Política y diálogo en
el contexto de la relección de Dilma Rousseff
2014-11-14
La reelección de Dilma
Rousseff propicia reflexiones sobre varias formas de hacer política de partido.
Hacer política es buscar o ejercer concretamente el poder. Que quede claro lo
que Max Weber escribió en su famoso texto La Política como vocación:
«Quien hace política busca el poder. Poder como medio al servicio de otros
fines o el poder por sí mismo, para disfrutar del prestigio que él confiere».
Este
último modo de poder político ha sido ejercido durante casi todo el tiempo de
nuestra historia por las élites a fin de beneficiarse de él, olvidando que el
sujeto de todo poder es el pueblo. Se trata del famoso patrimonialismo tan bien
denunciado por Raimundo Faoro en su clásico Los dueños del poder.
Veo
cinco formas de ejercicio del poder.
Primero,
la política del puño. Se trata del poder ejercido de arriba abajo y de
forma autoritaria. Hay un solo proyecto político, aquel del detentador del
poder que puede ser un dictador o una clase dominante. Ellos simplemente
imponen el proyecto y aplastan los alternativos. Fue lo que más ha habido en la
historia brasilera, especialmente bajo la dictadura militar.
Segundo,
la política de la palmadita en la espalda. Es una forma disimulada de
poder autoritario. Pero se diferencia de la anterior porque esta se abre a los
que están fuera del poder pero para engancharlos al proyecto dominante.
Obtienen algunas ventajas mientras no constituyan otro proyecto alternativo. Es
la conocida política paternalista y asistencialista que desfibró la resistencia
de la clase obrera y corrompió a tantos artistas e intelectuales. Funcionó
entre nosotros, especialmente desde Vargas en adelante.
Tercero,
la política de manos tendidas. El poder es distribuido entre varios
portadores que hacen alianzas entre sí bajo la hegemonía del más fuerte. Hay
alianzas entre el partido vencedor con los demás partidos aliados para
garantizar la gobernabilidad. Es el presidencialismo de coalición
parlamentaria. Ese tipo crea favoritismos, disputas de puestos importantes en
el Estado e incluso corrupción. Fue lo que ocurrió en los últimos años.
Cuarto,
la política de manos entrelazadas. Parte del hecho básico de que el
poder está repartido en los movimientos e instituciones de la sociedad civil y
no solo en la sociedad política, en los partidos y en el Estado. Ese poder
social y político puede convergir en algo benéfico para todos. Se trata de la
gran discusión actual que prevé la participación de los movimientos sociales y
de los consejos para, junto con el Parlamento y el Ejecutivo, definir políticas
públicas. Se busca una democracia participativa que enriquezca la
representativa. Negar esta forma es no querer democratizar la democracia y
permanecer en la actual, que es de baja intensidad.
Especificando:
la política de las manos entrelazadas sucede cuando el jefe del Estado se
propone un amplio diálogo con todos en torno a un proyecto común mínimo. El
presupuesto es: por encima de las diferencias y de los intereses en conflicto,
existe en la sociedad la idea de qué país queremos, la solidaridad mínima, la
búsqueda del bien común, la observación de reglas consensuadas y el respeto a
valores de sociabilidad sin los cuales nos volveríamos una jauría de lobos. Las
manos extendidas pueden entrelazarse colectivamente. Pero para eso, se necesita
ejercitar el diálogo que implica oír a todos y buscar convergencias en la línea
del gana-gana y no del gana-pierde. Es la ética en la política y de la buena
política verdaderamente democrática.
Finalmente
tenemos la política como seducción, en el mejor sentido de la palabra,
subyacente a la propuesta de la presidenta Dilma. Ella propone un diálogo
abierto con todos los actores políticos, también del área popular. Urge seducir
al 48% que no votó por ella para que secunden un proyecto de Brasil que
beneficie a todos a partir de la inclusión de los más castigados, de la
creación de un desarrollo ecológica y socialmente sostenible que genere
empleos, mejores salarios, redistribución del ingreso, cree un transporte
decente y más seguridad para los ciudadanos, además de cuidado hacia la
naturaleza y la potenciación de un horizonte de esperanza para que el pueblo
pueda reencantarse con la política.
Se
necesita ser enemigo de sí mismo para estar contra tales propósitos. El arte de
ese diálogo es reencantar la política de las cosas y seducir a las personas
para ese sueño bienaventurado.
Para
eso es obligatorio mirar hacia delante. Quien ganó las elecciones debe mostrar
magnanimidad y quien las perdió, humildad y disposición de colaborar con vistas
al bien común.
¿Es
idealismo? Sí, pero en su sentido profundo. Una sociedad no puede vivir sólo de
estructuras, burocracia y disputas ideológicas en torno del poder. Tiene que
suscitar la cooperación de todos y alimentar sueños de mejoría permanente que
incluyan y beneficien lo más posible a todos, para superar nuestra espantosa
desigualdad social.
Razón
tienen las comunidades eclesiales de base cuando cantan: «Sueño que se sueña
solo es pura ilusión. Soñar que se sueña juntos es señal de solución. Entonces,
vamos a soñar juntos, soñar en colaboración».
Ésta
es la convocación supra-partidaria que la presidenta Dilma está haciendo al
Parlamento, a los movimientos populares y a toda la nación. Sólo así se vacía
el discurso de las divisiones, de los prejuicios contra ciertas regiones y se
sanan las llagas producidas en el ardor de la campaña electoral con todos sus
excesos de una parte y otra.
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