San Gregorio VII, papa
fecha: 25 de mayo
n.: c. 1020 - †: 1085 - país: Italia
canonización: Conf. Culto: Pablo V 1606 - C: Benedicto XIII 1728
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 1020 - †: 1085 - país: Italia
canonización: Conf. Culto: Pablo V 1606 - C: Benedicto XIII 1728
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
San Gregorio VII, papa, anteriormente
llamado Hildebrando, que primero llevó vida monástica y colaboró en la reforma
de la Iglesia en numerosas legaciones pontificias de su tiempo. Una vez elevado
a la cátedra de Pedro, reivindicó con gran autoridad y fuerte ánimo la libertad
de la Iglesia respecto al poder de los príncipes, defendiendo valientemente la
santidad del sacerdocio. Al ser obligado a abandonar Roma por este motivo,
murió en el exilio en Salerno, en la Campania.
refieren a este santo: San Anastasio de
Cluny, San Bruno, San Bruno de
Segni, San León IX, San Simón de
Crèpy, Beato Urbano II
oración:
Señor, concede a tu Iglesia el espíritu
de fortaleza y la sed de justicia con que has esclarecido al papa san Gregorio
séptimo, y haz que, por su intercesión, sepa tu Iglesia rechazar siempre el mal
y ejercer con entera libertad su misión salvadora en el mundo. Por nuestro
Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu
Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
Como introducción a la vida de Gregorio
VII, los bolandistas hacen notar, en Acta Sanctorum, que el santo fue muy
perseguido en vida y muy calumniado después de su muerte. Sin embargo, hemos de
decir con gran satisfacción que, si en una época estuvo a la orden del día
denigrar al gran Pontífice como si hubiese sido un tirano, los historiadores
modernos admiten por unanimidad que el motivo que inspiró a Gregorio VII no fue
la ambición sino un celo incontenible por hacer reinar la justicia en la
tierra.
San Gregorio nació en la aldea de Rovaco,
en la Toscana, cerca de Saona. Su nombre de bautismo era Hildebrando. No sabemos
nada sobre sus padres. Cuando joven, fue a vivir en Roma, al cuidado de un tío
suyo, que era superior del monasterio de Santa María, en el Aventino. Hizo sus
estudios en la escuela de Letrán. Uno de sus maestros, Juan Gracián, estimaba
tanto a su discípulo que, al ser elevado al trono pontificio con el nombre de
Gregorio VI, le escogió como secretario. Después de la muerte de aquel
pontífice, acontecida en Alemania, Hildebrando se retiró, según cuenta la
tradición, a la abadía de Cluny, donde san Odilón era
abad y san Hugo prior.
Hildebrando hubiese querido terminar ahí sus días; pero el obispo de Toul, Bruno,
que fue elegido Papa, le pidió que volviese con él a Roma. Hildebrando
desempeñó entonces el cargo de «economus» desan León IX y
restableció el orden en la ciudad y en la tesorería pontificia; además apoyó al
Papa en todas las reformas que éste emprendió. Como fue también el consejero
principal de los cuatro sucesores de san León IX, muchos le consideraban como
«el hombre del poder». Así pues, a nadie sorprendió el hecho de que el cardenal
archidiácono Hildebrando fuese elegido Papa, por aclamación, a la muerte de
Alejandro II, en 1073. Hildebrando adoptó el nombre de Gregorio VII.
El nuevo Pontífice tenía razones para
sentirse abrumado ante la tarea que le esperaba. Una cosa era denunciar los
abusos que pululaban en la Iglesia, como lo hacía su amigo san Pedro Damián y
aun blandir la espada de la justicia al servicio de otros papas, como él mismo
lo había hecho antes, y otra, muy distinta, sentirse como vicario de Cristo en
la tierra, responsable ante Dios por la supresión de dichos abusos. No había en
la Iglesia nadie mejor preparado que Gregorio VII para desempeñar esa tarea.
Guillermo de Metz le escribió: «En vos, que habéis alcanzado la cumbre del
poder, están fijos todos los ojos. El pueblo cristiano sabe los gloriosos
combates que habéis sostenido en puestos menos importantes y espera,
unánimemente, oír de vos grandes cosas». Esa esperanza no se vio frustrada.
Gregorio no podía soñar con el apoyo de
las autoridades para llevar a cabo las reformas que proyectaba. De los monarcas
de la época, el mejor era Guillermo el Conquistador, por más que en ciertos
momentos había dado muestras de gran crueldad. En Alemania reinaba el emperador
Enrique IV, joven de treinta y tres años, disoluto, sediento de oro y tiránico.
En cuanto a Felipe I de Francia, se ha dicho que «su reinado fue el más largo y
desastroso de los que conservan memoria los anales de su patria». Las
autoridades eclesiásticas no estaban menos corrompidas que los príncipes
seculares, a los que se habían esclavizado; los reyes y los nobles vendían los
obispados y las abadías al mejor postor, cuando no las concedían a sus
favoritos. La simonía era práctica general, y el celibato clerical estaba tan
de capa caída, que en muchas regiones los sacerdotes llevaban abiertamente vida
conyugal, utilizaban los diezmos y limosnas de los fieles para el sostenimiento
de sus familias y, en algunos casos, llegaban incluso a legar sus beneficios a
sus hijos. Gregorio VII iba a pasar el resto de su vida entregado a la lucha
heroica por libertar y purificar a la Iglesia suprimiendo la simonía y la
incontinencia de los clérigos y aboliendo el sistema vigente de las investiduras.
Según ese método, los laicos podían conceder beneficios eclesiásticos y ser
investidos para obtenerlos, mediante la presentación del báculo y el anillo
pastorales.
Poco después de su acceso al trono
pontificio, Gregorio depuso al arzobispo de Milán, Godofredo, que había
comprado su beneficio. En el primer sínodo romano que se llevó a cabo bajo su
pontificado, el nuevo Papa publicó decretos muy severos contra la simonía y el
matrimonio de los sacerdotes. Esos decretos no sólo privaban de jurisdicción y
de todo beneficio eclesiástico a los sacerdotes casados, sino que ordenaban a
los fieles que se abstuviesen de recibir los sacramentos de sus manos.
Naturalmente esto provocó gran hostilidad contra Gregorio VII, sobre todo en
Francia y en Alemania. Una asamblea, reunida en París, declaró que los decretos
pontificios eran intolerables e irracionales, ya que hacían depender la validez
de los sacramentos de la virtud personal de quien los administraba. Pero San
Gregorio no se amilanó ante la oposición, ni se desvió de la línea de conducta
que se había fijado. En el siguiente sínodo romano fue todavía más lejos,
puesto que suprimió de golpe las investiduras de los laicos y lanzó la
excomunión contra «toda persona, aunque se tratase del emperador o del rey, que
osare conferir investiduras relacionadas con cualquier beneficio eclesiástico».
Para promulgar y poner en práctica dichos decretos, Gregorio envió legados a
toda la cristiandad, pues no podía confiar en los obispos. Los legados, que
generalmente eran monjes a quienes el Papa conocía y había probado
suficientemente, le sirvieron con gran valor y eficacia en aquella época
excepcionalmente difícil.
En Inglaterra, Guillermo el Conquistador
se negó a renunciar al derecho de conferir investiduras y a rendir vasallaje al
Pontífice. Como se sabe, en aquellos tiempos varios príncipes cristianos habían
puesto sus reinos bajo la protección de la Santa Sede. Pero en cambio, aceptó
los otros decretos pontificios y Gregorio VII, que según parece, tenía
confianza en él, no insistió en que renunciase al derecho de investidura. En
Francia, gracias a la energía del legado, Hugo de Die, las reformas fueron
aceptadas y puestas en práctica poco a poco; pero la lucha fue larga y el Papa
tuvo que deponer a casi todos los obispos. Sin embargo, quien opuso mayor
resistencia fue el emperador Enrique IV, el cual levantó contra el Papa al
clero de Alemania y del norte de Italia, así como a los nobles romanos de
tendencias antipapistas. Gregorio VII fue hecho prisionero mientras celebraba
la misa de Navidad en Santa María la Mayor, y estuvo en manos de sus enemigos
varias horas, hasta que el pueblo le rescató. Poco después, un conciliábulo de
obispos, reunido en Worms, hizo varias acusaciones al Papa; los obispos de
Lombardía le rehusaron obediencia, y el emperador envió a Roma un legado para
que informase a los cardenales de que Gregorio era un usurpador y que él estaba
decidido a arrojarle del trono pontificio. Al día siguiente, Gregorio excomulgó
solemnemente al emperador y desligó a sus subditos de la obligación de obedecer
a Enrique IV. Fue ése un acto que iba a tener una repercusión inmensa en la
historia del Papado.
También fue una oportunidad para los
nobles germánicos, que deseaban deshacerse del emperador. En octubre de 1076,
celebraron una reunión y decidieron que el emperador perdería la corona si
antes de un año no recibía la absolución pontificia y no comparecía ante un
concilio que Gregorio VII iba a presidir en Augsburgo, en febrero del año
siguiente. Enrique IV resolvió salvarse, fingiendo someterse. Acompañado de su
esposa, su hijo y un servidor, cruzó los Alpes en lo más crudo del invierno y
se presentó en el castillo de Canossa, entre Módena y Parma, donde se hallaba
el Papa. Este se negó a recibirle, y el emperador pasó tres días a la puerta
del castillo, vestido con hábito de penitente. Algunos historiadores han
tachado de cruel y arrogante la conducta del Pontífice; pero, probablemente
Gregorio VII había reflexionado ya sobre lo que debía hacer. En realidad,
Gregorio VII no tenía más alternativa que suponer la buena fe del emperador,
pues éste había ido como penitente; así pues, acabó por recibir a Enrique IV, a
quien dio la absolución después de haber oído su confesión.
La expresión «ir a Canossa» se ha
convertido en el símbolo del triunfo de la Iglesia sobre el Estado. Pero en
realidad, aquel fue un triunfo de la astucia política de Enrique IV, ya que,
por una parte, el emperador no renunció nunca a su pretensión de conferir las
investiduras eclesiásticas y por otra, los acontecimientos posteriores llevaron
a Gregorio VII casi a la ruina. A pesar de la resistencia que opuso Enrique IV,
en 1077, algunos de los nobles eligieron a su cuñado, Rodolfo de Suabia, para
que le sustituyese en el cargo. San Gregorio trató de permanecer neutral
durante algún tiempo; pero, finalmente, tuvo que excomulgar de nuevo a Enrique
IV y apoyar la candidatura de Rodolfo, quien murió en una batalla. Por su
parte, Enrique IV promovió la elección de Guiberto, arzobispo de Ravena, como
antipapa y, después de la muerte de Rodolfo de Suabia, se dirigió a Italia a la
cabeza de un ejército. Roma cayó al cabo de tres años de sitio. San Gregorio se
retiró al castillo de Sant' Angelo y permaneció ahí hasta que fue a rescatarle
el duque de Calabria, Roberto Guiscardo. Sin embargo, los excesos de las tropas
de Roberto provocaron la furia del pueblo romano y san Gregorio, que había
llamado en su auxilio a los normandos, fue víctima de la antipatía del ejército
de Roberto. A consecuencia de ello, tuvo que retirarse a Monte Cassino primero
y después a Salerno, humillado, enfermo y abandonado por treinta de sus
cardenales. San Gregorio lanzó un último llamamiento a todos los que creían
«que el bienaventurado Pedro es el padre de todos los cristianos y su jefe y
pastor en nombre de Cristo y que la Santa Iglesia Romana es la madre y maestra
de todas las Iglesias». Al año siguiente murió, el 25 de mayo de 1085. En su
lecho de muerte, Gregorio perdonó a todos sus enemigos y levantó las
excomuniones que había fulminado, excepto la de Enrique IV y la de Guiberto de
Ravena. Sus últimas palabras fueron las siguientes: «He amado la justicia y
odiado la iniquidad; por ello muero en el destierro».
San Gregorio VII fue ciertamente uno de
los Papas más grandes, aunque no dejó de cometer algunos errores. Sus fallas,
que lo fueron más bien del mundo en que vivió, le han ganado la antipatía de
numerosos historiadores. Lo que sí se puede afirmar a ciencia cierta, es que no
fue ambicioso y que consagró todos sus esfuerzos a purificar y fortalecer a la
Iglesia, porque veía en ella a la Iglesia de Dios y quería convertirla en un
refugio de paz y caridad sobre la tierra. El cardenal Baronio introdujo el
nombre de Gregorio VII en el Martirologio Romano, dándole el título de beato y
no de santo. El Papa Benedicto XIII, en 1728, elevó la conmemoración de san
Gregorio a la categoría de fiesta de la Iglesia universal, con gran indignación
de los galicanos franceses.
En Acta Sanctorum (mayo, vol. IV), además
de otros materiales, hay tres documentos que pueden ayudarnos a apreciar a
Hildebrando como Papa y como santo. El primero es la biografía escrita por
Pablo Bernried, en 1128, que se basa en un estudio de las actas de su
pontificado y de las memorias de quienes conocieron personalmente a Gregorio
VII; el segundo es un informe que se debe probablemente a la pluma de Pandulfo.
El tercero es una adaptación del Liber ad Amicum, que Bonzio escribió en vida
del santo Pontífice, hecha por el cardenal Boso. Pero Gregorio VII pertenece a
la historia universal. El estudio de los documentos oficiales y, en particular,
de la parte del Regesta que se conserva, puede ayudarnos a conocer mejor su
carácter. En Lives of the Popes de Mons. Mann, vol. vn (1910), pp. 1-217, se encontrará
un magnífico estudio del pontificado de Gregorio VII, sobre todo por lo que se
refiere al aspecto externo de su gobierno. Ahí mismo hay una bibliografía; en
ella Mons. Mann recomienda, con razón, la obra de J. W. Bowden, Lije and
Pontificóte of Gregory VII, a pesar de que fue publicada en 1840. La literatura
sobre el tema es muy considerable y ha aumentado mucho desde que Mons. Mann
publicó su obra en 1910. Hay que mencionar los trabajos de Mons. Batiffol
(1928) y H. X. Arquiliére (1934). En la colección Les Saints hay un admirable
esbozo biográfico de A. Fliche, quien se basó en una multitud de obras. El
mismo autor publicó una obra completa sobre el tema, titulada La Reforme
grégorienne (1925); cf. acerca de ella Analecta Bollandiana, vol. XLIV (1926),
pp. 425-433. Véase también W. Wühr, Studien zu Gregors VII Kirchenreform
(1930); Fliche y Martin, Histoire de ÍEglise, vol. vm. Acerca del problema de
las Regesta de Gregorio VII, consúltense los estudios de W. M. Peitz y E.
Caspar. En 1932 se publicó una traducción inglesa de la correspondencia de san
Gregorio, hecha por E. Emerton. En Roma empezaron a publicarse, en 1947, los
Studi Gregoriani (ed. G. B. Borino).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=1754
Santa María Magdalena de Pazzi, virgen
fecha: 25 de mayo
fecha en el calendario anterior: 29 de mayo
n.: 1566 - †: 1607 - país: Italia
canonización: B: Urbano VIII 8 may 1626 - C: Clemente IX 28 april 1669
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 29 de mayo
n.: 1566 - †: 1607 - país: Italia
canonización: B: Urbano VIII 8 may 1626 - C: Clemente IX 28 april 1669
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Santa María Magdalena de Pazzi, virgen
de la Orden de Carmelitas, que en la ciudad de Florencia, en la Toscana, llevó
una vida de oración abnegadamente escondida en Cristo, rezando con empeño por
la reforma de la Iglesia. Distinguida por Dios con muchos dones, dirigió de un
modo excelente a sus hermanas hacia la perfección.
patronazgo: patrona de Florencia y Nápoles.
oración:
Señor Dios, tú que amas la virginidad,
has enriquecido con dones celestiales a tu virgen santa María Magdalena de
Pazzi, cuyo corazón se abrasaba en tu amor; concede a cuantos celebramos hoy su
fiesta imitar los ejemplos de su caridad y su pureza. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y
es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
La familia de Pazzi, emparentada con la
familia Médicis que gobernaba Florencia, era una de las más ilustres de la
ciudad. Dio al Estado una brillante serie de políticos, gobernantes, militares,
y a la Iglesia, una mujer cuya fama supera a la de toda su parentela. El padre
de la santa, Camilo Geri, estaba casado con María Buondelmonte, que pertenecía
a una familia tan distinguida como la de su esposo. María Magdalena nació en
Florencia, en 1556. Su nombre de bautismo era Catalina, en honor de santa
Catalina de Siena. Fue extraordinariamente piadosa desde niña, e hizo la
primera comunión a los diez años, con gran fervor. Como su padre había sido
nombrado gobernador de Cortona, Magdalena se quedó como pensionaría en el
convento de San Juan, en Florencia. Ahí pudo entregarse, a su gusto, a las
prácticas de devoción, y empezó a familiarizarse con la atmósfera de la vida
conventual.
Quince meses después, su padre la llamó a
Cortona, con la intención de casarla. Entre los pretendientes había varios
personajes destacados; pero la inclinación a la vida religiosa que mostraba la
joven era tan fuerte, que sus padres acabaron por darle el permiso de ingresar
en el convento. Catalina eligió el de las carmelitas, en Florencia, porque las
religiosas comulgaban casi todos los días. La víspera de la fiesta de la
Asunción de 1582 ingresó en el convento de Santa María de los Angeles. La única
condición que le impuso su padre fue que no hiciese profesión antes de haber
experimentado a fondo las dificultades de la vida religiosa. Dos semanas más
tarde, su padre la obligó a volver a casa, con la esperanza de hacerla cambiar
de parecer. Catalina permaneció firme en su resolución y, tres meses después,
volvió al convento con la bendición de sus padres.
El 30 de enero de 1583, tomó el hábito y
el nombre de María Magdalena. El sacerdote que se lo impuso, depositó el
crucifijo en sus manos con estas palabras: «Líbreme Dios de gloriarme en otra
cosa que en la cruz de Jesucristo». El rostro de Magdalena se transfiguró, y su
corazón se inflamó en el deseo de sufrir toda su vida con Cristo. Ese deseo no
haría más que crecer con los años. Al cabo de un fervoroso noviciado, Magdalena
hizo los votos antes que sus compañeras, pues una enfermedad la puso a las
puertas de la muerte. Como la santa sufría terriblemente, una religiosa le
preguntó cómo podía soportar sus dolores sin una palabra de impaciencia.
Magdalena señaló el crucifijo y respondió: «Mirad con qué amor infinito sufrió
Cristo para salvarme. Ese amor fortalece mi debilidad y me da valor. Quien
piensa en la Pasión de Cristo y ofrece sus dolores a Dios, encuentra dulce el
sufrimiento». Cuando la transportaban de nuevo a la enfermería después de haber
hecho los votos, Magdalena fue arrebatada en éxtasis durante más de una hora.
En los siguientes cuarenta días, tuvo intensas consolaciones espirituales y fue
objeto de gracias extraordinarias. Los especialistas en la vida espiritual
hacen notar que Dios suele consolar a las almas escogidas después del primer
momento en que se entregan completamente a Él, a fin de prepararlas para las
pruebas que les esperan, y las somete a la cruz de las tribulaciones interiores
para acabar con todo rastro de egoísmo, darles un perfecto conocimiento de sí
mismas y convertirlas plenamente al amor. Esto se comprueba una vez más en el
caso de Magdalena de Pazzi, a cuyos transportes de gozo espiritual siguió un
período de amarga desolación. Dios colmó así el deseo de la santa de sufrir por
Jesucristo.
Temiendo ofender a Dios con el deseo de
compartir la vida de las profesas, Magdalena pidió a sus superioras que le
permitiesen continuar en el noviciado otros dos años, después de haber hecho
los votos. Al cabo de ese período, fue nombrada subdirectora del pensionado y,
tres años más tarde, instructora de las religiosas jóvenes. Por aquella época
sufría intensas pruebas interiores. Constantemente se veía asaltada por
tentaciones de gula y de impureza, a pesar de que ayunaba a pan y agua toda la
semana, excepto los domingos. Para vencer esas tentaciones, castigaba su cuerpo
con crueles disciplinas e imploraba constantemente el auxilio del Salvador y de
la Virgen Santísima. Vivía en un estado de oscuridad interior en el que sólo
percibía sus propias debilidades y los defectos de las personas y objetos que
la rodeaban. Al cabo de cinco años de desolación y sequedad espiritual, Dios le
devolvió la paz y le hizo sentir intensamente su presencia. En 1590, durante el
canto del Te Deum en maitines, Magdalena fue arrebatada en éxtasis; cuando se
rehizo, dio un apretón de manos a la superiora y a la maestra de novicias,
diciéndoles: «Alegraos conmigo, pues el invierno ha pasado. Ayudadme a dar gracias
a Dios». Desde entonces, Dios manifestó su gracia en la santa religiosa.
Magdalena poseía el don de leer el
pensamiento y prever el futuro. Así, por ejemplo, predijo a Alejandro de
Médicis que un día sería Papa. En otra ocasión, le advirtió que su pontificado
sería muy breve; en efecto, sólo duró veintiséis días. La santa se apareció, en
vida, a muchas personas ausentes y curó a numerosos enfermos. Con el tiempo,
los éxtasis se hicieron más y más frecuentes; en algunos casos, Magdalena podía
continuar su tarea, pero en otros entraba en un estado de rigidez próximo a la
catalepsia. Por las palabras que pronunciaba, los circunstantes comprendían que
participaba de un modo especial en la Pasión de Cristo, o que conversaba con
Dios y los espíritus celestiales. Tan edificantes eran esos coloquios, que sus
hermanas solían apuntarlos y los reunieron en un libro, después de la muerte de
la santa. Magdalena parecía gozar de una unión con Dios sin interrupción;
acostumbraba exhortar a todas las criaturas a glorificar al Creador y ansiaba
que todos los hombres le amasen como ella. Con frecuencia exclamaba: «El Amor
no es amado. Las criaturas no conocen a su Creador. ¡Oh, Jesús! Si tuviese yo
una voz suficientemente poderosa para hacerme oír en todo el mundo, gritaría para
dar a conocer tu amor, para lograr que todos los hombres amasen y honrasen ese
bien inmenso».
En 1604, santa Magdalena tuvo que guardar
cama: sufría de violentos dolores de cabeza, había perdido el uso de los
miembros y el más leve contacto constituía una verdadera tortura. A esto se
añadía una aguda desolación espiritual. Pero, cuanto mayores eran los
sufrimientos, mayor el deseo de la santa de participar en la Pasión de Cristo.
«¡Señor -repetía-, quiero sufrir sin morir! ¡Déjame que viva para que sufra
más!» Cuando sus oraciones no eran escuchadas, se regocijaba de que se hiciese
la voluntad de Dios y no la suya. Cuando sintió acercarse su última hora, se
despidió de sus hermanas con estas palabras: «Reverenda madre y queridas
hermanas: pronto voy a dejaros. Lo último que os pido, en el nombre de
Jesucristo, es que le améis a Él solo, que confiéis plenamente en Él y que os
alentéis mutuamente a cada instante a sufrir por Él y amarle». La santa fue a
recibir el premio celestial el 25 de mayo de 1607, a los cuarenta y un años de
edad. Su cuerpo se conserva todavía incorrupto en el santuario contiguo al
convento de Florencia en el que pasó su vida. Fue canonizada en 1669.
En Acta Sanctorum, mayo, vol. VI, hay una
traducción latina de las dos primeras biografías de santa María Magdalena de
Pazzi. La primera fue publicada en 1611 por Vicente Puccini, que fue su
confesor en sus últimos años. La parte narrativa es relativamente corta; pero
hay unas 700 páginas de extractos de los escritos y cartas de santa Magdalena.
El P. Cepari, que había sido también confesor suyo, escribió una biografía;
pero no la publicó para no ofender al P. Puccini. Dicha biografía vio la luz en
1669, con algunas adiciones, tomadas del proceso de canonización. Esas dos
biografías, las cartas de la santa y los relatos, cinco volúmenes de notas
tomadas por las religiosas durante los éxtasis de Magdalena, constituyen las
principales fuentes. Maurice Vaussard editó, en 1945, una nueva selección de
pensamientos de la santa, con el título de Extases et Lettres; al mismo autor
se debe la biografía de la colección Les Saints. La biografía francesa escrita
por la vizcondesa de Beausire-Seyssel (1913) es muy completa. Véase el estudio
del P. E. E. Larkin sobre Los éxtasis de los cuarenta días de Santa María M. de
Pazzi, en Carmelus, vol. I (1954), pp. 29-71.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=1755
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