lunes, 17 de noviembre de 2014

Poco sirven las palabras (AUTOLIBERACIÓN INTERIOR) Anthony de Mello


Poco sirven las palabras

La realidad siempre es concreta, pero los conceptos sólo pueden acer­carse a la realidad si son abstractos. Cada uno de nosotros tenemos unas peculiaridades que nos son esenciales -salen de nuestra identidad esen­cial-: es algo específico lo que hace que cada uno sea uno, y para lo cual no existe adjetivo que lo defina. No sirven las palabras. Entonces, al in­tuir lo específico de una persona, me formo una imagen y la registro en la memoria, en un recuerdo, lo cristalizo en un solo aspecto de su ser, y además queda aprisionada en un concepto que le queda chico, porque es incapaz de definir lo que captó la intuición.

La persona es siempre evolutiva, en movimiento, mostrando distintas y continuas facetas que son infinitas y no se pueden fijar. Párate a escu­char a una persona -pero con la mente limpia de recuerdos y concep­tos prefijados de ella- y verás cómo te sorprende a cada instante con fa­cetas desconocidas, siempre nuevas e imprevisibles.

Ahora piensa que, si al hombre no se lo puede clasificar, a Dios que es la Unidad, menos. Los prejuicios son los que fijan a las personas. Prueba a verte a ti con ojos nuevos, luego a las personas más cercanas, luego a la na­turaleza y, así, estarás más cerca de poder ver a Dios. A Dios sin concep­tos, despojado de los ídolos en que lo convertimos.

Lo cierto es que la realidad con­creta es el concepto abstracto, porque la realidad siempre fluye, siempre está en movimiento como la persona. Las células de la persona se van re­novando en cada instante mientras la persona sigue siendo la misma, se va mostrando de mil formas, por lo que es imposible enmarcarla en una de ellas. Así, somos cambiantes como un río siempre en movimiento. Tener conceptos para la realidad es una in­justicia. Es como querer cristalizar las olas, que no son cosas, sino acciones. Igual le pasa a toda la Creación, y con más razón a las personas.

No puedes meter un huracán en una caja, y tampoco puedes meter la reali­dad en una caja. Los límites de la rea­lidad son inmensos y movibles. Lo que ocurre es que el mundo en que estamos acostumbrados a movernos no es la rea­lidad, sino un conjunto de conceptos mentales.

Sólo los místicos son capaces de ser tan libres como para vivir la realidad tal como es.

Lo cierto es que tal libertad asusta, nos impone, porque supone romper con todo o, por lo menos, cuestionarlo todo. Ellos le ponen interrogantes a todo. Más vale la duda que la oración, acor­daos. Lo que ocurre es que no tenemos la verdad sino la fórmula. Hay que pa­sar por encima de la fórmula para lle­gar a la verdad.

 

En la presencia de Jesús todo ser queda desvelado; no hay medias tintas, porque Jesús es la plena autenticidad.

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