martes, 11 de noviembre de 2014

Violencia cultural (AUTOLIBERACIÓN INTERIOR) Anthony de Mello


Violencia cultural

Nos aburrimos por la memoria, cuando está contaminada por la emo­ción, pues si olvidásemos por comple­to lo anterior, con sus emociones, todo nos parecería nuevo. Lo que ocurre es que solemos petrificar las emociones en la memoria. La realidad es que todo cambia continuamente, y si pudiéramos verlo así, todo nos sorprendería por su novedad.

Cuando hacemos favores, si los hi­ciéramos sin llevar cuenta, no espera­ríamos luego agradecimiento; pero lle­vamos cuenta y luego nos hacemos la ilusión de que lo hemos hecho por al­truismo. Si cuando haces algo por otro, lo haces a gusto y eres feliz haciéndo­lo, ¿por qué esperas entonces corres­pondencia?

El amor desinteresado, ¿existe? Y, sin embargo, es el único al que se pue­de dar el nombre de amor. ¿Quién quie­re ser objeto de un amor sacrificado? Te gusta que el otro disfrute amándo­te, y también que disfrute al hacerte un favor. ¿Entonces por qué cuando eres tú el que ama o hace el favor esperas una compensación?, ¿no es bastante la alegría de poder amar y compartir con el otro lo que tienes?

La gratitud es un gancho. Nuestra cultura la convirtió en una obligación, y la sociedad de consumo ha montado un gran negocio con ello. "Moyto obri­gado" (muy obligado), dicen los por­tugueses, en una definición exacta de lo que ha llegado a ser el agradecimien­to. La cultura contamina lo que toca, porque es un elemento manipulador.

El niño es otra víctima de la violen­cia cultural. La cultura dice: "Hay que reformar al niño", con lo que se da por supuesto que el niño es malo, y con la consigna de que hay que prepararlo para la vida (¿Qué vida?) se lo domes­tica metiéndole una programación de leyes y reglas de conducta. El niño, pre­cisamente, nace con toda su capacidad despierta para agarrarse a la vida, pues la vida es la única maestra que no se equivoca y lo educa en libertad.

En la India hay niños de seis años que se ganan el sustento para ellos y sus familiares; y la vida y la necesi­dad son las que se lo han enseñado.

Al niño le hace falta la libertad. "Más vale un barrendero feliz que un juez o un gran político infeliz." Con toda la mejor voluntad del mundo, la gente religiosa es opresora. Lo que sue­le llamarse respeto es una forma de miedo. Hay que darle al niño de seis años el mismo respeto que al presidente de la nación. La función que haga cada uno no tiene ninguna importancia. To­dos somos necesarios. El valor para te­ner en cuenta es ser feliz y buscar tu sitio en la vida.

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