Beata Carolina Kózka, virgen y mártir
fecha: 18 de noviembre
n.: 1898 - †: 1914 - país: Polonia
otras formas del nombre: Kózkówna
canonización: B: Juan Pablo II 10 jun 1987
hagiografía: Santi e Beati
n.: 1898 - †: 1914 - país: Polonia
otras formas del nombre: Kózkówna
canonización: B: Juan Pablo II 10 jun 1987
hagiografía: Santi e Beati
Elogio: En la aldea Wal-Ruda, en Polonia, beata Carolina Kózka, virgen y
mártir, que en el fragor de la guerra, siendo aún adolescente, por amor a
Cristo murió atravesada por una espada al querer defender su castidad, agredida
por un soldado.
Patronazgos: patrona, en Polonia de la Asociación
Católica Juvenil («Katolickie Stowarzyszenie Młodzieży») y del Movimiento de
los corazones puros («Ruch Czystych Serc»).
La historia del martirio en defensa de la
pureza de santa Maria
Goretti o de la beata Pierina
Morosini, en Italia, tiene analogías en otras partes del mundo
cristiano; este es el caso de la beata Carolina Kozka en Polonia.
Nació el 2 de agosto de 1898 en Wal-Ruda
(Tarnow), en una familia campesina, pobre, humilde y numerosa, y es en este
entorno rural en el que madura su santidad, fruto de la época y de la región en
la que vivía. Ya de jovencita sigue la guía de su padre espiritual Ladislao
Mendrala, quien la inserta en la vida activa de la parroquia de la aldea;
emplea su tiempo libre en enseñar el catecismo a sus hermanos y hermanas, y
también a los niños de las casas vecinas, así como ayudando a los ancianos y
enfermos.
En mayo de 1914 recibió el sacramento de
la Confirmación y seis meses más tarde, el 18 de noviembre, en medio de la I
Guerra Mundial, en el frente oriental que vio a Rusia invadir alternaativamente
a Prusia y a Polonia, Carolina fue atacada por un soldado ruso y arrastrada al
bosque de Wal-Ruda por la fuerza; pero con la misma fuerza se opone a la
violencia sexual y por ello fue asesinado, con sólo dieciséis años. Su cuerpo
fue encontrado sólo dieciséis días después, el 4 de diciembre, y fue enterrado
en el cementerio de la parroquia; su martirio causó un gran revuelo entre los
habitantes de la región y el 18 de junio de 1916, cerca de la iglesia de
Zabawa, se bendijo un monumento a su memoria, así como luego, en el lugar del
crimen, en los bosques, se colocó una cruz. Fue beatificada por SS. Juan Pablo
II el 10 de junio de 1987 en Tarnów, en Polonia.
Traducido para ETF de un artículo de Antonio
Borrelli para Santi e Beati.
fuente: Santi e Beati
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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Beatas María del
Refugio Hinojosa y Naveros y cinco compañeras, vírgenes
y mártires
fecha: 18 de noviembre
†: 1936 - país: España
canonización: B: Juan Pablo II 10 may 1998
hagiografía: Congregación
†: 1936 - país: España
canonización: B: Juan Pablo II 10 may 1998
hagiografía: Congregación
Elogio: En Madrid, en España, beatas María del Refugio (María Gabriela)
Hinojosa y Naveros y cinco compañeras, vírgenes de la Orden de la Visitación de
Santa María y mártires, que en la encarnizada persecución permanecieron
encerradas en el monasterio, pero, apresadas traidoramente por los milicianos,
fueron fusiladas, saliendo así al encuentro del Señor. Sus nombres son: beata
Teresa María (Laura) Cavestany y Anduaga, Josefa María (María del Carmen)
Barrera e Izaguirre, María Inés (Agnes) Zudaaire y Galdeano, María Angela
(Martina) Olaizola y Garagarza, y María Gracia (Josefa Joaquina) Lecuona y
Aramburu.
Fragmentos
biográficos tomados de la página a ellas dedicada en el monasterio al que pertenecieron.
En la misma página hay más datos sobre el grupo, e imágenes. El conjunto se
completa con la beata María Cecilia, inscripta en el
Martirologio el día 23 de noviembre. Fueron beatificadas por SS. Juan Pablo II
en Roma el 10 de mayo de 1998.
Beata María
Gabriela
Nace en
el pintoresco e importante pueblo de Alhama (Granada), el 24 de julio de 1872.
Para sus padres, Juan de Hinojosa y Manuela Naveros, llega como un regalo del
cielo, pues todos sus hermanos son ya mayores. Pronto la bautizan dándole el
nombre de Amparo, que luego cambiará por el de Mª. Gabriela en la vida
religiosa. Al cumplir 7 años pierde a sus padres, y su hermano mayor Eduardo,
que vive en Madrid la recibe con gran cariño en calidad de tutor. Como Amparo
es de carácter jovial, alegre y afectuoso, hace las delicias de los suyos.
Tiene un gran amor a la Virgen y se consagra a Ella.
Es
precisamente a los pies de la gruta de Lourdes, donde siente la llamada de
Jesús a la vida religiosa. Sólo tiene 15 años y responde con un sí, generoso;
pero su hermano mayor la encuentra muy joven y decide esperar un poco. A sus 19
años entra en el Primer Monasterio de la Visitación de Madrid, y esta separación
le fue muy dolorosa al igual que a toda su familia.
Al
entrar al Monasterio, emprendió con fervor su formación religiosa. Muy amante
de la Orden y de su vocación se penetró profundamente de su espíritu, llegando
a ser una regla viva, para con todas sus Hermanas. Tenía una gran devoción a la
Eucaristía y se la comunicaba a los demás. En 1936 al estallar la revolución,
la Comunidad parte para Oronoz (Navarra), y Hermana Gabriela queda en Madrid,
como superiora del grupo, para cuidar del Monasterio junto con otras Hnas. Las
últimas palabras suyas que se conservan son: «Estamos rezando, dando gracias a
Dios porque nos ha llegado la hora». Toda su vida fue de alabanza a Dios por
todo lo que le había concedido.
Beata Josefa
María
Vio la
luz del día en El Ferrol (La Coruña), el 23 de mayo de 1881, la mayor de cinco
hermanos. Es agraciada, bondadosa, tranquila, siempre está risueña. Su niñera
le dice encantada «Carmiña, como tú no hay otra». Desde pequeña quiere ser
carmelita y su mayor diversión es vestirse de monja con lo primero que
encuentra. Así ataviada va al espejo y se contempla satisfecha, pone los brazos
en cruz mira al cielo y se cree otra santa Teresita. Su padre Emilio Barrera,
comandante de Marina, satisface todos sus caprichos. Pero su madre, María Izaguirre,
sabe unir el cariño a la firmeza, haciendo de contrapeso y corrigiendo sus
defectos: es un poco dormilona y no le gustan las faenas de la casa. Ya en el
Monasterio se lamentaba de haber sido vanidosa y de abusar de la predilección
de su padre.
El 15
de octubre de 1918 entra en el Primer Monasterio de la Visitación de Madrid,
haciendo realidad de su entrega al Señor en la vida religiosa. En 1936 fue
escogida por la superiora para permanecer en Madrid, entre el grupo de las
siete Hermanas. Su familia deseaba llevarla a casa, pero ella rehúsa porque ha
dicho con sus compañeras: «Hemos prometido a Jesús las siete unidas no
separarnos. Si por derramar nuestra sangre se ha de salvar España, pedimos al
Señor que sea cuanto antes». Al principio de su vida había dicho: «Yo no tengo
madera de mártir». Ahora, en manos del Artífice divino, ha sido tallada y
trasformada en una fiel imagen de Cristo. Su rostro queda totalmente
desfigurado por el impacto de las balas, pero Dios la reconoce porque ve Su
Imagen dolorida.
Beata Teresa
María
Nace el
30 de julio de 1888 en Puerto Real (Cádiz), aunque vive en la capital de España
durante casi toda su vida. Su padre Juan Antonio Cavestany, es un gran literato
e insigne poeta. Su madre, Margarita Anduaga, un modelo acabado de mujer fuerte
que encuentra en Dios la ayuda para cumplir con sus deberes de esposa y de
madre. El Señor les bendice con 16 hijos. Tiene una gran personalidad. Todo le
sonríe en la vida. El mundo le presenta sus halagos. Pero desea entregarse a
Dios, nada le detiene y entra en el Monasterio de la Visitación el 18 de
diciembre de 1914. Al tomar el hábito recibe el nombre de Teresa María, y feliz
escribe: «No tengo más que un solo deseo, insaciable, inmenso. ¡el deseo, la
sed de Dios! ¡Sólo Dios!»
Es una
de las que permanece en Madrid el 1936. Jesús la ha preparado para el
holocausto. Y la que no se atrevía a aspirar más que al sacrificio oculto de
una fidelidad constante a su Voluntad, va a tener la gracia que ella llama
«demasiado grande y demasiada felicidad...» de derramar su sangre por Él.
Beata María
Inés
Nace en
Echávarri (Navarra), el 28 de enero de 1900. Es bautizada al día siguiente
recibiendo el nombre de Inés. Sus padres Valentín Zudaire y Francisca Galdeano,
le ofrecen un hogar cristiano impregnado de la presencia de Dios. El Señor les
bendice con 6 hijos y pone su mirada predilecta en dos de ellos: Florencio que
ingreso en los Maristas, e Inés, que con el entusiasmo de sus 19 años se
presenta en el primer Monasterio de la Visitación de Madrid. Pronto se da
cuenta la maestra de novicias de que es muy buen, candorosa y que como cera
blanda se puede moldear muy bien pues tiene grandes deseos de entregarse a
Dios.
Al
vestir el hábito no se le cambia el nombre, sólo se la añade el de María y así
le queda más a su gusto, puesto que amaba tanto a la Virgen. Cuando en 1931,
por la persecución religiosa debe refugiarse en Oronoz, Hna. Mª. Inés a pesar
del sufrimiento que supone esto, siente una gran alegría de poder ver su tierra
y familia. Una hermana que la visita se lamenta que después de tres años de
matrimonio no tiene hijos y Hna. Mª. Inés le pregunta si lo desea y ante la
respuesta afirmativa le dice: «El año que viene tendrás un hijo». Y así
sucedió. Hna. Mª Inés creía y confiaba en el Señor. La situación se complica en
1936 y la Comunidad vuelve a Oronoz, Hna. Maria Inés a pesar de su cobardía,
pues tiene miedo, acepta quedarse entre el grupo y les dice a sus Hermanas que
parten: «Pidan mucho por nosotras, puede ser que nos maten». Y Dios acepta su sacrificio
y la une al Suyo.
Beata María
Ángela
Guipuzcoana
como San Ignacio, nace en Azpeitia el 12 de noviembre de 1893. Es la octava y
como él, el último vástago de la familia. Sus padres, José Ignacio Olaizola y
Justa Garagarza se apresuran a hacerla hija de Dios el día mismo de su
nacimiento. Cuando oye la llamada de Jesús que la invita a seguirle, no se hace
esperar y llega al Primer Monasterio de la Visitación de Madrid en 1918 como
Hermana externa. Como es una Hna. inteligente y humilde sus superioras la
designan para permanecer en Madrid durante el exilio de la Comunidad, en este
tiempo tiene el consuelo de ver a su sobrino Justo, que extrañado de ver la paz
de su tía se empeña en llevarla a casa, lejos del peligro, pero ella le dice
«Mi puesto esta aquí, después, que se cumpla la voluntad de Dios».
Entregada
por entero a los planes de Dios espera valientemente la hora de derramar su
sangre por Él. El Señor ha colmado su deseo de permanecer oculta. Se conserva
muy pocas cosas suyas y ni siquiera su cuerpo pudo ser recuperado. Pero su vida
sencilla y fiel es un mensaje elocuente para todos.
Beata María
Engracia
Pedro
Lecuona y Matilde Aramburu forman una familia cristiana bendecida por Dios con
14 hijos. Viven en un risueño caserío guipuzcoano de Oyarzun. Josefa Joaquina,
que es la mayor, nace el 2 de julio de 1897. Se distingue desde muy niña por su
inteligencia y sentido de responsabilidad. Aprende de sus padres el amor al
trabajo y, sobre todo, a servir a Dios, a amarle con todo su corazón y hacer
felices a cuantos la rodean. Pone una escuela en su casa para que los niños de
las cercanías aprendan la doctrina cristiana y tiene una gran paciencia con
ellos. Siempre ha suspirado por la vida religiosa y como sus deseos aumentan de
día en día comunica a sus padres la decisión. Ellos le conceden el permiso con
gran pena pero felices de tener una hija consagrada al Señor.
Desde
pequeña había llamado la atención por su amor a la Virgen, a la que se había
entregado como esclava y es en la víspera de la Inmaculada de 1924 cuando
ingresa en el Primer Monasterio de la Visitación de Santa María en Madrid.
Cuando la Comunidad se refugio en Oronoz en 1931, ella que era Hermana externa,
se multiplicaba para conseguir todo lo que se necesita. Su rostro afable, su
bondad y simpatía gana todos los corazones y pronto se hace popular en aquel
pueblecito y sus contornos.
En 1936
el Señor le pide quedarse en Madrid y este sacrificio es aún más costoso cuando
ve partir con la Comunidad a su propia hermana María, que ha ingresado también
en el Monasterio hace dos años. En el semisótano-refugio, pone su nota de humor
y contagia alegría a las Hermanas en medio de un clima de oración, sacrificio y
cálida fraternidad. Saben el peligro que corren, pero desean continuar juntas y
se preparan para el inminente martirio velando toda la noche, en profunda
intimidad con el Señor. Se le veía impaciente «volaba de fervor», dicen los
testigos: «Todavía estamos aquí, Carmen, el Señor no nos quiere todavía, pero
ya llegará...» Y llega «su hora». Su vida concluye inmolada en aras del Amor
más puro y perfecto. La alegría santa y el gozo coronan su fortaleza martirial.
fuente: Congregación
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