martes, 4 de diciembre de 2018

TEOLOGÍA DE LA MUERTE (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

TEOLOGÍA DE LA MUERTE
Ha sido el existencialismo y, más concretamente, K. Rahner, quien ha inaugurado una teología de la muerte. La muerte sucede de la parte de acá, le pertenece al hombre, le acompaña a Io largo de toda la vida y acaece como concreción y culminación de la vida entera. La muerte, como la vida, y más aún que la vida, pertenece a la antropología. No hay vida sin muerte y no hay hombre sin muerte. La muerte no es Io desgraciadamente inevitable; es Io afortunadamente inevitable: Es Io finito rompiéndose, y lográndose en la irrupción torrencial de Io Infinito, que es la aspiración suprema del hombre. Hay, pues, una antropología teológica.
Ante todo, por tanto, es urgente reaccionar ante la idea y la actitud de que la muerte es un fracaso de la técnica, de la ciencia y de la vida; es urgente reaccionar ante la pactada conjuración del silencio que se calla ante la muerte; que la esconde, que la escamotea, que la niega; hay que reaccionar ante la vergüenza social que hace que se margine a los moribundos, que se los saque de casa, que se los retire precipitadamente de la vista y del programa y horario de la vida de los vivos. La manera infalible de hacer infeliz una vida es mirar con terror y resignación a la muerte.
Está claro que la muerte es personal. Es decir, que es única e irrepetible. Es propia de cada persona. No hay dos muertes iguales. Cada uno muere su propia muerte. Nadie muere como su vecino. Cada uno muere según ha sido su propia e intransferible vida. La muerte acaece a millones de kilómetros del familiar o del amigo más cercano. En el lugar de la muerte de un hombre suceden cosas de tal categoría que nadie puede captarlas. Nadie asiste de verdad a la muerte de nadie. La muerte, por tanto, no puede definirse, sólo puede describirse de lejos . De la muerte tenemos una percepción sólo descriptiva, porque la muerte solamente puede ser vivida. Nadie sabe Io que es la muerte más que el que la ha pasado ya. En toda la historia nadie ha muerto como yo voy a morir, nadie ha muerto mi muerte, la moriré yo, al morir, como mía y personal, como Io más personal de toda mi vida. Y mi muerte sucederá a inmensa distancia de todos los que me acompañen. La grandeza de mi destino eterno acaece en las profundidades de uno, en el lugar en el que uno es el que es y donde nadie es como él. La muerte sucede en la sobrecogedora soledad, en el inconmensurable silencio del misterio de la persona . Soledad y silencio de continentes y de océanos sin caminos, en la misma frontera con el infinito sin fin.
Dicho esto, con el temblor y el respeto al misterio de la vida y del destino del hombre, podemos acercarnos a una concepción y a una ''asistencia" a la muerte humana.
Y ante todo, una afirmación sorprendente: Es el desconocimiento de la vida el que nos ha hecho sentir terror ante la muerte. De hecho es un fenómeno de la naturaleza, constatable en cada momento y en cada lugar: Todo Io que ha sido creado y todo Io que vive se deteriora, se degrada y muere: La muerte es un hecho natural, universal, vital. Vital, porque la muerte, como decíamos, pertenece a la vida y la acompaña siempre como uno de sus constitutivos. Si distinguimos entre muerte y morir, deberemos afirmar que muerte es contemporáneo de la vida, morir es su acto final y puntual. Muerte es un estado constante (morimos en cada momento de la vida); morir es un acto, el acto final y puntual de la vida.
Vivir, por otra parte, es acabar de nacer. Nacer es un acto; ir naciendo cada vez más, hasta acabar de nacer, es un estado que se llama vivir. Y si vivir es ir naciendo, morir es sencillamente acabar de nacer. Y si nacer es despertar a la vida, vivir es ir despertando, es un progresivo despertar, una progresiva toma de conciencia; morir entonces es despertar del todo, acabar de despertar. Por Io tanto, uno no está acabado de nacer, si no muere; uno no acaba de despertar hasta que muere .
Vivir sin morir equivaldría a no lograrse uno nunca, a no estar nunca acabado de hacer. Sería no terminar jamás el proceso de nacer; estar definitivamente soñoliento, sin acabar de despertar, sin llegar a tener plena consciencia del propio ser, de la razón de existir. Los únicos que saben por qué nacieron son los muertos, porque ya alcanzaron la lúcida y plena consciencia de su ser. Si "la vida es sueño", han despertado del todo del sueño de la vida. Morir es, por tanto, la más grande experiencia de la vida; es Io más grande y Io más nuevo que puede sucederle al hombre. .
Mas si es verdad que la muerte acompaña a la vida, entretejida con ella, el morir se prepara a Io largo de toda la vida. Y no precisamente "aceptándolo" con resignación, sino conociendo su liberador significado y "haciéndola". El morir ha de hacerse propio y personal, como se logra que sean propios y personales los actos de la vida. Si la muerte es el acto más personal de la vida, el hombre no es la víctima de la muerte, es su sujeto; es decir, que el hombre es el hacedor, el autor de su muerte. La muerte, y sobre todo el acto de morir, no se padece, "se hace" se crea. Y el único lugar posible desde el cual la muerte y el morir pueden ser "creados" es el hilo del devenir de la vida. La esplendorosa cosecha de la muerte se siembra en los surcos de la vida. "Perder el tiempo" de la vida es, por ende, dejar de crear la muerte; es morir. Mientras que morir creativamente es ganar la vida, es vivir. Es cierto, pues, que se muere según se ha vivido y que "el árbol cae de la parte que está inclinado''.
Sorprendentemente es en la muerte y en el morir, más que en la vida, donde se experimente todo el palpitar de la vida en su plenitud, quizá por la misma y extraña razón por la que la entrañable cercanía de las cosas queridas se nos hace diáfana en el momento de despedirnos de ellas, en el momento de perderlas las descubrimos por vez primera. Y si uno ha hecho consistir la vida en la alucinante aventura de ir maravillándose de la maravilla de la creación y de ir recreándola, de amanecer sobre ella y sobre la tarea de ser hombre con ojos nuevos cada día, de aprovechar como un don la oportunidad de cada alegría que se ofrezca, de navegar primaveralmente por los océanos inacabables del mundo, del cosmos y de la existencia, morir es, al final, el temblor estremecido del gozo total de esa aventura. Morir ha de ser una fascinante experiencia para todo aquel para quien la vida ha consistido en una ilusionada excursión, lanzándose a descubrir mundo, a deleitarse en las pequeñas cosas escondidas, como la dulzura de un crepúsculo, el vuelo de una mariposa o los ojos limpios de un niño. Para todo aquel que no se arredró ante riesgos o conquistas comprometidas; para aquel que, al paso de su vida, ha logrado una inalterable serenidad y una vigilante sensibilidad a flor de piel.
Todo tiene sentido. La vida también, pero la muerte sobre todo: ella está llena de resonancias y de plenitudes; es la cosecha y la creación de toda una vida vivida con responsabilidad. Vivir es caminar hacia un rostro intuido, pero no visto; vivir es acercarse paso a paso a él, morir es alcanzarlo. Todo, las cosas y la vida, tiene sentido. Y el sentido de las cosas y de la vida es Dios. He ahí el Infinito asomándose por el horizonte de la aventura del finito.
Pero, a pesar de todo, la muerte es un problema, es un tormento, algo que se intenta evitar.
Más bien hay que afirmar, con G. Marcel, que la muerte no es un problema, es un misterio.
Y uno de los obstáculos a la visión positiva de la muerte Io ha constituido durante mucho tiempo, y Io sigue constituyendo, una cierta lectura del Antiguo Testamento (Gn 3) y del Nuevo Testamento (Rm 5 12-21), que considera la muerte como fruto y castigo del pecado del hombre. Según una cierta interpretación, el hombre habría nacido inmortal, pero después de un acto de desobendiencia a Dios, habría sido castigado con la pena de muerte, que Dios habría inventado allí mismo y contar su inicial designio. Después de los avances del pensamiento existencialista y de los estudios de K. Rahner, parece claro que la teología de la muerte se presenta de otra manera mucho más humana y mucho más cristiana. El hombre es mortal por naturaleza, como todo ser vivo que conocemos. El hombre nació mortal, y por eso decimos que la muerte es esencialmente compañera de su vida. No se refieren a esa muerte natural los textos bíblicos, sino a la muerte como obra del hombre. En efecto, todo hijo de Adán puede vivir de tal manera que vaya fabricando la muerte a medida que vive, construyendo todo su peregrinar y su esfuerzo de espaldas a Dios y al hombre, afirmándose a sí mismo frente y contra todo Io demás, es decir, que lleva una vida de pecado, de forma que su muerte y su acto de morir serán el fruto del pecado y su castigo o consecuencia. Con su vida el hombre ha fabricado su muerte. Una muerte que le mata. "El árbol cae de la parte hacia la que está inclinado".
Pero el hombre puede, y debe, vivir también de tal manera que, según vive, vaya fabricando la vida -en el amor y en la entrega- de modo que la muerte llegue a ser el fruto sazonado y maduro de una vida llena de sol. Tal es el ''querer morir'' de los místicos y de los santos. Si la muerte es detestable y fruto del pecado, no pudieron desearla precisamente los mejores de los humanos. Rahner afirma, por eso, que "el cristiano en gracia muere una muerte distinta de la del pecador" .
Uno puede hacer, pues, que la muerte sea fruto del pecado. Y uno ha de hacer, pues, que la muerte sea obra y fruto de la vida. La muerte no es una pasión, es una "accion''. La muerte no se padece, se construye. Sólo si se construye mal se padece. Hay que ganar la muerte. Cristo murió -y no precisamente como consecuencia o castigo de pecado- y con su muerte venció la muerte (hizo que la muerte natural no fuese la muerte del hombre). Tras Él la muerte ya no mata y vivir cristianamente significa haber escapado al poder de la muerte.
La revelación no ve como mala a la muerte, no la condena sin más; condena la muerte-muerte, no la muerte-vida. Todo el esfuerzo vital del hombre está en lograr hacer de la muerte natural el punto de la eclosión de la vida total.
El momento actual de la cultura occidental ofrece otro punto negro que favorece la lectura pesimista de la muerte del hombre: La muerte es un fracaso y una desgracia que hay que evitar como una degradación y una vergüenza. Es la concepción utilitarista del hombre. Según ella, el hombre es útil según Io que rinde, Io mismo que la máquina. La máquina tiene una vida útil, de forma piramidal: Se pone en marcha, adquiere su punto de rendimiento máximo, envejece, se tira. El utilitarismo postula para el hornbre la misma fórmula y Io valora y estima según ella: Nace (niño), adquiere cada vez más altura ( juventud), rinde al máximo (madurez), se deteriora (vejez) y se tira (muerte). Fue Max Scheler quien por primera vez protestó contra una visión tan inhumana: De ninguna forma se puede afirmar que el hombre, igual que la máquina, sufra una evolución que iría desde un comienzo inútil a un punto de rendimiento máximo hasta una incontenible bajada a una definitiva inutilidad (vejez-muerte).
Tal visión es insultante para el hombre y ha de ser corregida urgentemente, pues es el origen de toda acción criminal sobre él: opresión, dictadura, degradación, exterminio. Los niños, los enfermos, los dementes, los contrahechos, los ancianos son inútiles y han de ser desechados . He aquí las consecuencias del utilitarismo que muchos regímenes y muchas personas no logran superar. El hombre no puede ser medido por su rendimiento o su utilidad. El hombre no puede ser degradado al nivel de la màquina. El ser hombre, sólo el ser hombre, constituye un valor en sí por encima de toda estimación. Como decíamos, el hombre es el autor de su propio destino, es la tarea de sí mismo. Es un arco iris de posibilidades que él va realizando en la medida en que vive; un nido de promesas que paulatinamente él mismo va convirtiendo en logros; un traductor y recreador del entorno que nadie interpreta como él. El hombre, pues, no puede ser estimado por su utilidad. Un hombre inútil -si Io hubiera-, por el solo hecho de ser hombre está por encima de todo precio y estimación. El hombre es tan profundameNte denso, tan fundamentalmente significativo que, por el solo hecho de estar ahí, el mundo entero adquiere resonancias inéditas e irrepetibles. Por un hombre solo vale la pena todo. El rasero de la utilidad puede medir sólo aquellas cosas que no tienen otra utilidad que su utilidad. El hombre se mide por los raseros del ser. Del propio ser del hombre. Y su vida es una línea total, completa, indivisible. Y de esa línea de la vida forma parte el nacimiento, el ir viviendo, el morir. Y si es evidente que el nacer forma parte de la vida, igualmente forma parte de ella la muerte. Una vida sin muerte no sería vida, como no Io es una vida sin nacimiento. Y si la vida del hombre es tarea: para el mismo hombre, ello equivale a decir que la vida que el hombre está llevando es vida para un logro, para una meta determinada, para Io que hemos llamado muerte como construcción y creación del mismo hombre. Así pues, la muerte no es una realidad ajena a la vida y, menos aún, contraria a ella o enemiga de ella. Convive desde el nacimiento con ella, para que al fin muera la vida que muere y viva la vida que no muere. Si la muerte forma parte de la definición de la vida, no le es exterior sino interior. Y así el que niega la muerte niega la vida; el enemigo de la muerte Io es también de la vida. El que no quiere morir es que en realidad no sabe vivir. La vida es vida gracias a la muerte, gracias a Io que en ella muere a cada instante, Io mismo que los árboles de hoja caduca viven gracias a que mueren (gracias a la hoja que pierden) en otoño. El que no quisiera morir, no sobreviviría: "El que se empeña en conservar su vida la perderá; el que sepa perderla la salvara''.
La conclusión es sobrecogedora: Vivir se puede de una sola manera: O se vive-muriendo de forma que se muere-muriendo, o se vive-viviendo de forma que se vive-muriendo.: La muerte es el fruto maduro de una vida responsable y madura. El hombre es el creador de su muerte; el que de su inevitable muerte común natural hace la entrada gozosa en la vida, cosecha que ha creado a Io largo de su vida. Y esa muerte no llega nunca desde fuera, no es exterior; crece siempre por dentro, es interior. Sólo para aquel que no quiere orientar su vida resulta la muerte sorpresiva, llegada desde fuera, inesperada, fruto del pecado.
Mientras se vive, se tiene todo a merced de los depredadores, a la intemperie; sólo la muerte Io pone todo definitivamente a salvo. En realidad no hay cosa que más intensamente desee uno que morir, aun cuando crea uno todo Io contrario. Nada puede pasarle al hombre más grande que morir, cuando se ha comprendido que morir no es sino recoger la cosecha madura de la siembra de la vida. Nuestro mundo cultural nos hace víctimas de un monstruoso expolio cuando nos arrebata o nos esconde la muerte y nos hace sentirnos desgraciados, condenados irremediablemente a la muerte. Si no se la ingresa en la vida, la muerte resulta inhumana .
Por otra parte, el hombre es el único ser que sabe que va a morir. Y es el único que puede saber qué es morir, y el único que puede hacer suya su muerte como la construcción y fruto de toda su vida. Pero es a la vez el único ser que vive de cara a su propia angustia vital y que puede ser asfixiado por ella, si no toma ante ella la única postura humana posible: La fe y la confianza de que es ella la puerta abierta sobre la vida completa y definitiva.

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