierto que Roma es grande y famosa por sí misma, pero
ante nosotros, sólo es grande y famosa por la cátedra de San Pedro». Admitiendo
que se expresa con demasiada franqueza (pues llega a llamar al papa Vigilio
«causa de escándalo»), escribió en la misma carta: «Si en ésta o en alguna otra
de mis cartas ... encontráis expresiones dictadas por un celo excesivo,
atribuidlas a indiscreción y no a orgullo. Velad por la paz de la Iglesia ... ,
emplead la voz y los gestos del verdadero pastor y defended a vuestro rebaño de
los lobos». San Columbano llama al papa «pastor de pastores», «jefe de los
jefes» y «Pontífice único, cuyo poder se engrandece honrando al Apóstol Pedro».
Agilulfo regaló a
Columbano una iglesia en ruinas y ciertas tierras en Eboviuni (Bobbio). En ese
valle de los Apeninos, situado entre Génova y Piacenza, emprendió el santo la
fundación de la abadía de San Pedro. A pesar de su avanzada edad, trabajó
personalmente en la construcción. Pero lo que deseaba ardientemente, era el
retiro para prepararse a bien morir. Cuando visitó a Clotario II de Neustria, a
su regreso de Nantes, había profetizado que Teodorico caería tres años más
tarde. La profecía se cumplió. Teodorico había muerto, Brunequilda fue
brutalmente asesinada y Clotario era el amo de Austrasia y de Borgoña.
Recordando la profecía de san Columbano, el monarca le invitó a volver a
Francia. El santo no pudo aceptar la invitación pero rogó a Clotario que se
mostrase bondadoso con los monjes de Luxeuil. Poco después murió, el 23 de
noviembre del 615.
Aun a mediados del siglo
XVIII, Luxeuil era todavía un monasterio muy floreciente, ocupado por la
congregación benedictina de San Vitono. Pero cincuenta años después, la
Revolución Francesa puso fin a la larga, azarosa y gloriosa historia de
Luxeuil. En cuanto al monasterio de Bobbio, cuya biblioteca llegó a ser una de
las mayores durante la Edad Media, empezó a declinar desde el siglo XV y fue
suprimido por los franceses en 1803; la biblioteca había empezado a dispersarse
casi tres siglos antes. Sin embargo, todavía se celebra la fiesta de san
Columbano en la pequeña diócesis de Bobbio. En el norte de Italia quedan
numerosas huellas del culto que se tributaba antiguamente al santo. Un monje de
Bobbio, llamado Jonás, escribió una biografía poco después de la muerte de San
Columbano.
La obra de Jonás es
nuestra principal fuente. B. Krusch hizo una edición crítica en Monumenta
Germaniae Historica, Scriptores Merov., vol. IV, pp. 1-156. Véase también J. M.
Clauss, Die Heiligen des Elsasses (1935); A. M. Tommasini, Irish Saints in
Italy (1937) ; L. Gougaud, Le culte de St Columban, en Revue Mabillon, vol.
XXV; (1935), pp. 169-178; y M. M. Dubois, St Columban (1950). Las cartas del
santo están en Monumenta Germaniae Historica, Epistolae, vol. III, pp. 154-
190. La autenticidad del penitencial que se le atribuye es dudosa; en cambio,
su regla parece auténtica y se ha escrito mucho sobre ella; el texto puede
verse en Migne, PL., vol. LXXX, cc. 209 ss. El P. P. Grosjean volvió a estudiar
el difícil problema de la cronología de la vida del santo, en Analecta
Bollandiana, vol. LXIV (1946), pp. 200-215. Hay en línea una versión al
inglés de la Vida de san Columbano escrita por Jonás, en la
versión publicada en Mabillon: Acta Sanctorum Ordinis S. Benedicti, Vol. I,
Venice, 1733, pp. 3-26.
fuente: «Vidas de los
santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de
santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta
ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y
servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar
esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el
siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4270
San Clemente I Romano, papa mártir
fecha: 23 de noviembre
†: c. 101 - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: c. 101 - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: San Clemente I, papa y mártir, tercer sucesor del apóstol san Pedro,
que rigió la Iglesia romana y escribió una espléndida carta a los corintios,
para fortalecer entre ellos los vínculos de la paz y la concordia. Hoy se
celebra el sepelio de su cuerpo en Roma.
Patronazgos: patrono de barqueros y marineros,
trabajadores del mármol, la piedra y albañiles, protector de los niños y las
enfermedades de la infancia, y contra la tormenta y la tempestad.
refieren a este santo: San Evaristo, San Sotero
Oración: Dios todopoderoso y eterno, que te muestras admirable en la gloria de
tus santos, concédenos celebrar con alegría la fiesta de san Clemente,
sacerdote y mártir de tu Hijo, que dio testimonio con su muerte de los
misterios que celebraba y confirmó con el ejemplo lo que predicó con su
palabra. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la
unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración
litúrgica).
El tercer sucesor de san
Pedro, probablemente san Clemente, fue contemporáneo de los santos Pedro y
Pablo, según se cree. En efecto, San Ireneo escribía en la segunda mitad del
siglo II: «Vio a los bienaventurados apóstoles y habló con ellos. La
predicación de éstos vibraba aún en sus oídos y conservaba sus enseñanzas ante
los ojos». Orígenes y otros autores le identifican con el Clemente a quien san
Pablo llama su compañero de trabajos (Flp 4,3), pero se trata de una
identificación muy dudosa. Ciertamente, no fue nuestro santo el Flavio Clemente condenado
a muerte el año 95, como lo afirma Dión Casio (Hist. Rom. 67,14). Pero no es
imposible que haya sido un liberto de la servidumbre del emperador, cuyos
ascendientes fueron judíos. No poseemos ningún detalle sobre su vida, pero
siguiendo los datos de Eusebio de Cesarea (Hist. eccl 3,15,34), su pontificado
se extendió desde el año 92 hasta el 101.
Las «actas» del siglo
IV, que son apócrifas, afirman que convirtió a una pareja de patricios,
llamados Sisinio y Teodora, y a otros 423. Aquello le atrajo el odio del pueblo
y el emperador Trajano le desterró a Crimea, donde tuvo que trabajar en las
canteras. La fuente más próxima distaba diez kilómetros, pero Clemente
descubrió, por inspiración del cielo otro manantial más próximo, donde pudieron
beber los numerosos cristianos cautivos. El santo predicó en las canteras con
tanto éxito que, al poco tiempo, había ya setenta y cinco iglesias. Entonces,
fue arrojado al mar con un anda colgada al cuello. Los ángeles le construyeron
un sepulcro bajo las olas. Cada año, las aguas se abrían milagrosamente para
dejar ver el sepulcro.
San Ireneo dice que «En
la época de Clemente, estalló una importante sedición entre los hermanos de
Corinto. La iglesia de Roma les envió una larga carta para restablecer la paz,
renovar la fe y para anunciarles la tradición que había recibido recientemente
de los apóstoles». Esa carta fue la que hizo famoso el nombre de Clemente I. En
los primeros tiempos de la Iglesia, la carta de Clemente tenía casi tanta
autoridad como los libros de la Sagrada Escritura y solía leerse junto con
ellos en las iglesias. En el manuscrito de la Biblia (Codex Alexandrinus, siglo
V) que Cirilo Lukaris, patriarca de Constantinopla, envió al rey Jacobo I de
Inglaterra, había una copia de la carta de Clemente. Patricio Young, encargado
de la biblioteca real de Inglaterra, la publicó en Oxford, en 1633.
San Clemente comienza
por dar una explicación de que las dificultades por las que atraviesa la
Iglesia en Roma (la persecución de Diocleciano) le habían impedido escribir
antes. En seguida, recuerda a los corintios cuán edificante había sido su
conducta cuando todos eran humildes, cuando deseaban más obedecer que mandar y
estaban más prontos a dar que a recibir, cuando estaban satisfechos con los
bienes que Dios les había concedido y escuchaban diligentemente su Palabra. En
aquella época eran sinceros, inocentes, sabían perdonar las injurias,
detestaban la sedición y el cisma. San Clemente se lamenta de que hubiesen
olvidado el temor de Dios y cayesen en el orgullo, en la envidia y en las
disensiones y los exhorta a deponer la soberbia y la ira, porque Cristo está
con los que se humillan y no con los que se exaltan. El cetro de la majestad de
Dios, Nuestro Señor Jesucristo, no se manifestó en el poder sino en la
humillación. Clemente invita a los corintios a contemplar el orden del mundo,
en el que todo obedece a la voluntad de Dios: los cielos, la tierra, el océano
y los astros. Dado que estamos tan cerca de Dios y que Él conoce nuestros
pensamientos más ocultos, no deberíamos hacer nada contrario a su voluntad y
deberíamos honrar a nuestros superiores; las necesidades disciplinares han
obligado a crear obispos y diáconos, a quienes se debe toda obediencia. Las
disputas son inevitables y los justos serán siempre perseguidos. Pero señala
que unos cuantos corintios están arruinando su iglesia. «Obedezca cada uno a
sus superiores, según la jerarquía establecida por Dios. Que el fuerte no
olvide al débil y que el débil respete al fuerte. Que el rico socorra al pobre
y que el pobre bendiga a Dios, a quien debe el socorro del rico. Que el sabio
manifieste su sabiduría, no en sus palabras, sino en sus obras. Los grandes no
podrían subsistir sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes. En un
cuerpo, la cabeza no puede nada sin los pies, ni los pies sin la cabeza. Los
miembros menos importantes son útiles y necesarios al conjunto». En seguida,
Clemente afirma que en la Iglesia los más pequeños serán los más grandes ante
Dios, con tal de que cumplan con su deber. Termina con la petición de que le
«envíen pronto de vuelta a sus dos mensajeros, en paz y alegría, para que nos
anuncien cuanto antes que reinan ya entre nosotros la paz y concordia por la
que tanto hemos orado y que tanto deseamos. Así podremos regocijarnos de
vuestra paz». En la carta hay un pasaje muy conocido, que fue un primer paso
hacia el primado romano: «Si algunos desobedecen las palabras que Él nos ha
comunicado, sepan que cometen un pecado grave e incurren en un peligro muy
serio. Pero nosotros seremos inocentes de ese pecado». La carta de Clemente es
muy importante por sus hermosos pasajes, porque constituye una prueba del
prestigio y autoridad de que gozaba la sede romana a fines del siglo I y porque
está llena de alusiones históricas incidentales. Además, «constituye un modelo
de carta pastoral ... , una homilía sobre la vida cristiana». Existen otros
escritos, llamados «Pseudo-clementinos», que se atribuían antiguamente al Papa,
pero que hace mucho que dejaron de considerarse como tal. Entre ellos se cuenta
otra carta a los corintios, que estaba también incluida en el codex alejandrino
de la Biblia.
Se venera a san Clemente
como mártir, pero los autores más antiguos no mencionan su martirio, y no hay
datos del todo fehacientes al respecto. No sabemos dónde murió. Tal vez durante
su destierro en Crimea. Sin embargo, es muy poco probable que las reliquias que
san Cirilo trasladó de Crimea a Roma, a fines del siglo IX, hayan sido
realmente las de san Clemente. Dichas reliquias fueron depositadas bajo el
altar de san Clemente, en la Vía Celia. Debajo de la iglesia y de la basílica
que se construyó encima en el siglo IV, se conservan unas habitaciones de la
época imperial. De Rossi pensaba que allí había vivido san Clemente I. En todo
caso, no sabemos quién fue el Clemente que dio su nombre a esa iglesia que se
llamaba originalmente «titulas Clementis». El nombre de san Clemente I figura
en el canon I de la misa, y nuestro santo es uno de los llamados «Padres
Apostólicos», es decir, de los que conocieron personalmente a los apóstoles o
recibieron su influencia casi directa.
Las citas más importantes
de la literatura antigua cristiana donde se menciona a Clemente I, como son las
del De viris illustribus de San Jerónimo, del Liber Pontificalis y de los
sacramentarios y calendarios, pueden verse en Comentario sobre el Martirologium
Hieronymianum, pp. 615-616. Existe un relato del martirio, en latín y en
griego. Franchi de Cavalieri y Delehaye opinan que el original es el texto
latino. De dicho relato se deriva la leyenda acerca del sepulcro marítimo y del
ancla que se usó para ahogar a San Clemente. Los Pseudo-clementinos, que se
dividen en las Homilías y los Reconocimientos, popularizaron mucho el nombre de
san Clemente; pero naturalmente no añaden nada desde el punto de vista
histórico o hagiográfico. Uno de los estudios más recientes y completos sobre
san Clemente es el de H. Delehaye, Etude sur le légendier romain (1936), pp.
96-116. El autor hace notar que, como en el caso de santa Cecilia, el «titulus
Clementis» se transformó con el tiempo en «titulus sancti Clementis». El
presente artículo está tomado en lo fundamental del Butler, con algunos datos
provenientes del tomo I de la Patrología de Quasten, BAC. En MErcabá hay una buena selección de fragmentos de
la Carta de san Clemente Romano a los corintios, que puede servir como un
adecuado acercamiento a este fundamental texto de los inicios cristianos (desde
allí mismo puede accederse al texto completo).
fuente: «Vidas de los
santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de
santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta
ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y
servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar
esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el
siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4269
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