miércoles, 16 de marzo de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (SÉ FIEL A TU TIEMPO, PERO SIEMPRE CON TERNURA EN EL CORAZÓN) (HN-07)

SÉ FIEL A TU TIEMPO, PERO SIEMPRE CON TERNURA EN EL CORAZÓN  (HN-07)

Acabamos de ver, en el resumen anterior y con Moisés, que la primera teofanía en la historia de la creación y en la historia del hombre es “el caminar de Dios”: el caminar de un Dios que está “viniendo y pasando” a lo largo de toda la creación; el de un Dios que se derramó, se derrama y continuará derramándose en ella. Por tanto, deberíamos entender la historia como el camino por donde Dios viene y se va. O sea que, si tenemos los ojos abiertos ante lo ya sucedido y lo que está a punto de suceder a nuestro alrededor, podremos oír “los pasos de Dios que viene”; y si los abrimos hacia quien nos abre el futuro    –la eternidad de Dios–, no solo estaremos viendo a Dios con nosotros (durante lo que nos quede de vida terrenal) sino también con todos los que luego vendrán detrás: estaremos viendo “los pasos de Dios que se va”, con los siguientes y los siguientes; según vayan estos naciendo y resucitando. A continuación vamos a completar este misterio con las teofanías de Elías y Pablo; para así poder ver mejor que cuando Dios viene (cuando llega a la creación) se inaugura un tiempo nuevo, y es por esto que la historia del cristianismo empieza con un nacimiento: empieza con la Navidad continuada. La teofanía de Elías (también un gran profeta) añade algo más sobre la anterior de Moisés. Elías siente –sobre el monte Carmelo, donde se había instalado y desde donde dominaba el Mediterráneo– que no solo le crece por dentro un mar inmenso sino, también y a pesar de su vejez, que tiene ganas de ver a Dios. Pero antes de entrar de lleno en esta teofanía debemos recordar dos cosas. Primero, lo que entendemos como teofanía o manifestación de Dios al hombre: pues por un lado es una experiencia personal e íntima de algo gozoso –ya que sentimos con ella que algo canta y baila en nuestro interior–, y a la vez la identificamos como vibración sutil del “sensor” por el que nos fluye éste gozo: sensor que ya hemos identificado, en el resumen anterior, como “ternura-olfato para detectar a Dios”. O sea, identificamos la teofanía con “la ternura sutil y vibrante de nuestro niño interior”. Y la segunda cosa a recordar es, cómo se le manifiesta Dios a Moisés: cómo siente Moisés a Dios en las pisadas lejanas (desde el Paleolítico, Neolítico, Patriarcas…), que van sonando más según se le acercan; y cómo más tarde, cuando Moisés ya puede abrir sus ojos, sólo ve la espalda de Dios ya pasado, sólo lo ve ya ido. O sea, Moisés solo ve a Dios caminando hacia el futuro y sin haberse detenido definitivamente delante de él: cosa que creen torpemente los que dicen tener y ver ya a Dios completo con ellos. No, Dios no se para y la historia sigue, Dios pasa por nosotros y sigue adelante en la historia, después de nuestra muerte; pues todo futuro es de ese Dios infinito que se encarna también infinitamente.  

Veamos ya qué nos dice la teofanía de Elías, en el Primer Libro de los Reyes: Un día vino un terremoto, de tal categoría que todo se movía y hasta se rompían las piedras, y Elías que estaba en su caverna dijo: “Dios no viene con tanto ruido”. Volvió a meterse en su caverna y se quedó muy tranquilo. Días después vino un enorme vendaval; que se llevó por delante cedros del Líbano, pinos, rocas de las montañas… Por lo que al oír ese tremendo vendaval, se asomó de nuevo y también dijo: “No, Dios no viene con tanta aparatosidad”. Pasaron otros cuantos días y, al final, apareció también un fuego crepitante por las montañas. Entonces Elías, al oír tanta crepitación, salió y dijo otra vez: “con tanto estruendo de fuego no viene Dios”. Reiterando así, por tres veces y para dar mayor rotundidad a su afirmación, que Dios no viene con ruidos, aparatosidades ni estruendos visibles. ¿Y entonces por dónde viene Dios, según Elías? Dios viene por la historia, pero: a Dios no se le puede identificar con terremotos que cambien continentes, ni con fuegos destruyendo civilizaciones, ni con vientos barriendo culturas... O sea, a Dios no se le puede identificar por los grandes acontecimientos históricos visibles porque es invisible. Más adelante, resulta que Elías (sentado a la entrada de su cueva, en una tarde serena y mientras contempla la inmensidad del mar donde se pone el sol de forma asombrosa): “no solo lo ve” en la suave brisa de la tarde, “sino que lo siente” en el vibrar de la ternura propia. Entonces es cuando Elías se pone de rodillas y dice: “es  Dios”. Y lo es porque Dios, que está encarnado en el corazón de cualquier cosa que suceda, se deja sentir preferentemente a través de lo imperceptible y lo tierno: como sentimiento íntimo personal que entra en resonancia (en nuestra parte femenina) con el cogollo de cada cosa y circunstancia..., ¡ahí está Dios!  Por tanto debemos ser conscientes y estar alegres de que ahora –en nuestro tiempo– también nos está naciendo lo nuevo; y que nos nace en todo momento y lugar, no sólo en la Navidad oficial: nos nace en el cambio de cultura de nuestro siglo, en el nacer de una nueva época, en las sugerencias que nos traen las nuevas tecnologías...; pero ¡ojo!, estas novedades solo se nos encarnarán realmente si las abordamos desde nuestra disponibilidad y con ternura personal.  

Elías nos dice que, cuando tienes un sentimiento íntimo, cuando te corre por la sangre una esperanza, cuando en tu hogar se ponen serenas las cosas, cuando tu Belén interior empieza a resonar en alguno de sus rincones... entonces, es que Dios está viniendo. Elías percibe a Dios en la brisa imperceptible, y gracias a su olfato/ternura. Ahora, cada uno de nosotros debe meter dentro de sí la inmensidad de la historia para sacar consecuencias: todo lo que lleva caminado el hombre son “pasos de Dios que viene” (pasos acumulados en nuestro inconsciente colectivo); y todo lo que le falta a la humanidad por caminar es, “Dios abriéndole el resto del camino para que llegue a ser ella misma”. Y aplicado a cada uno: Todos los tumultos de mi vida en el mundo, que remuevan experiencias en mi corazón, no son más que un aprendizaje para que se me vayan haciendo totalmente transparentes las cosas: para que al final se me muestre el cogollo de cada circunstancia, y en él no solo perciba la pequeña brisa de su novedad sino que entienda que Dios viene de esta manera: al sentir cada pequeña teofanía dentro de mí.

Cada teofanía tiene lugar, en la paz y ternura del corazón del hombre fiel a su tiempo. Y es así cómo se da la síntesis de las dos teofanías que hemos visto, y cómo haremos bien el camino: con fidelidad al tiempo de cada uno, pero con brisas espirituales en el corazón. Ahora vamos a completar lo referente a “estar en el camino”. Para ello reflexionemos sobre el bonito pasaje –capítulo 9 de los Hechos de los Apóstoles, verso 2–, que trata de la conversión de San Pablo. Donde el verso primero introduce así: “Saulo, respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor...”. Esto tiene importancia porque, si se lee a la luz de las teofanías anteriores, ya comienzan a escucharse pasos… ¿no sienten los pasos de Dios, que vienen caminando en lo más profundo de las amenazas y el odio contra los...? Pues precisamente esos pasos son los que van a tirar del caballo a Pablo, un tumultuoso y acérrimo perseguidor de cristianos: en efecto, si somos capaces de oír bien, debajo de este odio de Pablo se están abriendo camino los pasos de Dios en forma de brisa espiritual profunda. Veamos ahora el verso segundo del pasaje, en la mejor traducción del griego: “Mientras tanto Saulo... se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para Damasco, dirigidas a las sinagogas (judíos contra cristianos), para que si encontraba algunos de los que siguen el Camino, hombres o mujeres, pudiera llevarlos presos a Jerusalén”. He aquí los pasos de Dios (y aunque lo que sigue ya lo saben, lo resumiremos): recogió las cartas de recomendación para ir donde se reunían los cristianos –las Sinagogas– y poder hacerlos prisioneros; pero Dios le hizo caer del caballo, para que viera realmente “los pasos de Dios” y se convirtiera. Vayamos al motivo de las cartas y a la definición que hace de aquellos a los que quiere detener:   ... “algunos de los que siguen el Camino”. Por tanto hoy, hay que recordar que no hay más que un Camino, y que Jesús dijo: “Yo soy el Camino”.  La historia y el hombre son camino, y la vida es  camino. Insistamos en que San Lucas (redactor de los Hechos y que escribía en griego) cuando recoge esta idea, en vez de llamarlos cristianos dice: ...“los que siguen el camino”. Es decir, los cristianos son los que están en camino. Lo cual quiere decir: Dios está con los que caminan y no con los que no caminan. Pero también quiere decir: ser cristiano es estar en camino con Dios –recordemos que el Concilio Vaticano II retomó la idea de la Iglesia peregrina–, y a la vez estar caminando hacia Dios: ser cristiano es un caminar, como Moisés en el Éxodo.

Y, además:
El cristiano sabe que si está en camino cada paso que dé es hacia la novedad, hacia la ilusión constante, hacia la brisa fresca y nueva  (Elías).

También está claro que el Antiguo Testamento es un camino hacia el Nuevo, y a la vez que éste es todo él un nuevo camino.

En el hombre genérico, cualquier momento de su historia es un paso: tanto de Dios que viene, como de Dios que abre futuro. O lo que es lo mismo, y poniéndolo en pasivo: a cada uno de nosotros Dios le está dando pasos por dentro; tanto el Dios que viene (en lo que ya he vivido), como el Dios que abre mi  futuro infinito.

Toda tentativa de caminar es buena; porque buscar un camino siempre es bueno y lo malo es no buscar. Resulta curioso que nuestra gramática haya escogido esta palabra, “camino”, que en griego se dice “meta-odós” (método): “camino-hacia”.


Y lo que nunca debemos olvidar es que hay métodos y modos distintos de ser caminantes; que hay métodos y modos distintos de ser cristiano, de caminar como cristiano. Pero en cualquier caso, al caminar, debemos ser fieles a nuestra época, a nuestro tiempo, y mantener tiernos nuestros corazones; con el soplo suave de la brisa espiritual. Recordemos que Jesús, un día y como el que no quiere la cosa, dijo: "Yo soy el Camino" (Jn. 14, 6). 

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