SÉ FIEL A TU TIEMPO, PERO SIEMPRE CON TERNURA EN EL
CORAZÓN (HN-07)
Acabamos de ver, en el resumen
anterior y con Moisés, que la primera teofanía en la historia de la creación y
en la historia del hombre es “el caminar de Dios”: el caminar de un Dios que
está “viniendo y pasando” a lo largo de toda la creación; el de un Dios que se
derramó, se derrama y continuará derramándose en ella. Por tanto, deberíamos entender la historia como el
camino por donde Dios viene y se va. O sea que, si tenemos los ojos abiertos
ante lo ya sucedido y lo que está a punto de suceder a nuestro alrededor,
podremos oír “los pasos de Dios que viene”; y si los abrimos hacia quien nos
abre el futuro –la eternidad de Dios–,
no solo estaremos viendo a Dios con nosotros (durante lo que nos quede de vida
terrenal) sino también con todos los que luego vendrán detrás: estaremos viendo
“los pasos de Dios que se va”, con los siguientes y los siguientes; según vayan
estos naciendo y resucitando. A continuación vamos a completar este misterio
con las teofanías de Elías y Pablo; para así poder ver mejor que cuando Dios viene
(cuando llega a la creación) se inaugura un tiempo nuevo, y es por esto que la
historia del cristianismo empieza con un nacimiento: empieza con la Navidad
continuada. La
teofanía de Elías (también un gran profeta) añade algo más sobre la anterior de
Moisés. Elías siente –sobre el monte Carmelo, donde se había instalado y desde
donde dominaba el Mediterráneo– que no solo le crece por dentro un mar inmenso sino,
también y a pesar de su vejez, que tiene ganas de ver a Dios. Pero antes de entrar
de lleno en esta teofanía debemos recordar dos cosas. Primero, lo que
entendemos como teofanía o manifestación de Dios al hombre: pues por un lado es
una experiencia personal e íntima de algo gozoso –ya que sentimos con ella que algo
canta y baila en nuestro interior–, y a la vez la identificamos como vibración
sutil del “sensor” por el que nos fluye éste gozo: sensor que ya hemos
identificado, en el resumen anterior, como “ternura-olfato para detectar a
Dios”. O sea, identificamos la teofanía con
“la ternura sutil y vibrante de nuestro niño interior”. Y la segunda cosa a
recordar es, cómo se le manifiesta Dios a Moisés: cómo siente Moisés a Dios en
las pisadas lejanas (desde el Paleolítico, Neolítico, Patriarcas…), que van
sonando más según se le acercan; y cómo más tarde, cuando Moisés ya puede abrir
sus ojos, sólo ve la espalda de Dios ya pasado, sólo lo ve ya ido. O sea, Moisés
solo ve a Dios caminando hacia el futuro y sin haberse detenido definitivamente
delante de él: cosa que creen torpemente los que dicen tener y ver ya a Dios
completo con ellos. No, Dios no se para y la historia sigue, Dios pasa por
nosotros y sigue adelante en la historia, después de nuestra muerte; pues todo
futuro es de ese Dios infinito que se encarna también infinitamente.
Veamos ya qué nos dice la
teofanía de Elías, en el Primer Libro de los Reyes: Un día vino un terremoto,
de tal categoría que todo se movía y hasta se rompían las piedras, y Elías que
estaba en su caverna dijo: “Dios no viene con tanto ruido”. Volvió a meterse en
su caverna y se quedó muy tranquilo. Días después vino un enorme vendaval; que
se llevó por delante cedros del Líbano, pinos, rocas de las montañas… Por lo
que al oír ese tremendo vendaval, se asomó de nuevo y también dijo: “No, Dios
no viene con tanta aparatosidad”. Pasaron otros cuantos días y, al final,
apareció también un fuego crepitante por las montañas. Entonces Elías, al oír
tanta crepitación, salió y dijo otra vez: “con tanto estruendo de fuego no
viene Dios”. Reiterando así, por tres veces y para dar mayor rotundidad a su
afirmación, que Dios no viene con ruidos,
aparatosidades ni estruendos visibles. ¿Y entonces por dónde viene Dios,
según Elías? Dios viene por la historia,
pero: a Dios no se le puede identificar con terremotos que cambien
continentes, ni con fuegos destruyendo civilizaciones, ni con vientos barriendo
culturas... O sea, a Dios no se le puede identificar por los grandes
acontecimientos históricos visibles porque es invisible. Más adelante, resulta
que Elías (sentado a la entrada de su cueva, en una tarde serena y mientras contempla
la inmensidad del mar donde se pone el sol de forma asombrosa): “no solo lo ve” en la suave brisa de la
tarde, “sino que lo siente” en el vibrar de la ternura propia. Entonces es
cuando Elías se pone de rodillas y dice: “es Dios”. Y lo es porque Dios, que está encarnado
en el corazón de cualquier cosa que suceda, se
deja sentir preferentemente a través de lo imperceptible y lo tierno: como
sentimiento íntimo personal que entra en resonancia (en nuestra parte femenina)
con el cogollo de cada cosa y circunstancia..., ¡ahí está Dios! Por tanto debemos
ser conscientes y estar alegres de que ahora –en nuestro tiempo– también nos
está naciendo lo nuevo; y que nos nace en todo momento y lugar, no sólo en la
Navidad oficial: nos nace en el cambio de cultura de nuestro siglo, en el nacer
de una nueva época, en las sugerencias que nos traen las nuevas tecnologías...;
pero ¡ojo!, estas novedades solo se nos encarnarán realmente si las abordamos
desde nuestra disponibilidad y con ternura personal.
Elías nos dice que, cuando tienes un
sentimiento íntimo, cuando te corre por la sangre una esperanza, cuando en tu
hogar se ponen serenas las cosas, cuando tu Belén interior empieza a resonar en
alguno de sus rincones... entonces, es que Dios está viniendo. Elías percibe a
Dios en la brisa imperceptible, y gracias a su olfato/ternura. Ahora, cada uno
de nosotros debe meter dentro de sí la inmensidad de la historia para sacar
consecuencias: todo lo que lleva caminado el hombre son “pasos de Dios que
viene” (pasos acumulados en nuestro inconsciente colectivo); y todo lo que le
falta a la humanidad por caminar es, “Dios abriéndole el resto del camino
para que llegue a ser ella misma”. Y aplicado a cada uno: Todos los tumultos
de mi vida en el mundo, que remuevan experiencias en mi corazón, no son más que
un aprendizaje para que se me vayan haciendo totalmente transparentes las
cosas: para que al final se me muestre el cogollo de cada circunstancia, y en
él no solo perciba la pequeña brisa de su novedad sino que entienda que Dios
viene de esta manera: al sentir cada pequeña teofanía dentro de mí.
Cada
teofanía tiene lugar, en la paz y ternura del corazón del hombre fiel a su
tiempo. Y es así cómo se da la síntesis de
las dos teofanías que hemos visto, y
cómo haremos bien el camino: con fidelidad al tiempo de cada uno, pero con brisas
espirituales en el corazón. Ahora vamos a completar lo referente a
“estar en el camino”. Para ello reflexionemos sobre el bonito pasaje –capítulo
9 de los Hechos de los Apóstoles, verso 2–, que trata de la conversión de San
Pablo. Donde el verso primero introduce así: “Saulo, respirando amenazas de
muerte contra los discípulos del Señor...”. Esto tiene
importancia porque, si se lee a la luz de las teofanías anteriores, ya comienzan
a escucharse pasos… ¿no sienten los pasos de Dios, que vienen caminando en lo
más profundo de las amenazas y el odio contra los...? Pues precisamente esos
pasos son los que van a tirar del caballo a Pablo, un tumultuoso y acérrimo
perseguidor de cristianos: en efecto, si somos capaces de oír bien, debajo de
este odio de Pablo se están abriendo camino los pasos de Dios en forma de brisa
espiritual profunda. Veamos ahora el verso segundo del pasaje, en la mejor
traducción del griego: “Mientras tanto Saulo... se presentó al sumo sacerdote y
le pidió cartas para Damasco, dirigidas a las sinagogas (judíos contra
cristianos), para que si encontraba algunos de los que siguen el Camino,
hombres o mujeres, pudiera llevarlos presos a Jerusalén”. He aquí los pasos de
Dios (y aunque lo que sigue ya lo saben, lo resumiremos): recogió las cartas de
recomendación para ir donde se reunían los cristianos –las Sinagogas– y poder
hacerlos prisioneros; pero Dios le hizo caer del caballo, para que viera
realmente “los pasos de Dios” y se convirtiera. Vayamos al motivo de las cartas
y a la definición que hace de aquellos a los que quiere detener: ... “algunos
de los que siguen el Camino”. Por tanto hoy, hay que recordar que no hay más que un Camino, y que Jesús dijo: “Yo soy el Camino”. La historia y el hombre son camino, y la vida
es camino. Insistamos en que San Lucas (redactor
de los Hechos y que escribía en griego) cuando recoge esta idea, en vez de
llamarlos cristianos dice: ...“los que
siguen el camino”. Es decir, los cristianos son los que
están en camino. Lo cual quiere decir: Dios está con
los que caminan y no con los que no caminan. Pero también quiere decir: ser cristiano es
estar en camino con Dios –recordemos que el
Concilio Vaticano II retomó la idea de la Iglesia peregrina–, y a la vez estar caminando
hacia Dios: ser cristiano es un caminar, como
Moisés en el Éxodo.
Y, además:
El cristiano sabe que si está en camino
cada paso que dé es hacia la novedad, hacia la ilusión constante, hacia la
brisa fresca y nueva
(Elías).
También está claro que el Antiguo Testamento es un camino hacia el Nuevo,
y a la vez que éste es todo él un nuevo camino.
En el hombre genérico, cualquier momento de su historia es un paso: tanto
de Dios que viene, como de Dios que abre futuro. O lo que es lo mismo, y
poniéndolo en pasivo: a cada uno de nosotros Dios le está dando pasos por
dentro; tanto el Dios que viene (en lo que ya he vivido), como el Dios que abre
mi futuro infinito.
Toda tentativa de caminar es buena; porque buscar un camino siempre es
bueno y lo malo es no buscar. Resulta curioso que nuestra gramática haya
escogido esta palabra, “camino”, que en griego se dice “meta-odós” (método): “camino-hacia”.
Y lo que nunca debemos olvidar es que hay métodos y modos distintos de ser caminantes;
que hay métodos y modos distintos de ser cristiano, de caminar como cristiano.
Pero en cualquier caso, al caminar, debemos ser fieles a nuestra época, a nuestro tiempo, y
mantener tiernos nuestros corazones; con el
soplo suave de la brisa espiritual. Recordemos que Jesús, un día y como el que no quiere la cosa, dijo:
"Yo soy el Camino" (Jn. 14,
6).
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