Ejercicio 1
Acordémonos del
camello que creía estar atado. ¿Cuáles son las cosas que me causan miedo?
Ordinariamente, resulta más fácil romper las paredes de cemento que las de tu
mente. Es que el hombre no quiere salir de la cárcel porque prefiere lo
conocido al cambio. Le es más cómodo hacer lo acostumbrado.
Tu miedo brota de
la manera que tienes de ver las cosas y de las consignas de tu mente. Analiza
sinceramente, sosegadamente, cuáles son tus cárceles imaginarias y el porqué
de tus miedos. Cuestiónalo todo y saca la realidad que hay detrás de los
cuestionamientos. El día en que sientas el vacío de quedarte sin nada a qué
agarrarte, ¡buena señal! Entonces ya puedes comenzar a construir con realidad.
Las fronteras sólo
estaban en tu mente, como las fronteras que querían que yo viese desde el
avión. Eso es querer fragmentar la realidad, y la realidad es global, es
unidad. En cuanto me creo indio, inglés, catalán, vasco o castellano, soy un
producto de mi cultura, y como tal pienso y actúo como una máquina, como un
robot. Hay que ver y obrar por propia visión y libre albedrío. ¿Es que el fin
justifica los medios? La realidad no conoce fronteras y la naturaleza tampoco.
Tu esencia, tu ser, no es ser español, ni catalán, ni francés. Entre tú y el
otro tampoco hay fronteras, porque ambos pertenecéis a la unidad. Lo que
ocurre es que, de no tener palabras, no habría cosas; por eso, la realidad se
capta mejor en el silencio. Se capta fluida, en movimiento.
Estúdiate a ti
mismo y estudia las reacciones que se disparan en ti ante las cosas.
Ver las cosas y las
personas sin nombre, sin conceptos, tal como son en cada instante.
El día que veas a
un niño embobado, atento y admirado de ver volar un pájaro, si vas y le
enseñas la palabra "pájaro" para definirlo, el niño se quedará con
la palabra pero dejará de ver al pájaro. Krisnamurti dice: "¿Veis cómo los
niños miran con admiración a los pájaros? Si les dices un nombre, creerán que
todos los pájaros son iguales, puesto que tienen el mismo nombre." Son
los nombres los que fijan las cosas. Si no sabemos el nombre de una cosa, nos
sentimos desasosegados, como si necesitásemos clasificarla.
Hay que entender
que los nombres se les ponen a las cosas porque es necesario en la práctica,
pero que es muy peligroso quedarnos en el nombre, como en el concepto, porque
es así como funciona la ciencia del bien y del mal, que clasifica sin
profundizar. Hay que vomitar la ciencia del bien y del mal -como hacían los
místicos- para volver a entrar en el Paraíso.
Prueba
a verte a ti mismo con ojos nuevos, luego a las personas más cercanas, luego la
naturaleza y, así, estarás más cerca de poder ver a Dios.
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