sábado, 15 de octubre de 2016

“La Iglesia se llenó de las voces…” (Concilio Vaticano II visto desde la otra orilla: un dialogo de la paz)






“La Iglesia se llenó de las voces…”
(Concilio Vaticano II visto desde la otra orilla: un dialogo de la paz)

Ahora nosotros casi no creemos en los milagros, pero algo pasa cuando rompe el tiempo y cambia la época, algo se concentra en este corto periodo histórico llamado “kairos”. “El cielo está preñado del futuro”, - escribía Osip Mandelchtam durante la revolución rusa. Concilio Vaticano II tiene todos los rasgos de un gran acontecimiento histórico: no esperado por nadie, casi no preparado, pero necesario y con el eco y la influencia que hasta ahora no podemos comprender con la claridad. Para ver la grandeza de la obra necesitamos una perspectiva más lejana. Una reflexión del Patriarca de Venecia sobre los apuntes de San Carlos Borromeo, el improvisado discurso a la luna llena es algo absolutamente milagroso e impredecible. Esto me recuerda a una visión del año 1595 en una ciudad rusa.

La protagonista era una mujer sencilla que trabajaba en una carnicería y se volvía a su casa, pero vio que la catedral estaba llena de luces y sonaban las voces. Como no era el tiempo de la liturgia, la carnicera pensó que eran algunos ladrones y se acercó a la puerta. No había nadie, solo la luz caía desde arriba y la iglesia estaba llena de las voces que discutían, interrumpían uno al otro: “¡Perdónales!” – “Es su libre voluntad” – “¡Lo que va a pasar con este mundo!” – “Es lo que debe pasar”. La pobre mujer después de una hora de escucha entendió que hablaban la Trinidad, la Virgen y los santos con las fuerzas celestes. De las tumbas de los príncipes enterrados subieron las serpientes. Lo pasado ya había sido acabado. La voz de la Virgen sonó desde la cúpula: “Reúne a mi pueblo y pídele orar y ayunar. El mundo va a cambiarse”. Esta mujer aún no sabía que a su país esperaban casi quince años de la guerra civil, las dos guerras exteriores, un disturbio en el cambio de la dinastía: “Yo sentí el miedo porque sabía que algo se acerca”.



Hay algunos “kairos” cuando el tiempo se acerca e incluso ataca a nosotros. Está más que evidente que el Concilio Vaticano II no era un fruto de una decisión repentina o de una iluminación única, sino la respuesta a una necesidad urgente. La nave de la Iglesia durante todo el periodo “piano” recibía los recios golpes de la tormenta histórica. Este siglo XX la podría dejar sin velas y sin remos, había que reforzar a la nave, poniendo a la cruz como el mástil.

Paul Tillich tenía razón cuando decía que “se conmueven los cimientos de la tierra”. Y tenía razón Dietrich Bonhoeffer acusando a la ética en su absoluta y total inutilidad y a la Iglesia tradicional en la repartición de la “gracia barata”. Las palabras del futuro mártir sonaban proféticamente y a veces se parecía que las ruinas van a derrumbarse a la Virgen con el niño en el cuadro de Altdofer, tan estimado por Bonhoeffer: “Que cuadro más contemporáneo”, - escribía él en la cárcel de Tegel durante los bombardeos de Berlín. En el otro refugio bajo tierra apuntaba algo Karl Rahner. Todos ellos eran la gente de esta época: Juan XXIII, Pablo VI, Rahner, Congar, Bea, Suenens, etc. A todos ellos podrían derrumbarse sus paredes, algunos pasaron por la Resistencia y por los campos de concentración. No eran ajenos al destino de sus pueblos. Todos ellos vieron más desgracia y caos en la dura realidad que nosotros durante toda la vida en un telediario. Realmente en esto consistía la fuerza del Concilio: salvar a la Iglesia era su misión, porque ellos ya vieron el mundo sin ella. Yo pienso que para comprender lo que movía a esta multitud de los obispos debemos leer a sus diarios de la guerra y a sus biografías.

Durante la entronización de Pio XII el embajador de Alemania dijo: “Muy bonita ceremonia. Qué pena que esta es la ´´última”. Y las voces que llenaron a la Iglesia eran la respuesta a todas las calamidades y tragedias. Esto era el asunto del Corpus Christi, Dios quería responder a través de su comunidad. Claro que era un Pentecostés, en el periodo de la preparación del Concilio casi nadie creía en su éxito. Incluso Karl Rahner pensaba que va a ser un desastre total. Pero la conversación trinitaria sonaba en el otro nivel, solo las voces y la luz de arriba: “¡Reúne a mi pueblo y dígale estas palabras!”. Ellos, estos reunidos, no eran nosotros, sino los que pasaron por la guerra. Y solo este pueblo cristiano que vivió a una tragedia real podría apoyar a su Iglesia en este Concilio.

Cuando en “Lumen Gentium” leemos las palabras sobre el sacerdocio de todos los bautizados, pues no eran ellas ni un dogma ni una novedad teológica, sino la verdad absoluta. Entre esta atrocidad y la muerte las personas comprendieron quienes son. El pueblo ungido sacerdotal. Todos. No por la vanidad, rivalidad o igualdad, sobre esto no se trataba en un mundo de la tragedia real, sino todos ellos eran crucificados en la realidad y del milagro bajaron de sus cruces.

Papa Juan XXIII con su experiencia y el camino de pastor mejor que nadie sabía qué mundo ya está cambiado y revolucionado, que ya desaparecieron las naciones tradicionales católicas, protestantes y ortodoxas, que el cristianismo ya no se hereda de una familia, sino otra vez entramos en los tiempos cuando “No se nacen, sino se hacen los cristianos”, - como lo decía Tertuliano a los primeros mártires. Lo podría repetir Edith Stein, una monja carmelita de origen judío, ante la puerta de la cámara de gas. Como lo demostró Sergey Averintzev en su artículo “El cristianismo en el siglo XX”, la mayoría de los importantes teólogos católicos y ortodoxos no pertenecía a las familias tradicionales. J. Maritaine, G. Chestertone, G. Fon Le Forte procedían de las familias protestantes. Ch. Peguy, S. Soloviev, S. Bulgakov pasaron por la experiencia de socialismo. P. Florenski, metropolita Antonio Blume pertenecían a las familias no creyentes. Y el gran predicador del cristianismo ortodoxo en los tiempos soviéticos Padre Alejandro Men era de origen judío.


Esta gente no acarreaba a los viejos odios y a las antiguas supersticiones y separaciones, su forma de hablar era el diálogo. La fe en la Palabra. Los ritos eran distintos, las formulas litúrgicas que se unían en la abadía de Chevtogne seguían siendo diferentes y había que buscar lo que une a todos, lo que es más importante y estaba claro que solo hay un único centro que es el Cristo Salvador. “¿Qué puede dar la Iglesia al mundo?”, - preguntaron a Averintzev un poco tiempo antes de su muerte. “Solo al Cristo. El resto pueden dar otras instituciones”.

Y este Cristo había sido puesto en el centro de las declaraciones, de la labor pastoral, de la comprensión de la Escritura. Las estáticas formulas escolásticas se reemplazaron por las nociones bíblicas dinámicas, gracias a los esfuerzos del Monseñor Agustín Bea. J. Suenens derrumbó a los esquemas preparados y en lugar de los dogmas cerrados apareció la imagen del Hijo del Hombre, tal como él era revelado en las Escrituras. Y en su figura ya se esclarecía todo. Este mundo necesitaba otra vez pensar sobre la unión de las dos naturalezas, otra vez oír la eterna conversación de la Trinidad. El mundo necesitaba al equilibrio, al dialogo, a una unión que no abolía a la diversidad, sino aceptaba a esta con respeto y amor. Nadie más deseaba construir un paraíso artificial en la tierra, sino todos querían entrar en la Trinidad como los hijos adoptados a través del Cristo. La fuerza ya no funcionaba, porque aún se estallaban las minas en los campos de las batallas. Sólo la Palabra podría unir al mundo.




Sobre la unión de los contrastes hablaba toda la ciencia de este tiempo, empezando por el conciliar R. Guardini y acabando por el profesor de la Universidad de Tartu, el futuro creador de la semiótica Y. Lotmán: “Sólo uniendo a los distintos puntos de la vista se puede conocer algo sobre este mundo”. Un conjunto de las perspectivas. Juan XXIII recibió un nombre del Papa de la Paz. ¿Y qué es la paz? Es el diálogo, la capacidad de escuchar y de comprender, una convicción que tuya verdad es siempre parcial y todo el triunfalismo está condenado a la derrota. Paz es la apertura. Guerra es el espacio estático y encerrado en el enfrentamiento continuo. Especialmente esta posición tanto irritaba a Y. Congar en M. Lefevre: “No sus opiniones yo detesto, sino a su postura cerrada y estática”.

Quizá Juan XXIII era el único Papa que recibió en URSS una buena prensa, como en su biografía, escrita por el metropolita Nicodemo, tanto y en los libros de la historia de la Iglesia contemporánea. Podían criticar a Pablo VI, pero nadie tocaba a Juan XXIII. ¿Por qué? ¿Por su intervención en la crisis de Cuba? ¿O por la esperanza de establecer las relaciones diplomáticas con el Vaticano? Yo pienso que todo era mucho más sencillo: la paz en la tierra era el máximo valor para un pueblo que perdió en la guerra 27 millones y este número aún promete crecer. Mi abuela cada día veía a un aburrido telediario y leía a los tres periódicos soviéticos. “Es una pérdida del tiempo. Ahí solo hay los documentos del partido” – “Yo quiero estar segura que la guerra no empezará otra vez”. En los pequeños pueblos donde viajaban mis padres de jóvenes siempre alguien viejo les preguntaba: “Tú tienes diploma. Dime: ¿habrá la guerra otra vez?”. A este pueblo de Dios era más fácil de unir que a nosotros. Como escribía un poeta de este tiempo Nikolay Rubzov en su poema “La lucecita rusa”:

En estas casas en cada alma entra
la orfandad de los retratos amarillos.
Aún está quemada esta tierra,
pero a los fallecidos no olvidan.
La viuda esforzaba su vista,
como queriendo algo recordar:
“¿Habrá la guerra? ¡Que nos salva el Cristo!”
Yo contesté: “No, madre, no habrá”.
“Que Dios ayude con todos los santos”.
Ella sentaba sola mucho tiempo
y ya no preguntaba nada,
unida con la luz de los recuerdos.

La apertura hacia los otros, hacia los distintos, la apreciación de las lenguas vernáculas en la liturgia, el reconocimiento del pueblo judío como de una parte importante de la historia cristiana eran las partes de este diálogo. Una clara postura pastoral era una salida hacia la gente y la negación de la dogmática expresaba el deseo de escuchar a los demás, crear una verdad común, colegial, que no será impuesta desde lo exterior, sino brotará del mismo corazón de la Iglesia. En su interviú en “La fe en los tiempos del invierno” Rahner decía: “He hecho poco, lo que pude, pero yo estaba en el Concilio y ya no hay vuelta atrás”.

Sin despreciar al profundo contenido de los documentos conciliares, en el Concilio más importante era el ambiente del diálogo, de la apertura, del empuje hacia el futuro. Congar dijo que estamos recordando a las verdades bien olvidadas. Tenía toda la razón. “Paraclitum intra Dei ecclesiam preceperunt Spiritum”, - así empezaba el Tercero Concilio Toledano Visigodo. Pero el texto nunca está libre de su contexto y el discurso siempre incluye a su comprensión, a la exegesis de la época. Juan XXIII era un hombre precursor como por su nombre, tanto por su misión, y hay muchas partes del mundo donde aún debe llegar este diálogo y la apertura del Concilio, donde aún sigue la guerra y todos esperan a la paz como a una salvación.

El Concilio es una brújula para caminar entre las aguas del mar de este mundo, es el ritmo de la Iglesia, fijado en sus declaraciones, es algo que puede ser no de todo comprendido y expresado, pero siempre presente. Definir al Concilio es imposible: comunión, oración, misterio. La mejor definición es el misterio, pero esto también es la explicación de su indefinibilidad. La procedencia de sus voces siempre será adivinada, pero no conocida:

Detrás del nombre hay lo que no se nombra,
hoy he sentido gravitar su sombra
en esta aguja azul, lúcida y leve,
que hacia el confín de un mar tiende su empeño,
con algo de reloj visto en un sueño
y algo de ave dormida que se mueve.
(J. L. Borges, “Una brújula »)


Fotos: Concilio Vaticano II, Papa Juan XXIII, una madre despide a su hijo en la guerra (Rusia), Berlín bombardeado

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