San Oreja y compañeros mártires.
Pregunta: mi abuela trajo de Libano una estampa escrita en libanés con un
ermitaño vestido con cueros de oveja a quien le habian cortado una oreja y ella
le prendia velas le decia Mar Edna ella solo hablaba libanés al tiempo aprendi
que Mar (san) Edna (oido) ellla nos decia que era un santo libanés ermitaño que
vivió antes de San Maron y que viajo por Siria y turquia y que sufrio martirio
pero no sabemos mas.
![]() |
|
Martirio de Mar
Edna-San Tarachos.
|
Respuesta: Es esta una pregunta de las que me gustan, porque me hacen
meterme en otras culturas y lenguas. En un principio me parecía complicada
porque desconozco, y mucho, de santos de origen asiático, de Oriente medio. Es
una laguna enorme, casi un mar, para mi. Con este santo, supuse que se le
llamaría así o por su patronato sobre los males de oído, o por su martirio.
Buscando en mis archivos sobre lo primero, o hallé ninguno, y pasé a lo
segundo, el tipo de martirio. Muchos hay a los que se le cortase las orejas, pero
no me aclaraba nada, pero nada. Así que me lancé a buscar amigos católicos
orientales o libaneses, que me aclarasen. Y en ello estaba cuando ¡voilá! hallé
una web de los monjes antonianos de rito libanés donde había un apartado
dedicado a ¡Mar Edna! Ahí tenía que estar la cosa. Y descubrí lo que ocurría:
el mártir Mar Edna, en árabe, no es otro que el San Tarachos, en griego, mártir
que ya conocemos y que forma parte de un trío con San Provos y San Andronikós
(castellanizados como Taraco, Probo y Andrónico). Sucede que en árabe se le
conoce como "orejas", y es efectivamente, por su martirio.
Santos Taraco, Probo y Andrónico, mártires. 5 de abril, 13 de mayo, 27 de septiembre y 11 de octubre.
Estos tres santos gozaron de amplia devoción en Oriente, y sus actas eran muy conocidas y leídas por los cristianos. Auxencio, obispo de Mopsuestia en el siglo V construyó una basílica en su honor fuera de las murallas de la ciudad, al recibir algunas reliquias procedentes de Anazarbo. El 7 de Mayo de 483, San Martirio, obispo de Jerusalén, colocó bajo el altar del monasterio de San Eutimio, algunas reliquias de los tres mártires. Así mismo San Severo de Antioquía pronunció un panegírico en su honor el 6 de septiembre de 515. En Constantinopla, la capital del imperio, fueron dedicadas dos iglesias en su memoria, lo cual indica el grado de popularidad y devoción de su culto.
Dicho esto, pues vamos a las actas, que afortunadamente se conservan en versión griega y latina, y en su 90% son verídicas. Se dividen las actas en un prólogo que es una carta dirigida por un grupo de cristianos a los fieles de la Iglesia de Icona, que dicen haberlas obtenido de la misma “audiencia criminal” de Cilicia, por medio del pago de doscientas monedas, con vistas a que no se pierda el testimonio martirial de los santos, para lo cual les piden las envíen a otras iglesias, para que edifiquen a los fieles y les sirvan de ánimo en las persecusiones. Le siguen tres interrogatorios llevados a cabo en diversos sitios, durante los cuales se van sucediendo diversos tormentos, como los golpes, el fuego, las piedras y planchas calientes, el potro, las mutilaciones como el corte de las orejas a San Taraco. Terminan con un epílogo. Hay que desconfiar de la última parte, que son un añadido del que muchos desconfían, por narrarse portentos que no se corresponden con la sencillez de los interrogatorios. Va desde que los santos llegan al anfiteatro hasta que sus reliquias son salvadas.
El 21 de mayo de 304 fueron llevados Taraco, Probo y Andrónico ante Flavio Cayo Numeriano Máximo, gobernador de Tarso, con los cargos de desobediencia a los edictos del emperador acerca de sacrificar a los dioses y al mismo emperador. Sobre los tres mártires no conocemos nada previo a su vida, salvo los detalles que dan las actas, como que eran soldados, que Taraco era el mayor, y otros.Como son un hermoso testimonio, puede servirnos de fuente de meditación y ejemplo cristiano, reproduzco los largos interrogatorios y el final. Perdonarme la extensión, por esta vez.
Primer Interrogatorio. En Tarso
Santos Taraco, Probo y Andrónico, mártires. 5 de abril, 13 de mayo, 27 de septiembre y 11 de octubre.
Estos tres santos gozaron de amplia devoción en Oriente, y sus actas eran muy conocidas y leídas por los cristianos. Auxencio, obispo de Mopsuestia en el siglo V construyó una basílica en su honor fuera de las murallas de la ciudad, al recibir algunas reliquias procedentes de Anazarbo. El 7 de Mayo de 483, San Martirio, obispo de Jerusalén, colocó bajo el altar del monasterio de San Eutimio, algunas reliquias de los tres mártires. Así mismo San Severo de Antioquía pronunció un panegírico en su honor el 6 de septiembre de 515. En Constantinopla, la capital del imperio, fueron dedicadas dos iglesias en su memoria, lo cual indica el grado de popularidad y devoción de su culto.
Dicho esto, pues vamos a las actas, que afortunadamente se conservan en versión griega y latina, y en su 90% son verídicas. Se dividen las actas en un prólogo que es una carta dirigida por un grupo de cristianos a los fieles de la Iglesia de Icona, que dicen haberlas obtenido de la misma “audiencia criminal” de Cilicia, por medio del pago de doscientas monedas, con vistas a que no se pierda el testimonio martirial de los santos, para lo cual les piden las envíen a otras iglesias, para que edifiquen a los fieles y les sirvan de ánimo en las persecusiones. Le siguen tres interrogatorios llevados a cabo en diversos sitios, durante los cuales se van sucediendo diversos tormentos, como los golpes, el fuego, las piedras y planchas calientes, el potro, las mutilaciones como el corte de las orejas a San Taraco. Terminan con un epílogo. Hay que desconfiar de la última parte, que son un añadido del que muchos desconfían, por narrarse portentos que no se corresponden con la sencillez de los interrogatorios. Va desde que los santos llegan al anfiteatro hasta que sus reliquias son salvadas.
El 21 de mayo de 304 fueron llevados Taraco, Probo y Andrónico ante Flavio Cayo Numeriano Máximo, gobernador de Tarso, con los cargos de desobediencia a los edictos del emperador acerca de sacrificar a los dioses y al mismo emperador. Sobre los tres mártires no conocemos nada previo a su vida, salvo los detalles que dan las actas, como que eran soldados, que Taraco era el mayor, y otros.Como son un hermoso testimonio, puede servirnos de fuente de meditación y ejemplo cristiano, reproduzco los largos interrogatorios y el final. Perdonarme la extensión, por esta vez.
Primer Interrogatorio. En Tarso
Máximo: ¿Cómo te llamas? porque siendo tú el más viejo de los tres,
debes tú ser preguntado el primero: responde pues.
Taraco: Yo soy cristiano.
Máximo: Olvida esa impiedad que no te hace mucho honor, y dime solamente
tu nombre.
Taraco: Yo soy cristiano.
Máximo, a los guardias: Rompedle las quijadas, y decidle: “Otra vez no
respondas una cosa por otra.
Taraco: Este es mi verdadero nombre. Si quieres saber el que he
recibido de mi padre, me llamo Taraco, y en el ejército me llamaban Víctor.
Máximo: ¿De qué profesión, y de qué país eres?
Taraco: Yo soy soldado romano, y Claudiópolis, Ciudad de Isauria, es
el lugar de mi nacimiento y porque soy cristiano he dejado el servicio.
Máximo: Bien hecho, porque tu impiedad te degrada y te hace indigno de
llevar las armas: no obstante, quiero yo saber cómo has obtenido tu licencia.
Taraco: La pedí a Publion mi capitán, y me la concedió.
Máximo: Pues mira compadézcome de tu vejez, pero es preciso que
obedezcas a las órdenes de los emperadores, y te prometo que si lo haces de tu
voluntad, tendrás motivo para estar contento conmigo. Vamos, ven, y sacrifica a
los dioses [como] nuestros príncipes les ofrecen sus cultos.
Taraco: Vuestros príncipes cometen un grande error.
Máximo, a los guardias: Deshacedle la boca por lo que ha dicho.
Taraco: Sí que lo he dicho, y lo vuelvo a decir otra vez, que lo
cometen ¿pues no son hombres para errar?
Máximo: Sacrifica a nuestros dioses, y déjate de todos esos rodeos.
Taraco: Yo sirvo a mi Dios, y cada día le sacrifico. No la sangre de
las víctimas, sino un corazón puro, porque Dios no gusta de esa especie de
sacrificios sangrientos.
Máximo: Ciertamente tengo compasión de tu vejez: renuncia, pues, a
toda esa vana superstición, y sacrifica a nuestros dioses, mira que te hablo
como amigo.
Taraco: Yo no renuncio tan fácilmente a la Ley de Dios.
Máximo: Acércate, te digo, y sacrifica.
Taraco: No cometeré semejante
impiedad: tengo mucho respeto a la Ley de Dios.
Máximo: ¿Y tenemos nosotros
otra ley? Di, cabeza de hierro.
Taraco: Sí por cierto, y es la que os manda adorar a la madera, a las
piedras, obra toda de vuestras manos.
Máximo, a los guardias: Dadle de golpes, y decidle: “Deja ese vano
encaprichamiento en que estás”.
Taraco: No dejaré yo un capricho que salva mi alma.
Máximo: Yo te le haré dejar bien
presto, y te haré cuerdo, a pesar tuyo, y aunque tú no quieras.
Taraco: Bien puedes hacer lo que gustes, a vuestro arbitrio está mi
cuerpo.
Máximo, a los guardias: Quitadle los
vestidos y azotadle muy bien con varas.
Taraco: Verdaderamente has hallado el secreto de hacerme cuerdo, yo
mismo me hallo fortificado por las llagas que acaban de hacerme, y siento que
crece en mí más y más la confianza que tengo en mi Dios y en Jesucristo.
Máximo: ¡Ah malvado! ¿cómo puedes decir que no hay sino un Dios,
cuando ahora mismo acabas de nombrar dos?
Taraco: Yo confieso al que es el verdadero Dios.
Máximo: Pues si dices que sirves a Dios y a Jesucristo.
Taraco: Está muy bien, pero es porque Jesucristo es Hijo de Dios, y un
solo Dios con su Padre, esperanza de los cristianos, por el cual sufrimos, y
por quien somos salvos.
Máximo: ¿Otra vez? Déjate de esos vanos discursos, acércate y
sacrifica.
Taraco: Estos no son vanos discursos, sino la verdad. Sesenta y seis
años tengo, y siempre he vivido en el conocimiento y amor de esta verdad, y
jamás me he apartado de ella.
Demetrio, el Centurión: Hombre miserable, ten compasión de ti mismo y sacrifica,
créeme.
Taraco: Apártate de mí, ministro de Satanás.
Máximo, a Demetrio: No perdamos el tiempo, que lo carguen de cadenas,
y que lo lleven a la cárcel. Haced que entre el que se sigue.
Y trajeron a Probo.
Máximo: ¿Cómo te llamas?
Probo: Tengo dos nombres y el más noble es cristiano, y el que los
hombres me dan es Probo.
Máximo: Y bien, Probo, ¿de qué familia eres, y de qué país?
Probo: Mi padre era originario de Tracia, y yo he nacido en Sida, en
la Panfilia. Mi familia no es muy ilustre, pero yo soy cristiano.
Máximo: No la ilustrarás tú mucho con ese nombre, ni es nada a
propósito para hacer fortuna. Créeme, sacrifica a los dioses, este sí que es un
medio mucho más seguro, porque en este caso yo te prometo mi amistad, y el
favor de los emperadores.
Probo: Mi ambición es muy poca y yo me pasaré muy bien sin el favor
de los emperadores, y no estimo vuestra amistad. Podía hacer en el mundo una
figura bastante considerable, pero hago tan poco caso de los bienes de la
tierra, que por servir a mi Dios lo he renunciado todo.
Máximo, a los guardias: Desnudadle y dadle cien golpes con nervios de
bueyes.
Demetrio, a Probo: Mira por ti, amigo mío, y no te dejes así bañar todo
en sangre.
Probo: Yo os abandono mi cuerpo, vuestros tormentos son para mí un
agradable refrigerio.
Máximo: Infeliz! ¿Es posible que has de querer permanecer siempre en
tu obstinación y tu locura ha de ser incurable?
Probo: No soy yo tan necio ni tan loco como pensáis, por más cuerdo
me tengo yo que vosotros y por eso no sacrifico a los ídolos.
Máximo, a los guardias: Volvedle del otro lado, y dadle sobre el
vientre.
Probo: Señor Jesús, socorred a vuestro, siervo.
Máximo, a los guardias: Decidle a cada golpe: “¿Dónde está ese Jesús a
quien llamas en tu socorro?”
Probo: Ya me ha oído, no lo dudéis, aquí está presente, yo conozco
que me sostiene y una de las señales de su protección es que todos vuestros
tormentos no han podido aún con lo que queréis.
Máximo: Mira el estado en que te
hallas y como la tierra está toda cubierta de tu sangre. Probo: Sabed que
cuanto más sufre mi cuerpo más aliviada se siente mi alma, y conforme se
debilita el uno, la otra va tomando nuevas fuerzas.
Máximo: Ponedle grillos en pies y
manos, y que no se permita a nadie el verle. ¿Dónde está el tercero?
Y trajeron a Andrónico.
Máximo: Di tu nombre.
Andrónico: Si queréis saber la verdad, os digo que soy cristiano.
Máximo: Tus antepasados no se llamaban así. Responde, pues, al caso.
Andrónico: Pues bien, por satisfaceros os digo que me llamo Andrónico:
Máximo: ¿Y tu familia?
Andrónico: Esta no es de las menores de Éfeso y mi padre tiene allí uno
de los primeros puestos.
Máximo: Si quieres creerme, deja todos esos discursos inútiles y no
hagas caso a los que te han precedido, que se han hecho los locos, bien que su
locura les cuesta caro. Pero tú, si quieres seguir mi consejo, y si te he de
hablar como si fueras mi hijo, adora a nuestros dioses, rinde a nuestros
príncipes el honor que les es debido, y esto lo harás obedeciendo prontamente a
sus órdenes. Mira que son nuestros padres, y nuestros dueños y señores.
Andrónico: Vosotros los llamáis vuestros padres y tenéis al demonio por
padre: vosotros sois sus hijos y hacéis las acciones de tales.
Máximo: Mira, joven, no abuses de la contemplación que tengo a tu
edad. Ya ves ahí todos esos suplicios dispuestos.
Andrónico: Verdad es que soy joven, si cuentas mis años, pero mi alma ya
ha llegado a la edad viril y ya tiene toda la fuerza y toda la madurez debida.
Máximo: Ea, deja esas bachillerías y sacrifica si quieres librarte de
los tormentos, porque con cualquiera resistencia no lo conseguirás.
Andrónico: ¿Os parece que yo tengo menos ánimo o mejor gusto que los
otros?, ¿y os imagináis que he de querer yo cederles en valor o en fidelidad
para con mi Dios? Pues os declaro que estoy pronto a sufrir todo cuanto me
quisiereis hacer padecer.
Máximo, a los guardias: Desnudadle enteramente y tendedle sobre el
potro.
Demetrio, a Andrónico: Antes que os dejéis desgarrar tan miserablemente,
escuchad sola una palabra.
Andrónico: Mas quiero perder mi cuerpo que mi alma, haced lo que quisiereis.
Máximo: Sacrifica, Andrónico, y no me obligues a hacer estragos
contigo.
Andrónico: Yo jamás he dado culto a los ídolos en mi vida, y no he de
comenzar hoy a hacerlo. ¿quereis
que yo sacrifique a los demonios?
Máximo, a los guardias: Vamos, ya no hay que esperar nada de él,
ejecutad vuestras órdenes.
Atanasio el carcelero, a Andrónico: Ea, haz lo que el Gobernador te pide: yo tengo
dos veces más edad que tú, y esto es lo que hace tomarme la libertad de darte
este consejo.
Andrónico: Para ser un hombre que se cree tan cuerdo y que tiene dos
veces más edad que yo, es cierto que me das un consejo admirable, como es el
sacrificar a unas piedras, y a unos leños. Tomadle para vos mismo si queréis.
Máximo: Tú no sabes todavía lo que es sufrir el hierro y el fuego, y
puede ser que después de haberlo experimentado renuncies unas quimeras que no
te librarán de nuestras manos.
Andrónico: ¡Dichosas quimeras que nos hacen poner en Dios toda nuestra
esperanza! La prudencia del siglo es la que da la muerte.
Máximo: ¿Quién te ha enseñado todas esas extravagancias?
Andrónico: La palabra que da la vida, que la conserva y que nos asegura
que hemos de resucitar algún día, según la promesa que Dios nos ha hecho.
Máximo: Déjate de todas esas locas imaginaciones, o si no, mira que te
haré atormentar sin misericordia.
Andrónico: En tus manos estoy, tú eres el dueño, haz lo que quisieres.
Máximo, a los guardias: Pues no le perdonéis en nada.
Andrónico: Señor, que sois un Dios justo, ved lo que sufro injustamente:
mirad como me castigan como si fuese un homicida, no habiendo cometido crimen
alguno.
Máximo: ¿Llamas tú no tener culpa el haber despreciado los decretos de
los emperadores, y desafiándome hasta en mi tribunal?
Andrónico: Yo creo en Dios, defiendo su verdad, espero en su bondad. Ved
ahí todo mi delito; por esto es por lo que se me hace sufrir.
Máximo: No nos vendas tanto tu piedad y tu religión; la tendrías en
efecto, si venerases los dioses que los emperadores adoran.
Andrónico: Impiedad es, y no religión el abandonar el culto del verdadero
Dios por adorar el bronce o el mármol.
Máximo: Luego según tu estimación, infeliz y detestable, ¿nuestros
príncipes son unos impíos? – y dijo a los guardias: Que lo vuelvan, y que le
metan puntas de hierro por los costados.
Andrónico: En tu poder estoy, haz de mí lo que quisieres.
Máximo, a los guardias: Tomad pedazos de tejas y frotadle con ellos
sus llagas.
Andrónico: Por cierto que acabáis de dar a mi cuerpo un grande alivio.
Máximo: Yo quiero ir poco a poco acabando contigo.
Andrónico: Vuestras amenazas no me dan miedo. El espíritu que me conduce,
es mejor que el que os hace obrar.
Máximo, a los guardias: Ponedle al cuello una gruesa cadena, y otra a
los pies, y que se le guarde con cuidado.
Y lo llevaron a la prisión con sus
compañeros.
Segundo Interrogatorio. En
Mopsuestia.
Máximo, a Demetrio: Entren los cristianos, esos hombres impíos.
Demetrio: Aquí están, Señor.
Máximo: Bien sé que la vejez se ha de respetar, pero es cuando la
acompañan la cordura, y la prudencia, y así Taraco , si como creo, que habiendo
tenido lugar de hacer tus reflexiones, has mudado de parecer y estás dispuesto
a obedecer a nuestros príncipes, y a sacrificar a los dioses, qiuero también
asegurarte , que estoy pronto a dar a tu edad, y a tu mérito todo el honor que
le es debido.
Taraco: Agradase a Dios, a este Dios, que es el único, y verdadero
Dios, que vuestros príncipes, y todos los que por complacencia o por
preocupación siguen los mismos errores, pudiesen salir de la extraña ceguedad
en que están, y que ilustrados por la fe, pudiesen andar a favor de sus luces
por el único camino que lleva a la vida.
Máximo, a los guardias: Quebradle las quijadas con una piedra y
decidle: “Deja de ser loco.
Taraco: Esta locura, que me reprendéis no es sino una verdadera
prudencia, y la vuestra no es sino una verdadera locura.
Máximo: Ya no tienes ningún diente, infeliz , y acaban de hacértelos
polvo, salva a lo menos, lo restante del cuerpo.
Taraco: Aunque me hicieseis mil pedazos siempre sería más fuerte,
porque toda mi fuerza viene de Dios.
Máximo: No importa, créeme que aun será para ti mejor partido el
sacrificar.
Taraco: Si yo creyese que esto me había de ser tan ventajoso como
dices no padecería tan grandes tormentos.
Máximo, a los guardias: Abofeteadle otra vez, y decidle: “Responde
bien”.
Taraco: ¿Me has hecho quebrar todos los dientes y quieres que
responda?
Máximo: ¡Ah insensato! ¿Después de todo esto aún no te rindes?
Acércate, pues, al altar, y sacrifica.
Taraco: Si me has quitado el medio de hablar a lo menos con alguna
facilidad, no me has podido quitar la habla interior y mi alma cada vez está
más firme y más inalterable.
Máximo: ¡Ah, hombre maldito de los dioses! yo hallaré el secreto de
quitarte tu locura. – y dijo a los guardias: traigan un brasero con carbón bien
encendido, y metedle las manos dentro hasta que se quemen.
Taraco: Si no es más que eso, vuestro fuego poco vale : solo hay uno,
que es el que yo más temo, y este es el fuego eterno.
Máximo: Ya tienes tus manos del todo tostadas, ¿no es tiempo de que
llegues a ser cuerdo? Ven pues a sacrificar.
Taraco: Parece que me habláis como si ya me hubieseis hecho consentir
en lo que pretendéis de mí, y como si vuestra crueldad me hubiese quitado la
fuerza de poder resistiros más: aun no estoy en ese estado, gracias a Dios, y
así no tenéis mas que continuar, que aún os he de hacer trabajar.
Máximo, a los guardias. Colgadle por los pies con la cabeza abajo y
encended fuego, que haga mucho humo.
Taraco: ¿No me ha podido hacer temer tu fuego, y pretendes intimidarme
por tu humo?
Máximo: ¿Y sacrificarás ahora?
Taraco: Bien podéis vos sacrificar si queréis, que yo no lo haré.
Máximo, a los guardias: Traed vinagre y sal, y echádselo en las
narices.
Taraco: Tu vinagre nada tiene de fuerte, y no hay cosa más sosa que tu
sal.
Máximo, a los guardias: Mezcladle mostaza y frotadle las narices.
Taraco: Sábete que tus verdugos te engañan, y que me han dado miel por
mostaza.
Máximo: Basta, por ahora. Entretanto yo imaginaré algún otro nuevo
tormento, y no se ha de decir, que yo he salido vencido en este negocio;
preciso será que dejes tu locura.
Taraco: Está muy bien, siempre me hallarás pronto a responderte.
Máximo, a los guardias: Quitadle de ahí, y devolvedle a la cárcel. Que
entre otro.
Y trajeron a Probo
Demetrio, a Probo: Y bien, ¿lo has pensado bien? ¿Has sanado ya de tu
locura, y vienes ya con ánimo de sacrificar a los dioses? Nuestros príncipes ya
sabes tú que todos los días les ofrecen sacrificios por la salud de sus
vasallos.
Probo: Otra vez se renueva en mi corazón una nueva audacia; los
tormentos que he sufrido, no han servido de otra cosa que de hacerme más fuerte
y más vigoroso endureciendo mi cuerpo; y me siento con una firmeza capaz de
sufrir todos cuantos me podéis hacer padecer. Ni vosotros, ni vuestros
príncipes alcanzarán de mí, que sacrifique yo a unos dioses que no conozco. Yo
tengo a mi Dios en el Cielo: yo le sirvo, yo le adoro, pero ni sirvo, ni adoro
a otro que a él.
Máximo: ¿Pues qué, infeliz, los dioses que nosotros adoramos, no son
dioses vivos como el tuyo?
Probo: ¿Cómo unas piedras, y unos leños, que son obra de un escultor,
han de ser dioses vivos? Gobernador, no sabéis lo que os hacéis cuando
sacrificáis a esta suerte de divinidades.
Máximo: Hombre malvado, ¿cómo tienes la insolencia de decir que no sé
lo que hago cuando adoro a los dioses inmortales?
Probo: Perezcan para siempre esos dioses inmortales , que no han
hecho ni el cielo ni la tierra.
Máximo: Escucha, deja todas esas astucias que no te han de servir. Si
quieres que te salve la vida, dales incienso.
Probo: Yo no puedo dárselo a muchos dioses. Un solo Dios es el verdadero
Dios y yo le adoro y le adoraré.
Máximo: Pues bien, ven y sacrifica a Júpiter el gran Dios y de los
demás te dispenso.
Probo: Yo tengo un Dios en el Cielo, no temo nada y a él solo adoro.
Ya os lo he dicho tantas veces, que esos a quien vosotros llamáis dioses, nada
son menos que dioses.
Máximo: Y yo te digo otra vez, que des culto y adoraciones a Júpiter,
Dios poderosísimo.
Probo: ¿No tenéis vergüenza de llamar Dios a aquel a quien los
adulterios, los incestos, y otros delitos aún más enormes importan de nada?
Máximo, a los guardias: Dadle en la boca con una piedra por haber
blasfemado.
Probo: ¿Por qué me han de dar por eso? ¿Adelanto yo alguna cosa nueva
o falsa? ¿Los que sacrifican a Júpiter hablan de otro modo? ¿Vos mismo no lo
habéis dicho siempre?
Máximo, a los guardias: Es preciso contener estas sátiras: que pongan
al fuego una plancha de hierro y estando caldeada que se la pongan bajo las
plantas de los pies.
Probo: Ese fuego no tiene ningún calor, a lo menos yo no lo siento.
Máximo, a los guardias: Dejad la plancha por más tiempo al fuego, y no
la saquéis de él hasta que esté hecha toda ascua.
Probo: Ahora comienza a sentirse un poco el calor.
Máximo: Atenle, pues, tiéndanlo sobre el potro, y azótenle con correas
de cuero crudo, hasta que sus espaldas estén todas bañadas de sangre.
Probo: Todo eso no me hace fuerza, si no inventáis alguna cosa nueva
y hacéis la prueba, que entonces reconoceréis el poder de Dios, que está en mí,
y que me fortifica.
Máximo, a los guardias: Raedle la cabeza y echadle encima carbones
encendidos.
Probo: Ya me habéis hecho quemar la cabeza y los pies, y esto no ha
servido sino de ostentar el poder, y la bondad del Dios que adoro y de
convenceros de vuestra impotencia. Yo sirvo a mi Dios, que me salvará, y no a
vuestros dioses, que no pueden hacer más que perder a los que los sirven.
Máximo: ¿Con que todos los que están aquí, y que sirven a los dioses,
están perdidos? Al contrario, son felices, honrados de los emperadores, y
amados de los dioses mismos, cuando tú por tu desobediencia eres el horror de
todo el mundo.
Probo: Todos cuantos decís perecerán infaliblemente si no hacen
penitencia, puesto que contra el testimonio de su conciencia han abandonado al
Dios vivo por adorar a los ídolos.
Máximo, a los guardias: Acabadle de quebrantar todas las quijadas para
que no diga más “un Dios”, sino “los dioses”.
Probo: ¡Mal Juez! ¡Juez inicuo! tú me haces quebrar los dientes y
desfigurar todo el rostro porque te digo la verdad.
Máximo: No solo te mandaré quitar toda la dentadura, sino también
cortar esa lengua que profiere tantas blasfemias.
Probo: Tú me harás cortar la lengua, ¿pero me podrás tú por ventura
quitar esta habla interior e inmortal que oirá Dios siempre a pesar tuyo?
Máximo, a los guardias: Volvedle a la carcel, y traed el tercero.
Y trajeron a Andrónico:
Máximo: Los que han sido examinados antes que tú, oh Andrónico, parece
que al principio han querido subsistir en su primera terquedad, pero ¿qué han
ganado con eso? golpes y confusión. Y después de haber padecido bastantes
tormentos les ha sido preciso el rendirse y les hemos hecho, aunque con gran
trabajo, resolver a convertirse. No obstante, no dejarán de recibir bastantes
recompensas que se procurará darles por ello. Y así ahora estás a tiempo de
mirarlo bien y elegir el mejor partido, puesto que tarde, o temprano has de
hacer lo mismo, y no has de poder dejar de obedecer a los emperadores y
sacrificar a los dioses. Hazlo voluntariamente, que con eso ganarás más. Pues a
poco que te resistas, te juro por los mismos dioses, y por los invencibles
emperadores, que no saldrás de mis manos por esta, vez sin dejar la vida.
Andrónico: Impostor, ¿para qué pretendes engañarme? ¿Crees tú poderme
persuadir fácilmente que has recibido del cielo la facultad de volver las
voluntades a tu antojo? Mientes descaradamente cuando me aseguras que estos de
quienes acabas de hablar renunciaron al verdadero Dios y yo sé muy bien que ni
siquiera pensaron en consentir en tu impiedad. Mas aun cuando esto fuese así,
¿piensas tú hallar en mí tal facilidad? No lo esperes; el Dios que adoro me ha
revestido de las armas de la fe y Jesucristo mi Salvador me ha hecho
participante de su poder, y esto es lo que hace que yo comparezca aquí sin
temer ni tu poder, ni el de tus amos, y señores, ni el de tus dioses. Fuera de
eso, ¡expón a mis ojos y prueba, si quieres, en mi cuerpo todos los tormentos
que has podido inventar!
Máximo, a los guardias: Atadle a dos estacas y azotadle con toda
vuestra fuerza con nervios de bueyes.
Andrónico: Eso nada tiene de nuevo ni de extraordinario y ese suplicio es
muy común.
Atanasio el
carcelero: ¿Tienes ya el cuerpo todo lleno de sangre y dices que esto no vale
nada?
Andrónico: Al que cree en Dios, y al que le ama, poco se le da de esto.
Máximo: Sembradle de sal menuda todas sus llagas.
Andrónico: Manda que no la escaseen; esto te lo suplico, para que estando
como confitado y curado con la sal, pueda sin corromperme resistir por más
tiempo a tu crueldad.
Máximo, a los guardias: Volvedle vientre arriba, y renovadle sus
primeras llagas, que todavía no estarán cerradas: volved a descargar sobre él.
Andrónico: Sí, sí, dad con fuerza , que el que me ha curado otra vez, me
curará ahora.
Máximo, a los
cerceleros: ¿No os dije que no le dejaseis ver de ninguno absolutamente , y que
no permitieseis que se tocase a sus llagas? Y con todo eso, ya veis
que...
Pegaso, un carcelero: Protesto a Vd. que ninguno le ha puesto las
manos, ni siquiera le ha hablado; para esto se le encerró en el calabozo más
hondo, y más retirado, y quiero perder la cabeza si no digo la verdad.
Máximo: ¿Pues cómo se le han curado las llagas?
Pegaso: Os juro por vuestro alto nacimiento, que no lo sé.
Andrónico: El Médico que me ha puesto la mano no es menos hábil que
caritativo. ¡Pobres ciegos y que aún no le conocéis! No es con yerbas ni
polvos, con lo que él cura, sino con sola una palabra. Él está en el Cielo y se
halla presente a todo.
Máximo: Todas esas vanas imaginaciones que nos vendes no te servirán
de mucho. Sacrifica cuanto antes a los dioses o eres perdido sin remedio.
Andrónico: Yo no soy hombre de dos palabras: lo que una vez he dicho, lo
diré siempre: ¿soy yo acaso algún niño, a quien se halaga o a quien se intimida
como se quiere?
Máximo: No creas que yo quiera cederte la victoria.
Andrónico: Ni pienses tú , que yo te permita la menor ventaja.
Máximo: No se quedará sin castigo el desprecio que haces de mi poder.
Andrónico: No triunfarás tú de mí tan fácilmente como imaginas.
Máximo: No se ha de decir que mi tribunal depende de ti.
Andrónico: Ni tampoco se dirá que Jesucristo depende de tu tribunal.
Máximo: Que me tengan prontos para la primera sesión nuevos tormentos.
Tercer Interrogatorio. En Anazarbo de
Cilicia.
Máximo: Confiesa la verdad, Taraco, ¿No es cierto que las cadenas, los
azotes, y los demás tormentos no te parecen ya tan dignos de desprecio? Toma
pues mi consejo, renuncia tu impiedad de la cual no has sacado hasta aquí
alguna utilidad, y sacrifica a los dioses, que son dueños de la naturaleza y de
la fortuna.
Taraco: Jamás me persuadiréis que el mundo sea gobernado por dioses que
están condenados a unos tormentos eternos. ¿Había yo de ofrecerles sacrificios
para ser eternamente abrasado con ellos?
Máximo: No dejarás de blasfemar, ¡oh el mas malvado de los hombres!,
¿o te imaginas que después de haberme irritado con tus insolentes discursos te
he de dejar solo con hacerte perder la cabeza?
Taraco: Pluguiera a Dios: no desmayaría yo por mucho tiempo, que el
combate sé acabaría bien presto. No obstante, haced lo que gustéis, que cuanto
más largo y penoso sea, más rica y brillante será la corona de gloria que se ha
de dar en premio.
Máximo: Eso es lo que según todas las leyes, los fascinerosos como tú
deben aguardar.
Taraco: Lo que ahora decís es contra la justicia y la razón: verdad es
que las leyes condenan a muerte a los que han cometido algún delito, pero los
cristianos que son inocentes y que únicamente sufren por la causa de Dios, tan
lejos está de que las leyes los juzguen dignos de muerte, que al contrario,
hacen que esperen recibir una recompensa infinitamente gloriosa.
Máximo: ¿Qué recompensa pueden aguardar unos impíos que mueren en su
impiedad y en su malicia?
Taraco: No os toca a vosotros el informaros de qué manera recompensa
Dios a sus siervos en el Cielo: estas cosas exceden vuestra inteligencia, y no
sois dignos de ser instruidos en ellas; pero nosotros, que tenemos la dicha de
serlo, sufrimos con alegría todos cuantos esfuerzos emplea contra nosotros
vuestra rabia cruel.
Máximo: No siendo tú más que un miserable desertor, ¿cómo tienes
aliento a hablarme como si fueses mi igual?
Taraco: Verdad es que no soy vuestro igual, pero soy de condición
libre, y así puedo hablar libremente en todo el mundo, nadie me lo puede
impedir porque el que me hace hablar es el mismo Dios verdadero.
Máximo: Yo mismo te lo impediré muy bien.
Taraco: Yo os desafío a vosotros y al diablo vuestro padre, a que no.
Máximo: Ea, acabemos de una vez: elige, o sacrificar a los dioses, o
padecer los tormentos más crueles.
Taraco: En el primero, y segundo interrogatorio confesé que era
cristiano, ahora confieso, y protesto la misma cosa. Creedme, que si pudiese en
conciencia sacrificar a los dioses, lo haría.
Máximo: ¿ Pero qué ventajas sacarás tú de tu obstinacion? Voy a
hacerte atormentar del modo más terrible; entonces te arrepentirás de tu
locura, pero será ya tarde.
Taraco: Si yo hubiera de arrepentirme, no aguardaría a ahora, ya lo
hubiera hecho en el primer tormento que sufrí, o a lo menos en el segundo, pero
gracias a Dios me siento bastante fuerte para resistir al tercero. Y así haced
lo que gustaseis, que en vuestro poder me tenéis.
Máximo, a los guardias: Ligadle, atadle, que es un loco, un furioso.
Taraco: Seríalo en efecto, si hiciese lo que me pedís.
Máximo: Ya estás tendido sobre el potro: obedece y sacrifica antes que
te entregue a los verdugos.
Taraco: Yo os podría alegar mi privilegio y el rescrito de Diocleciano
que prohíbe a todos los Jueces hacer sufrir a los soldados todas suertes de
penas. Mas para que no sospechéis en mí alguna flaqueza, no usaré de mi derecho
ni reclamaré contra la violencia que hacéis de las prerrogativas de la milicia.
Máximo: Todo soldado que rehúsa sacrificar por la salud de los
emperadores, pierde su privilegio, ¿pues cómo te habías de atrever tú a valerte
de él, cobarde, después de haber desertado?
Taraco: ¿Para qué os acaloráis tanto? Ya os he dicho que hagáis lo que
gustéis.
Máximo: No creas que te voy a dejar en un momento. Voy a hacerte morir
con una muerte lenta, y después haré arrojar tu cuerpo a los perros.
Taraco: ¿Pues por qué no lo hacéis? quién os detiene? Parece que no
tenéis sino palabras.
Máximo: Ya veo yo lo que te adula: tú esperas que algunas devotas
mujeres Vengan después de tu muerte a recoger tus reliquias y a embalsamar tu
cuerpo, pero yo lo dispondré muy bien.
Taraco: Haz lo que quisieres de mi cuerpo, yo te lo concedo muerto o
vivo.
Máximo: Sacrifica a los dioses.
Taraco: Ya te he dicho más de veinte veces que no sacrificaré ni a
dioses, ni a diosas.
Máximo, a los guardias: Rasgadle los labios, y hacedle pedazos todo el
rostro.
Taraco: Todo mi rostro me lo has destrozado, y afeado, pero mi alma
cada vez está más hermosa. Pronto estoy a recibir todos los golpes que
quisieres: no los temo, porque estoy armado con las armas divinas.
Máximo: ¿Dónde están esas armas, hombre maldito? Tú estás desnudo, tú
estás todo cubierto de llagas, y tú dices que estás armado.
Taraco: Sí que lo estoy, pero tú no ves nada, porque estás ciego.
Máximo: Yo te dejo decir todo lo que quieras, tú haces cuanto puedes
por enfadarme, para que te haga morir de una vez.
Taraco: ¿Que yo te quiero enfadar porque te he dicho que no puedes ver
mis armas? Pues digo la verdad, porque para verlas es necesario tener el
corazón puro y el tuyo está manchado, así como lo están tus manos de la sangre
de los siervos de Dios.
Máximo: Tú eres un loco.
Taraco: No soy tal, porque no adoro a los demonios, que son
engañadores, sino al Dios de la verdad, que pone en mi boca todas las verdades
que te digo.
Máximo: ¿Qué verdades? ilusiones. Sacrifica y líbrate por este medio
de la terrible miseria a que tan imprudentemente te has expuesto.
Taraco: ¿Tan poco cuerdo me juzgas, que he de poner yo mi confianza en
un dios que no tenga el poder de hacerme eternamente feliz? Tú pones toda tu
dicha en conservar tu cuerpo, pero por tu alma parece que nada se te da.
Máximo, a los guardias: Que se hagan calentar unas piedras puntiagudas
y que hechas ascua se le metan por debajo de los sobacos.
Taraco: Todo eso no me hará mudar de parecer. Taraco , siervo de Dios
, jamás adorará las abominaciones que adora Máximo.
Máximo, a los guardias: QUE LE CORTEN LAS OREJAS.
Taraco: No por eso estará mi corazón menos atento a la palabra de
Dios.
Máximo, a los guardias: Arrancadle todo el cutis de la cabeza, y
después cubrídsela toda de carbones encendidos.
Taraco: Manda que me desuellen vivo, y verás si soy menos afecto a mi
Dios.
Máximo, a los guardias: Metedle otra vez piedras agudas y ardiendo por
debajo de los sobacos.
Taraco: Dios del Cielo, volved los ojos hacia acá abajo y juzgad mi
causa.
Máximo: ¿Qué Dios llamas tú en tu socorro?
Taraco: Un Dios que tú no conoces.
Máximo, a los guardias: Que lo vuelvan a la prisión hasta el dia de
los espectáculos. Entre otro.
Y trajeron a Probo:
Máximo: Tratamos, Probo, de tu interés. No vayas a precipitarte
inconsideradamente en tormentos, cuyo rigor has experimentado ya. Hágate cuerdo
el ejemplo de los que te han precedido y no compres tan caro como ellos el
arrepentimiento. Ven, y sacrifica a los dioses, y deja a mi cuidado lo demás:
yo te empeño mi palabra que tendrás motivo para alegrarte y darme gracias, y a
los dioses.
Probo: Sábete, que todos nosotros somos de un mismo sentir, porque
todos adoramos a un mismo Dios, que es el verdadero. No esperes, pues, hacernos
mudar de pensamiento: todos te diremos siempre una misma cosa: creísteis que
vuestras promesas podrían hacernos titubear, pero no han producido efecto
alguno y aunque habéis usado de violencia, vuestros suplicios nos han salido
mejor. Y así, hoy me veréis más firme, y más inalterable que nunca en mi primera
resolución.
Máximo: Parece que todos estáis de concierto y ya voy viendo que los
tres estáis acordes para tratar a nuestros dioses de vanas divinidades.
Probo: No os engañáis, porque todos estamos de acuerdo en sostener
firmemente la verdad.
Máximo: Antes que te haga sentir los efectos de mi justa cólera,
quiero advertirte otra vez que te mires bien, y lo pienses seriamente. Créeme,
preveníos, mira que serán terribles.
Probo: Creedme a mí también lo que voy a decir, y es que ni vos, ni
vuestros dioses, ni los que os han dado todo el poder que tenéis sobre nosotros
podreis jamás con todos vuestros esfuerzos arrancar de nuestros corazones el
respeto y el amor que tenemos por Jesucristo nuestro Señor y nuestro Dios, cuyo
nombre confesamos altamente, ni hacernos faltar a la fidelidad que le hemos
jurado y le debemos.
Máximo: Atadle y colgadle por los pies.
Probo: No dejarás tú de ser cruel por agradar a tus demonios y te
honras de asemejarte a ellos.
Máximo: ¿Tanto gustas de sufrir? Pues mira los males que te preparas,
y piensa en que no tienes más que un cuerpo.
Probo: Haz lo que quisieres: lo que ya he padecido me ha dado
demasiado placer, con que mira para que yo no desee el sufrir todavía más.
Máximo, a los guardias: Calentad unas piedras que tengan corte, y con
ellas hacedle grandes incisiones en los costados, esto puede ser que le haga
parar su locura.
Probo: Cuanto más insensato te parezco, más cuerdo soy a los ojos de
Dios.
Máximo, a los guardias: Volved a poner las piedras al fuego y hacedle
largas sajaduras en las espaldas.
Probo: Mi cuerpo está a tu disposición: quiera el Señor del Cielo y
tierra considerar la humildad de mi corazón y mi paciencia.
Máximo: Ese Dios a quien clamas es el que te ha entregado a mi poder.
Probo: El Dios que yo invoco ama a los hombres y no quiere su muerte.
Máximo: Abridle la boca y echadle dentro vino de los sacrificios y
hacedle tragar carne de las víctimas propiciatorias.
Probo: Mirad, Señor, la extrema violencia que padezco y juzgad según
vuestra justicia.
Máximo: Ahora bien , tú ya has experimentado una infinidad de
tormentos por no sacrificar y con todo eso acabas de participar del sacrificio.
Probo: No exageres tanto tu pretendida victoria: la hazaña no es muy
ventajosa para ti por haberme hecho gustar, a pesar mío, de esas ofrendas
abominables.
Máximo: Qué importa, tú ya has bebido, tú ya has comido de ellas , lo
más ya está hecho, acaba de hacerlo voluntariamente para ponerte en libertad.
Probo: No quiera Dios que jamás puedas vencer mi resistencia, y
manchar la pureza de mi fe. Pero sábete, que aun cuando hicieses echar en mi
boca todo el vino de las ofrendas, no sería esto capaz de hacer titubear en la
menor cosa a la integridad de mi alma. Dios ve la violencia que se me hace y
sabe que no doy consentimiento.
Máximo, a los guardias: Calentad otra vez piedras puntiagudas y cuando
estén hechas todas ascuas, cauterizarle las piernas.
Probo: El infierno y sus ministros ningún poder tienen sobre los
siervos de Dios.
Máximo: No hay una parte en tu cuerpo que no sea una llaga, infeliz, a
qué esperas?
Probo: Este cuerpo lo he entregado a los tormentos por afianzar y
salvar mi alma.
Máximo: Haced caldear clavos gruesos y traspasadle las manos.
Probo: ¡Oh Salvador mío! gracias os doy, de que me asociéis, y hagáis
compañero de vuestros sufrimientos.
Máximo: ¿Tantos tormentos como
padeces te hacen vano?
Probo: El demasiado poder te ciega.
Máximo: Insolente, ¿es este el respeto que se me debe a mí, y a los
muy santos y muy buenos dioses, cuyo partido defiendo?
Probo: Pluguiera a Dios que tu alma no fuese ciega, y que en medio de
las tinieblas no te creyeses estar rodeado de luz.
Máximo: ¿Porque te he dejado libres los ojos, te atreves a imputarme
no sé qué ceguedad imaginaria?
Probo: Bien puedes hacérmelos arrancar, que no por eso veré menos
claro.
Máximo: Es necesario darte este gusto.
Probo: Pues no se quede en solas amenazas, es preciso efectuarlo: no
temas, que ni por eso estaré más triste.
Máximo, a los guardias: Picadle los ojos con agujas y haced que sus
puntas le vayan quitando poco a poco la vista.
Probo: Ya me tienes ciego: tú me has hecho perder los ojos del
cuerpo, prueba a ver si puedes también quitarme los del alma.
Máximo: ¿Aún hablas así, y estás ya en eternas tinieblas?
Probo: Si conocieses tú en las que está tu alma anegada te tendrías
por más infeliz que yo.
Máximo: ¿No tienes ya más que un soplo de vida y no cesas de hablar?
Probo: En cuanto anime un poco de calor a este cuerpo que me has
dejado no cesaré de hablar de mi Dios, de alabarle, y de darle gracias.
Máximo: ¿Qué, esperas tú vivir después de estos tormentos? ¿O te has
imaginado que te he de dejar morir apaciblemente?
Probo: Yo no aguardo nada de ti, sino una muerte cruel, y yo no pido
hada a mi Dios,sino la gracia de perseverar hasta el fin en la confesión de su
santo nombre.
Máximo: Pues yo te dejaré debilitar y
consumir de dolor como lo merece un malvado como tú.
Probo: En eso harás lo que suele hacer un tirano cuando tiene en su
mano el poder y halla hombres tan malos como él que le obedezcan.
Máximo, a los guardias: Quitadlo de ahí, y volvedlo a la cárcel. Tened
mucho cuidado, especialmente en que ninguno de sus compañeros le hable palabra
y de que no vengan a darle la enhorabuena de lo que ellos llaman su victoria.
Yo lo reservo para los próximos espectáculos. Que entre Andrónico , que es el
más determinado de los tres.
Y trajeron a Andrónico.
Máximo: Ya es tiempo de que pienses bien tus cosas, y mires por tu
provecho ¿lo has mirado bien, y has considerado que lo más importante para ti
es el vivir reconocido a los dioses? ¿O serás todavía tan enemigo de ti mismo,
lo que yo no puedo creer, que perseveres siempre en tu terquedad primera? Que
si es así, no puede menos de serte muy funesta. Vamos, vamos, ríndete y haz lo
que te se pide, sacrifica a los dioses, que ellos te volverán con usura el
honor que de ti recibieren.
No aguardes más que yo tenga para contigo la condescendencia más mínima, por
poca resistencia que hagas a una cosa tan justa, y tan razonable. Acércate,
pues, al altar, sacrifica, y tienes la vida segura.
Andrónico: Tirano y hombre aliado a la mentira, bien muestras tú tu
natural feroz e inhumano; y bien le percibo yo en medio de esas palabras
artificiosas. No creas que me has de engañar: yo soy inalterable en la
confesión que he hecho de un solo Dios. Solo opondré a tu crueldad una
constancia invencible, y a la injusticia de tus pensamientos, la fuerza que
Dios me ha de dar para resistirlos. Yo te enseñaré que la virtud es de todas
edades, y que la prudencia se puede hallar algunas veces en la juventud.
Máximo: ¿Es algún acceso de locura o posesión del demonio la que te
hace hablar así?
Andrónico: ¡Ni uno, ni otro: eso sería si yo consintiese en lo que me
propones. Pero tú mismo, si se ha de juzgar por tus acciones, ¿qué otra cosa
eres que un demonio detestable?
Máximo: Tus dos compañeros hacían como tú de valientes, antes del
tormento: todo ello no era sino bravatas, palabras fieras y altivas, pero no
eran más que un soplo, ni hay cosa más sumisa que ellos después que los he
puesto en razón por medio de los tormentos. Ya no han tenido dificultad de
sacrificar a los dioses, y a los mismos emperadores.
Andrónico: Eso sí que es propiamente hablar al aire, y como un adorador
del dios de la mentira: ahora conozco, por lo que acabas de decir con tan gran
falsedad, que los hombres son tales cuales son los dioses a quienes sirven.
Máximo: Quiero pasar por tal, si no abatiese yo tu insolente orgullo.
Andrónico: Ni por eso me pones miedo. A pie firme te aguardo y cubierto
con el nombre del Señor experimentaré sin inmutarme todo el fuego de tu cólera.
Máximo, a los guardias: Haced unos rollos de papel, pegadles fuego, y
abrasadle el vientre con ellos.
Andrónico: Aun cuando tú me hagas echar en medio de las llamas, no por
eso sería más segura tu victoria con tal que yo respirase aún. ¿No ves que mi
Dios combate por mí?
Máximo: ¿Es posible que siempre te me has de resistir?
Andrónico: Sí, mientras viviere. Y así hazme morir prontamente, si
quieres vencer. Este es el único medio que te queda.
Máximo, a los guardias: Pongan al fuego dos punzones, y hechos ascua
métanselos por entre los dedos.
Andrónico: Enemigo declarado de Dios, tu alma, entregada al demonio está
toda poseída de él: tus pensamientos son los de este maligno espíritu: tú no
haces sino lo que él te inspira, y sus sentimientos son los tuyos. ¿Acaso
creerás que esto me ha de causar algün temor? Nada menos que eso: Sábete que no
le tengo, al contrario, te tengo mucho desprecio y el mismo Jesucristo es quien
me lo inspira.
Máximo: ¿No hablas tú de ese hombre a quien Poncio Pilato hizo
castigar?
Andrónico: Calla, espíritu inmundo, y guárdese muy bien tu boca impura y
sacrílega de atreverse a pronunciar este adorable nombre. Puede ser que te lo
hubiera permitido, si no te hubieras hecho indigno con tantas crueldades como
execres sobre sus siervos, pero no lo esperes más, porque no te has contentado
con perderte a ti solo por estos horribles excesos, a que cada día te entregas,
sino que también has querido perder a otros feúchos, a quienes has hecho
cómplices de tus delitos, aunque regularmente contra su voluntad.
Máximo: ¿Pero tú qué provecho sacas de creer y de esperar en ese
hombre a quien llamas Cristo?
Andrónico: ¿Qué provecho? ¡Ah! muy grande, una recompensa infinita. Él
tendrá cuenta de todo cuanto yo sufro ahora por él.
Máximo: No esperes a lo menos morir del primer golpe. Te quiero
también reservar hasta el día de los espectáculos, para que no estando debilitado
por los tormentos seas más sensible a los bocados de las bestias: entonces te
verás devorar los miembros uno después de otro por aquellos crueles animales y
yo haré que tu alma sienta por largo tiempo antes de separarse de tu cuerpo.
Andrónico: ¿Qué exceso de furor y de rabia esperas que el demonio sugiera
a la tuya? Tú eres más inhumano que los tigres y más sediento de sangre que los
más determinados homicidas. ¿No tienes horror de hacer perecer a unos hombres
que son tus semejantes, que nadie los acusa, que son inocentes y que jamás te
han hecho mal alguno?
Máximo, a los guardias: Abridle la boca y hacedle que beba del vino
ofrecido a los dioses.
Andrónico: Mirad, Señor, la violencia que se me hace.
Máximo: ¿Y qué pretendes ahora? Tú no has querido sacrificar a los
dioses, y con todo eso acabas de gustar las ofrendas. Considérate ya iniciado
en sus misterios.
Andrónico: Tirano, sábete que el alma no se mancha cuando al cuerpo se le
fuerza a hacer una cosa que ella condena. Dios, que conoce los más secretos
pensamientos del corazón, sabe que el mío no ha consentido en ello.
Máximo: ¿Hasta cuándo te has de dejar infatuar de esas vanas
imaginaciones? No te librarán ellas de mis manos.
Andrónico: Cuando Dios quiera sabrá muy bien el medio de librarme.
Máximo: ¡Otra extravagancia! Yo te haré cortar esa lengua que profiere
tantas necedades. Tú abusas de mi paciencia y mi moderación. Bien veo que no
sirve sino de mantener tu vanidad.
Andrónico: Pues bien, una gracia le pido, y es que me hagas cortar esta
lengua y estos labios, que según tú crees se han manchado con el vino ofrecido
a los ídolos.
Máximo: Bien dices que has gustado del sacrificio.
Andrónico: Confúndete, tirano detestable, tú, y todos los que te han dado
la potestad de hacer tanto daño: jamás se le podrá reprehender a Andrónico de
haber consentido en tu impiedad: pero tú bien te puedes acordar de la violencia
que has hecho a los siervos de Dios: júzguenos este a los dos.
Máximo: Malvado, ¿te atreves a hacer imprecaciones contra nuestros muy
piadosos y muy clementes emperadores, a quien debemos la paz y la tranquilidad
que gozamos?
Andrónico: Sí, maldigo una y mil veces a esos tiranos sedientos de sangre
que se embriagan de ella y que han inundado a toda la tierra. Extienda Dios
sobre ellos su brazo vengador, quebrántelos, cúbralos de las olas de su cólera,
abísmelos para que ellos y sus semejantes aprendan y sepan lo que es perseguir
a los siervos de este Dios terrible.
Máximo, a los guardias: Arrancadle los dientes, cortadle la lengua a
raíz para que sepa él mismo lo que merece el que tiene la audacia de blasfemar
contra los Soberanos. Sean esos dientes arrancados y esa lengua cortada,
arrojados al fuego y después que hayan sido reducidos a cenizas, échense al
aire, para que no quede nada que pueda ser cogido por los cristianos, y de
motivo a la superstición de algunas mujeres, que no dejarían de tomarlas y de
conservarlas como preciosas reliquias. Y a él, que lo vuelvan a la cárcel hasta
el día de la fiesta, para que con los demás sirva de pasto a las fieras del
anfiteatro.
Conclusión.
Llegado el tiempo envió a llamar
Máximo a Terenciano , Soberano Sacerdote de la Cilicia, y le mandó hiciese
disponer los juegos para el día siguiente. Obedeció este y habiendo hecho saber
la intención del Gobernador al Intendente de los espectáculos, estuvo todo
pronto para el día señalado. Acudió desde por la mañana una infinidad de
pueblo, hombres y mujeres al anfiteatro, que distaba de la Ciudad cerca de una
milla. Llegó a él el Gobernador a eso del mediodía. Echáronse luego a las
bestias los cuerpos de muchos gladiadores que se habían muerto unos a otros.
Nosotros estábamos retirados en un rincón, desde donde lo observábamos todo,
aguardando con temor el fin de la función, cuando mandó el Gobernador a algunos
de sus guardas que fuesen a buscar los cristianos que estaban condenados a las
bestias. Corrieron a la cárcel, de donde habiendo sacado a los Santos Mártires,
los cargaron sobre los hombros de algunos, que los llevaron hasta el pie del
tablado del Gobernador: los tormentos que les habían hecho sufrir los tenían en
un estado, no solamente de no poder caminar, sino ni aun moverse.
Luego que los alcanzamos a ver, nos
adelantamos hacia una pequeña eminencia en donde nos sentamos, cubriéndonos
hasta la mitad con algunas piedras que había allí El lastimoso estado en que
vimos a nuestros hermanos nos hizo derramar muchas lágrimas: y aun muchos de los
que miraban, no pudieron contener las suyas; porque luego que los hombres que
llevaban a los Mártires los descargaron en la plaza, se dejó sentir un silencio
casi general, a vista de un objeto tan lastimoso, y no pudiendo el pueblo
contener más su indignación, comenzó a murmurar del Gobernador. “Esta es”,
decían, “una injusticia muy grande: esto no se puede sufrir. Solo un mal Juez
puede haber dado semejante sentencia” y sobre la marcha hubo muchos que se
apartaron de los espectáculos, volviéndose a la Ciudad. Conoció lo el
Gobernador y puso soldados a las entradas del anfiteatro para impedir que nadie
se retirase y para notar los que salían, y delatarlos también. Mandó al mismo
tiempo que soltasen un gran número de fieras, pero estos animales al salir de sus
jaulas se detuvieron inmediatamente y no hicieron ningún daño a los Santos
Mártires. Enfurecido más con esto, Máximo hizo llamar a los guardas de las
bestias y los hizo dar cien palos, queriéndolos hacer responsables de que los
leones y los tigres fuesen menos crueles que él. Amenazólos que los haría poner
a todos en cruz si no le sacaban al punto la más brava y más cruel de todas las
fieras que hubiese. Entonces soltaron un oso grandísimo, que en aquel mismo día
había matado a tres hombres. Acercóse poco a poco a el lugar donde estaban los
Mártires y se puso a lamer las llagas de Andrónico: Este joven, que deseaba
extremadamente el morir cuanto antes, reclinó su cabeza sobre el oso, haciendo
lo posible por irritarle; pero él no se movió.
No pudiéndose contener, Máximo, mandó
que le matasen y se dejó matar sin resistencia a los pies de Andrónico.
Advertido Terenciano de la terrible cólera en que estaba el Gobernador, y
temiéndose para sí la suerte del oso, le envió al instante una leona de las más
furiosas, que había venido de los desiertos de la Libia, y cuyo regalo le había
hecho el Soberano de Antíoquía. Luego que se dejó ver, se inmutaron todos los
espectadores. Daba grandes rugidos, de suerte que infundía terror en las almas
menos temerosas. Pero habiéndose acercado a los Santos, que estaban tendidos
sobre la arena, se echó a los pies de Taraco en una postura de suplicante, como
si le hubiese adorado. Al contrario, Taraco hacía todo cuanto podía por
irritarla contra él y para excitarla su ferocidad natural, que parecía haber
perdido. Pero la leona, como una inocente y apacible oveja se estaba a sus
pies, los cuales besaba y lamía. Espumando Máximo de rabia mandó que picasen a
la leona con un aguijón, pero tomando entonces esta bestia su furor, que parecía
haber olvidado para los Santos Mártires, y dando unos rugidos espantosos,
despedazó al guarda de la puerta del anfiteatro, e infundió un gran terror al
pueblo, que gritaba: “Perdidos somos todos de que abran la puerta a la leona”.
Entonces mandó Máximo entrar a los
gladiadores para que degollasen a los tres Mártires, que ejecutados consumaron
su martirio. Y retirándose el Gobernador del anfiteatro, dejó en él una escolta
de soldados para impedir que no levantasen los cuerpos; y al propio tiempo,
para que no se les pudiese conocer, mandó que los mezclasen con los de los
gladiadores que habían perecido durante los espectáculos. Mientras que los
soldados estaban ocupados en esto, nos adelantamos nosotros un poco e
hincándonos de rodillas, suplicamos a Dios nos mostrase las reliquias. Acabada
nuestra oración, aún nos acercamos otro poco más. Tenían encendido fuego los
soldados, porque ya era de noche, y se habían puesto a cenar. Pasémonos segunda
vez de rodillas, implorando con gran fervor el socorro del Cielo, y pidiendo a
Dios quisiese favorecer nuestra empresa y hacernos distinguir los cuerpos de
los Mártires de los de los gladiadores. Fue oída nuestra oración, porque al
momento se levanto una furiosa tempestad, mezclada de relámpagos, truenos y
lluvia, acompañada de un temblor de tierra que hizo retirar a los soldados de
allí. Apaciguada esta, nos pusimos a orar y habiéndonos acercado a los cuerpos,
hallamos el fuego apagado y los soldados dispersos. ¿Pero cómo habíamos de
poder discernir en un montón tan grande de cuerpos, a los que nosotros
buscábamos? Acudimos a Dios: levantamos las manos al Cielo, y al mismo tiempo
cayó un pequeño globo luminoso en forma de estrella, que se puso sobre cada uno
de los cuerpos de los Santos Mártires. Levantámoslos con una alegría que no
podíamos explicar muy bien. Y a favor de esta estrella milagrosa salimos del
anfiteatro, pero tan fatigados, que nos vimos obligados a descansar un poco y
entonces se paró la estrella también. Pusímonos a pensar dónde podríamos
ocultar nuestro piadoso hurto y acudimos, como solíamos, a Dios, suplicándole
acabase lo que tan felizmente había comenzado. Recobradas nuestras fuerzas con
esta pausa, volvimos a echar sobre nuestros hombros esta preciosa carga y
tomamos el camino de la montaña inmediata. Allí desapareció la estrella y
alcanzamos a ver una abertura en el peñasco, abierta en forma de sepulcro.
Ocultamos al instante en ella los cuerpos de nuestros Mártires, y nos retiramos
al punto, no dudando que el Gobernador haría una exacta pesquisa. A la vuelta a
la ciudad supimos que los soldados que desampararon el puesto fueron cruelmente
castigados de su orden. Dimos gracias a Dios de que se hubiese querido servir
de nuestro ministerio para dar a sus siervos estas últimas y piadosas exequias.
Marcion, Félix y Vero se retiraron al peñasco que es el depositario de estas
santas reliquias con el ánimo de pasar en él lo restante de sus días, a fin de
que el mismo sepulcro que encierra aquellos sagrados huesos cubra también algún
día los suyos.
Sea nuestro Dios bendito para
siempre. Os suplicamos, amados hermanos nuestros, que recibáis con vuestra
acostumbrada caridad a los que os entregaren esta carta: merecen vuestra
asistencia y vuestra estimación, porque tienen el honor de ser del número de
los operarios que sirven a Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y poder,
con el Padre, y el Espíritu Santo, antes y después, ahora y siempre y por todos
los siglos. Amén.
Fuentes:
-"Año cristiano o ejercicios devotos para todos los dias del año". Octubre. Jean Croisset. Madrid, 1791.
-"Las Verdaderas actas de los mártires". Volumen II. TEODORICO RUINART. Madrid, 1776.
-http://www.antonins.org

No hay comentarios:
Publicar un comentario