miércoles, 19 de noviembre de 2014

Ejercicio 2 (AUTOLIBERACIÓN INTERIOR) Anthony de Mello


Ejercicio 2

Mira todo lo que alcance tu vista sin poner ningún nombre. Pasa más allá del concepto y ve la realidad que hay de­trás de cada cosa, sin fragmentación, englobando, tratando de descubrir la unidad. No podrás explicarlo con pa­labras. No existen las etiquetas para la realidad. Por eso, al místico no le dan ganas de hablar. ¿Cómo explicaría el mundo que él descubre viviendo meti­do en la realidad que le descubre la sa­biduría? Sólo te cuenta parábolas, para ver si saca su esencia.

Eso mismo hacen los poetas. León Felipe dice: "La distancia entre un hombre y la realidad es un cuento." El poeta, por medio de un cuento, te hace captar una realidad sin etiquetas. No se puede narrar lo inefable sin disparates que parecen sin sentido, que van más allá de los conceptos, como ocurre en los Evangelios.

Lo que nos narran los Evangelios es un misterio, pero luego, la Iglesia ha querido encerrar ese misterio en una cárcel de conceptos y normas. Si no eres capaz de expresar la esencia del árbol con el nombre árbol, ¿cómo vas a tratar de expresar a Dios? "El que sabe, no dice. El que habla, no sabe": esto dicen en Oriente.

El mismo idioma constituye una for­ma de programar a las personas. En rea­lidad, nadie tiene la capacidad de ofen­derme. Lo que me ofende es la forma en que interpreto el lenguaje. Ocurre cuando yo relaciono esa palabra que has dicho con una imagen determina­da o un concepto. Es la etiqueta que lle­va colgada la palabra.

Sólo algo de la realidad queda des­velado por la palabra que empleamos continuamente, y con esa fracción nos movemos, sin indagar dónde queda lo demás. Hasta los científicos reconocen no conocer más que una parte peque­ñísima de la realidad. Algo nos dan a conocer el concepto y la palabra, pero el movimiento, la inmensidad, el no poder expresarla ni encajarla, ni de­finirla, eso, lo tenemos que deformar cuando queremos expresarlo con pa­labras.

El ciego, cuando le describen con palabras lo que es el color amarillo, no tiene ni la menor conciencia de cómo es ese color. Para comprender la reali­dad, el místico hace como el pájaro, no se agarra a nada. La realidad no se deja encerrar en fórmulas.

Todas las religiones creen, o quieren tener la verdad, poseer toda la verdad. La Realidad, la Verdad, por ser Una, no es de nadie en exclusiva, porque es de todos, pero menos lo es de los que quie­ren cristalizarla, porque eso que se deja atrapar, ya no es Verdad.

"Cuando el sabio señala la Luna, el necio se queda mirando el dedo." Eso es lo que ocurre con las religiones cuando quieren atrapar la verdad. E igual ocurre con los idealistas en política, y en cual­quier campo en que se trata de poseer la verdad.

El terrorista es un hombre programa­do para morir por su tierra, por su po­lítica, por su religión o por algo que cree su verdad. Y lo hace creyendo li­berar el mundo y encontrar en ello la felicidad. Y lo único que ocurre es que son unos adoctrinados: no conocen la sabiduría. Es posible que alguno no lo sea, pero la mayoría son producto de un fanatismo proporcionado por su pro­gramación cultural o religiosa. Y lo peor es que no tienen la menor concien­cia del daño que, con su fanatismo, pueden hacer.

Los adoctrinados dieron pie a co­sas tan crueles como quemar en la ho­guera a los considerados herejes o brujas, en nombre de su religión fa­nática. La verdadera religión tendría que liberarnos, quitarnos miedos y no esclavizarnos.

¿No predicamos que la eucaristía es un banquete de amor? La religión ha querido sacar -traspasar- relatos del Evangelio al pie de la letra. Si hubié­semos nacido en Oriente, nos daríamos cuenta en seguida de que las parábolas del Evangelio, y muchos hechos narra­dos en él, son sólo como cuentos para que extraigamos de ellos la realidad.

Allí se habla de ti. Cuando plantea si eres cabrito u oveja, no se refiere a los demás, sino a ti. Y cuando mencio­na los terrenos áridos, pedregosos o con espinas, no se refiere a diferentes per­sonas, sino a que tú analices cuánto tie­nes de árido, de pedregoso, de espino­so y también de buena tierra que da el ciento por uno.

La Buena Nueva no está hablando de un mundo separado, sino de ti, y te anuncia que todo lo malo se destruirá y lo bueno aflorará. Pero si, en vez de esto, predicamos miedo y reglas terro­ríficas, ¿qué Buena Nueva es ésa? Je­sús trataba de liberar de la opresión a la gente.

La mayoría de las personas religio­sas son idólatras. Todas las cosas que se dicen de Dios, si las tomáramos al pie de la letra, ¿a dónde nos conduci­rían? ¿Qué tipo de Dios predicamos? Hay que tener cuidado, pues si no cues­tionamos todo, fácilmente caeremos en esa idolatría.

Dios es tan inefable que no se pue­de explicar. Dios es lo Incomprensible. El Misterio absoluto. Al olvidarnos de esto, formamos un ídolo de conceptos. Dios se manifiesta en la vida, y la vida, si la metemos en conceptos, nos resul­ta tan misteriosa como Dios. Sólo po­demos conocer la vida viviendo, y a Dios sólo llegamos viviendo y cono­ciéndonos.

San Juan de la Cruz se pregunta: ¿Qué hacemos nosotros al hablar de Dios? Él intuye la imposibilidad de en­cerrar a Dios en palabras y sólo lo ex­presa con poesía. Sólo con analogías que en nada se parecen. Santo Tomás de Aquino dice: "Todo el intelecto humano es incapaz de describir la esen­cia de una hormiga. ¡Cuánto más la esencia de Dios!" Pero quizá mirando la esencia de esa hormiga podamos acercarnos a la esencia de su Creador. Las ideas son las que nos confunden y pueden ser un gran obstáculo para co­nocerlo.

Las mismas preguntas que se hacen acerca de Dios, son absurdas. Dionisio -el místico- dice: "Él no es luz ni tinieblas; no es persona, ni bueno, ni malo, ni esta cosa ni la otra, pues a Él no se lo puede encerrar en una palabra."

A Krisnamurti lo quisieron entroni­zar como jefe de la orden que lo había educado, pero él, en el discurso que dijo el día que lo querían entronizar, desbarató todo al decir: "No me podéis seguir a mí, ni a nadie. El día que si­gáis a una persona, dejará de existir la verdad." Si seguimos a alguien nos que­damos con la fórmula; hay que ser ilu­minado, no seguir a los iluminados. Hay que mirar la Luna, y no quedarse mirando el dedo.

Quizá una prostituta pueda entrar en el Cielo antes que una monja porque la prostituta, a fuerza de vivir y cono­cer la vida, puede llegar a amar, pero la monja puede, por buscar amar a Dios, dejar de amar a todo el mundo.

"Cuando el ojo no está bloqueado, el resultado es la visión. Cuando el oído no está bloqueado, el resultado es po­der escuchar, y cuando la mente no está bloqueada, el resultado es la verdad." Cuando el corazón no está bloqueado ya existe el amor, y cuando no hay ape­go en la persona, ya existe la felicidad. Bien mirado, el ateo no existe, pues si no podemos concebir ni expresar a Dios, tampoco podemos negarlo. No se niega lo que no se conoce. Los ateos, lo que niegan son los conceptos.

La vida no tiene sentido para unos, pues la ley de la vida, como la de la selva, desborda toda forma y todo con­cepto; pero para los místicos, el fondo de la vida -la realidad- es un cam­po maravilloso, inagotable de luz, de amor, de paz y felicidad. ¿Cómo expli­car esto?


Hay que ver y obrar por propia visión y libre albedrío.

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