martes, 15 de noviembre de 2016

Beata Lucía Brocadelli, religiosa - Santos Roque González y Alfonso Rodríguez, presbíteros y mártires (15 de noviembre)

Beata Lucía Brocadelli, religiosa

fecha: 15 de noviembre
fecha en el calendario anterior: 16 de noviembre
n.: 1476 - †: 1544 - país: Italia
otras formas del nombre: Lucía de Narni
canonización: 
Conf. Culto: Clemente XI 1 mar 1710
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: En Ferrara, de la Emilia, beata Lucía Broccadelli, religiosa, que tanto en el matrimonio como en el monasterio de la Tercera Orden Dominicana sobrellevó con paciencia muchos dolores y vejaciones.

Nicolás Brocadelli, tesorero en Narni de Umbría en la segunda mitad del siglo XV, se casó con Gentilina Cassio. Dios les concedió once hijos, de los cuales la mayor fue Lucía, que nació en Narni, en 1476. Desde muy niña, Lucía decidió consagrarse a Dios. Pero su padre murió pronto, y los tutores de la joven, que veían las cosas de otro modo, trataron de casarla por la fuerza a los catorce años. Lucía arrojó el anillo de los esponsales al suelo, abofeteó al pretendiente y salió corriendo de la habitación. Al año siguiente, se presentó otro pretendiente, un tal conde Pedro. Lucía resistió al principio, pero una aparición de la Santísima Virgen y los consejos de su confesor la convencieron de que debía ceder. La Sagrada Congregación de Ritos determinó en 1729, que el día de la fiesta de la beata se rezasen la misa y el oficio de las vírgenes, lo cual prueba que aceptó la tradición de que Pedro y Lucía vivieron como hermano y hermana. A los tres años de matrimonio, Pedro dejó a su mujer en libertad de hacer lo que quisiese. La beata volvió a la casa de su madre, tomó el hábito de la tercera orden de Santo Domingo, e ingresó en una comunidad de terciarias regulares en Roma. Poco después, pasó a otro convento semejante en Viterbo. Dios le concedió ahí la gracia de los estigmas y una participación sensible en la Pasión de Cristo. Durante los tres años que estuvo en Viterbo, sus heridas sangraban todos los miércoles y viernes, de suerte que no podía ocultarlas. El inquisidor del lugar, el maestre del sacro palacio, un obispo franciscano y el médico del papa Alejandro IV, examinaron los estigmas y quedaron convencidos de que se trataba de un fenómeno sobrenatural. El conde Pedro acudió también a verlos y quedó tan convencido que, según se dice, ingresó en la orden de San Francisco.
La fama de la beata Lucía llegó a oídos del duque de Ferrara, Hércules I, quien recordaba con veneración a santa Catalina de Siena y era muy amigo de las beatas Estefanía Quinzani, Columba de Rieti y Osanna de Mántua. Con el permiso del Papa y el consentimiento de Lucía, construyó el duque un convento para ésta en Ferrara. Como el pueblo se oponía a que la beata saliese de Viterbo, tuvo que ser sacada oculta en un cesto de ropa a lomos de una mula. Lucía, que tenía apenas veintitrés años, no tenía aptitudes para dirigir una comunidad. Por otra parte, Hércules d'Este, que era un hombre que lo proyectaba todo en grande y había gastado sumas enormes en la construcción y decoración del convento, quería que hubiese en él nada menos que cien religiosas. Pidió a Lucrecia Borgia (que acababa de convertirse en nuera suya), que le ayudase a reunir religiosas. Como las monjas venían de diferentes conventos y no todas eran muy virtuosas, el superiorato de Lucía se tornó cada vez más difícil, hasta que finalmente fue depuesta del cargo. La sucedió María de Parma, que no era terciaria, sino dominica de una segunda orden a la que quería afiliar a toda su comunidad. En 1505, murió el protector de Lucía, con lo que la beata dejó de ser una «mística de moda», protegida por el duque de Ferrara, y cayó en una oscuridad total que duró treinta años. Por otra parte, la nueva superiora la trató con una severidad que se asemejaba a la persecución: no la dejaba ir al recibidor, le prohibió hablar con alguien, aparte del confesor que le había designado y mandó que una de las religiosas la vigilase constantemente. En esos años fue cuando Lucía, despreciada por las religiosas del convento que con tanto trabajo había venido a fundar desde Viterbo, se santificó verdaderamente. Jamás se le oyó una palabra de impaciencia, ni siquiera cuando estaba enferma y abandonada. La beata había caído en tal olvido que, cuando murió, el 15 de noviembre de 1544, el pueblo de Ferrara quedó atónito al enterarse de que había vivido hasta entonces, pues la creía muerta desde tiempo atrás. El culto de Lucía se popularizó muy pronto. Sus reliquias fueron trasladadas a un sitio más público y se le atribuyeron muchos milagros. El culto fue confirmado en 1710.
Existen muchos documentos sobre los primeros años de la vida mística de Lucía. Edmundo Gardner, en su obra Dukes and Poets in Ferrara (1904), refiere gráficamente los principales incidentes relacionados con la beata (pp. 366-381; 401-404 y 465-467). Dicho relato se basa en la obra de L. A. Gandini, Sulla venuta in Ferrara della beata Lucia da Narni (1901), y la Vita della beata Lucia di Narni de Domenico Ponsi (1711) . En 1740, se publicó un curioso suplemento a esta última obra, titulado Aggiunta al libro della Vita della B. Lucia; hay en él una biografía de los primeros escritos sobre Lucía, pero el libro se refiere sobre todo al intento que hicieron los franciscanos de Mayorca por suprimir una imagen en la que se representaba a la beata con los estigmas. Los franciscanos alegaban que Sixto IV (que era también franciscano) había prohibido bajo pena de excomunión que se representase a los santos con los estigmas, excepto a San Francisco. La causa se llevó a Roma, donde se falló en 1740 en favor de los dominicos. El duque Hércules de Ferrara había investigado personalmente muy a fondo la cuestión de la estigmatización de Lucía; la carta que escribió sobre ello puede verse en el folleto «Spiritualium personarum facta admiratione digna» (1501). Se trata de un documento muy interesante. Hay otra carta del duque en Narratione della nascita, etc., della b. Lucia di Narni (1616) de G. Marcianese.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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Santos Roque González y Alfonso Rodríguez, presbíteros y mártires

fecha: 15 de noviembre
fecha en el calendario anterior: 17 de noviembre
†: 1628 - país: Paraguay
otras formas del nombre: Alonso Rodríguez Obnel
canonización: 
B: Pío XI 28 ene 1934 - C: Juan Pablo II 16 may 1988
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: En Caaró, del Paraguay, santos Roque González y Alfonso Rodríguez, presbíteros de la Orden de la Compañía de Jesús y mártires, que ganaron para Cristo a los pueblos indígenas abandonados, fundando las llamadas «reducciones», donde el trabajo y la vida social se compaginaban libremente con los valores del cristianismo, y por esto fueron asesinados a traición por el sicario de un personaje adicto a las artes mágicas.
Patronazgos: patronos de las tradiciones nativas.
refieren a este santo: San Pedro Claver
El p. Juan del Castillo, aunque en la liturgia propia que se celebra en Paraguay se conmemora junto a los otros dos, queda inscripto, naturalmente, dos días más tarde en el Martirologio. La presente hagiografía corresponde a los tres sacerdotes.

Los primeros mártires de América que alcanzaron el honor de los altares, murieron por Cristo en 1628. Ello no significa que hayan sido los primeros mártires de América, puesto que tres franciscanos habían perecido a manos de los caribes en las Antillas, en 1516; a esto siguieroo las matanzas en la América del Sur y, ya antes, Fray Juan de Padilla, el primer mártir de América del Norte, había muerto en 1544. No sabemos exactamente dónde tuvo lugar este martirio. A este propósito, se ha hablado del este de Colorado, del este de Kansas y de Texas. Pero ni Fray Juan, ni ninguno de los mencionados mártires ha alcanzado el honor de los altares, por falta de documentos suficientes sobre su martirio. No es imposible que tales documentos aparezcan algún día pero, hasta el momento, los mártires más antiguos de los que han sido elevados a los altares fueron tres jesuitas misioneros en el Paraguay. Uno de ellos había nacido en América.
Roque González de Santa Cruz era hijo de nobles españoles. Nació en Asunción, capital del Paraguay, en 1576. Recibió la ordenación a los veintitrés años, por más que se consideraba indigno del sacerdocio. Al punto, empezó a preocuparse por los indios, a quienes iba a predicar e instruir en las aldeas más remotas. Diez años más tarde, ingresó en la Compañía de Jesús con el objeto de evitar las dignidades eclesiásticas y de poder trabajar más eficazmente como misionero.
Por aquella época, los jesuitas instituían las famosas «reducciones» del Paraguay, y el P. Roque González desempeñó en ello un papel muy importante. Dichas reducciones eran colonias de indios gobernadas por los jesuitas, los cuales, a diferencia de tantos españoles que tenían indios en encomienda, no se consideraban como conquistadores y amos de los indios, sino como guardianes y administradores de sus bienes. Los jesuitas no veían en los indios una casta de esclavos, sino que los miraban como a hijos de Dios y respetaban su civilización y su forma de vida en todo lo que no se oponía a la ley de Dios. En una palabra, querían hacer de ellos «indios cristianos» y no una mala copia de los españoles. La resistencia que ofrecieron los jesuitas a la inhumanidad de los encomenderos españoles, a la esclavitud y a los métodos de la Inquisición, acabaron por acarrearles la ruina en la América Española, así como la desaparición de las reducciones. Ello tuvo lugar un siglo después de la muerte de san Roque González. Aun el irónico Voltaire admiraba la obra de los jesuitas y a este propósito escribió: «Cuando se arrebataron a los jesuitas las misiones del Paraguay, en 1768, los indios habían llegado al grado más alto de civilización que un pueblo joven puede alcanzar ... En las misiones se respetaba la ley, se llevaba una vida limpia, los hombres se consideraban como hermanos, florecían las ciencias útiles y aun algunas de las artes más bellas, y en todo reinaba la abundancia». Para conseguir eso, el P. Roque trabajó casi veinte años, enfrentándose, con paciencia y confianza, a toda clase de dificultades, peligros y reveses, con tribus salvajes y agresivas y con la oposición de los colonos europeos. El santo se entregó en cuerpo y alma a la tarea. Durante tres años dirigió la reducción de San Ignacio, que fue una de las primeras, y pasó el resto de su vida en establecer otra media docena de reducciones al este de los ríos Paraná y Uruguay. Fue el primer europeo conocido que penetró en algunas regiones vírgenes de América del Sur. Uno de sus contemporáneos, el gobernador español de la provincia de Corrientes, que conocía lo que era la vida en aquellas regiones, atestiguó que «podía adivinar lo que había costado al P. Roque la vida que llevó: hambre, frío, fatiga, ríos atravesados a nado, por no hablar de la molestia de los insectos y de otras incomodidades, que sólo un apóstol, un sacerdote santo como él, podía haber soportado con tal fortaleza». El P. Roque llegó a tener una influencia enorme sobre los indios; pero las autoridades civiles entorpecieron su trabajo en los últimos años, tratando de emplear su influencia para sus fines propios. En efecto, las autoridades insistieron en que en cada reducción hubiese representantes de la corona, y la brutalidad de esos europeos suscitó entre los indios el odio y la desconfianza hacia los europeos en general. Desgraciadamente eso se ha repetido en una forma o en otra, en la historia de las misiones de todo el mundo. ¡Cuántas veces la conducta de cristianos indignos ha echado a perder la obra de los misioneros!
En 1628, fueron a reunirse con el P. Roque dos jóvenes misioneros españoles, Alonso Rodríguez y Juan de Castillo. Entre los tres fundaron una nueva reducción en las proximidades del río Ijuhi, y la consagraron a la Asunción de María. El P. Castillo se encargó de la dirección, en tanto que los otros dos misioneros partieron a Caaró, donde fundaron la reducción de Todos los Santos. Ahí tuvieron que hacer frente a la hostilidad de un poderoso «curandero», quien al poco tiempo logró que los naturales atacasen la misión. En el momento en que llegaron los atacantes, el P. Roque colgaba la campana de la iglesia. Un hombre se deslizó por detrás de él y le asesinó a golpes de mazo. Al oír el tumulto, el P. Rodríguez salió a la puerta de su choza, donde encontró a los indios con las manos ensangrentadas. Al punto le derribaron. El P. Rodríguez exclamó: «¿Qué hacéis?» Fue todo lo que pudo decir, pues los indios le acabaron a golpes. En seguida, incendiaron la capilla, que era de madera y arrojaron los dos cadáveres a las llamas. Era el 15 de noviembre de 1628. Dos días después, los indios atacaron la misión de Ijuhi, se apoderaron del P. Castillo, le maniataron, le golpearon salvajemente y le arrancaron la vida a pedradas.
Seis meses después, se redactó un relato de todo lo sucedido para introducir la causa de beatificación. Pero los documentos se perdieron en el viaje a Roma. La causa se interrumpió durante dos siglos y parecía destinada al fracaso. Felizmente, en Argentina se descubrió una copia de los documentos, y Roque González, Alonso Rodríguez y Juan de Castillo, fueron solemnemente beatificados en 1934. Entre los documentos figuraba la siguiente declaración de un jefe indio, llamado Guarecupí: «Todos los indios cristianos amaban al padre (Roque) y sintieron su muerte; era un padre para nosotros y así le llamaban los indios del Paraná.» El papa Juan Pablo II llevó a término la canonización de los tres misioneros, celebrándola en Paraguay, el 16 de mayo de 1988.
El P. J. M. Blanco aprovechó casi todos los materiales disponibles en su Historia documentada de la vida y gloriosa muerte de los PP. Roque González ... (1929). Véase la homilía de canonización en el sitio del Vaticano.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4182

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