Beatos Ambrosio
Francisco Ferro y compañeros, mártires
fecha: 3 de octubre
†: 1645 - país: Brasil
canonización: B: Juan Pablo II 5 mar 2000
hagiografía: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
†: 1645 - país: Brasil
canonización: B: Juan Pablo II 5 mar 2000
hagiografía: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
Elogio: Junto al río Uruaçu, cerca de Natal, en Brasil, beatos Ambrosio
Francisco Ferro, presbítero, y compañeros, mártires, que dieron la vida
víctimas de la opresión que se desencadenó contra la fe católica. Sus nombres
son: beatos Antonio Baracho, Antonio Vilela Cid, Antonio Vilela hijo y su hija,
Diego Pereira, Manuel Rodrigues Moura y su esposa, hija de Francisco Dias hijo,
Francisco de Bastos, Francisco Mendes Pereira, Juan da Silveira, Juan Lostau
Navarro, Juan Martins y siete jóvenes, José do Porto, Mateo Moreira, Simón
Correia, Esteban Machado de Miranda y dos hijas suyas, y Vicente de Souza
Pereira.
La Iglesia
del Brasil recuerda con emoción los primeros días de su establecimiento cuando
determinados colonizadores querían establecerse en las tierras salvajes de la
selva en busca de beneficios materiales y de mejor estilo de vida. Eran los
días en los que desde Europa llegaban grupos de diversas creencias y actitudes
religiosas. Con frecuencia coincidían en los mismos destinos colonizadores sin
escrúpulos, resentidos contra los católicos si eran protestantes, y contra los
cristianos si eran de otras religiones. Aconteció en América del Norte y
también en Brasil.
El 25
de diciembre de 1597, solemnidad de Navidad, llegaron por primera vez al Brasil
los miembros de una expedición colonizadora, acompañada por cuatro misioneros
-dos jesuitas y dos franciscanos-, pioneros de la evangelización del Río Grande
del Norte. Se establecieron en un lugar que llamaron Natal (Navidad) que hoy es
próspera capital de la provincia de Río Grande del Norte. Poco a poco se
dedicaron al trabajo; a la siembra del Evangelio en las tierras habitadas por
los indios «potiguares».
Pronto
surgió una cristiandad floreciente y los misioneros, además de predicar el
mensaje cristiano, se dedicaron a proteger a los indígenas ante la voracidad de
los colonizadores. Medio siglo después llegaron también colonos holandeses. Fue
en diciembre de 1633 cuando la capitanía de Río Grande del Norte cayó en poder
de los advenedizos y se produjo, por algún tiempo, la llamada «invasión
holandesa de Brasil». Los recién venidos traían las consignas de su metrópoli
de Europa, pues desde 1637 a 1644 Mauricio de Nassau había decretado la
tolerancia religiosa, a pesar de las protestas del Sínodo de la reforma
calvinista. Mas en las colonias tardaban en llegar y en cumplirse las órdenes
de Europa y las decisiones emanadas de la autoridad se burlaban si otros
intereses arrastraban a los aventureros de fortuna.
Por eso
llegaron entre los «invasores» de Río Grande nutridos grupos de calvinistas,
sobre todo reclutados como soldados sin entrañas, deseosos de enriquecerse y de
combatir con cierto fanatismo contra los católicos portugueses ya establecidos
en la región. Las tensiones entre portugueses y holandeses, entre los católicos
y los calvinistas, estuvieron en la base de las matanzas que acontecieron en
Río Grande.
El párroco
Andrés de Soveral y el presbítero Ambrosio Francisco Ferro y sus grupos
parroquiales de fieles, perdieron la vida por odio a la fe. Se conocen
centenares de portugueses asesinados en diversas matanzas. Con el tiempo se
recogieron los nombres de 28 laicos, hombres, mujeres y niños, a quienes
mataron sólo por ser católicos y que sirvieron de cimiento de aquella Iglesia
del Brasil. Los hechos acontecieron en el año de 1645. Ellos fueron los
protomártires del Brasil, miembros de parroquias pacíficas, establecidas en
Cunhaú y luego en Uruaçú, en la ribera del río Potengi.
Hubo
dos matanzas, una el 16 de julio de 1645, y otra el 3 de octubre del mismo año,
con muchos muertos en cada una; sin embargo, por las dificultades para recoger
los nombres y asegurarse de las muertes que fueron «in odium fidei», se han
beatificado, en marzo del año 2000, 30 protomártires del Brasil. Dos
sacerdotes, que perdieron la vida el 16 de julio, se celebran en esa fecha, y
los 28 restantes en la fecha de la segunda matanza, 3 de octubre del mismo año.
En el lugar de las matanzas se levantó pronto una iglesia y un monumento a los
mártires, cuya veneración comenzó pronto a convocar peregrinos de toda la
región.
El
primer hecho martirial ocurrió en la localidad de Cunhaú, el 16 de julio de
1645. El día anterior llegó a la localidad, a 73 kilómetros de Natal donde se
hallaba la capitanía del Río Grande, el enviado del gobierno holandés, el
aventurero Jacob Rabbi. Venía acompañado de un regimiento de soldados y de un
centenar de indios. Dijo ser portador de órdenes que debería comunicar al día
siguiente, cuando los colonos de las haciendas cercanas se reunieran para la
misa dominical. Se convocó a todos para que acudieran al sacrificio. Las
órdenes se anunciaron como procedentes del Gran Consejo holandés de Recife, que
había tomado aparentemente el mando en la región de la que dependía Natal y
todo el territorio de Río Grande.
La
mayor parte de los colonos se reunieron para la misa en la capilla de Nuestra
Señora de las Candelas, bajo la presidencia del párroco el P. Andrés de
Soveral. No todos cayeron en la trampa pues algunos colonos desconfiados se
quedaron en sus haciendas para ver qué acontecía o para defenderlas si eran
asaltadas. Ellos fueron quienes luego relataron los acontecimientos.
Estaban
en la eucaristía y al momento de la consagración, cuando la sagrada forma se
elevó en las manos del sacerdote, el traidor Rabbi dio orden de cerrar las
puertas de la iglesia y comenzó con los soldados y los indios «tupaias» y
«potiguares» acompañantes una sangrienta carnicería de las 69 personas
reunidas: hombres desarmados, mujeres y niños. Los soldados dispararon con saña
contra los indefensos católicos. Los indígenas se cebaron en ellos con sus
machetes y espadas sobre los aterrorizados hombres que cubrían con sus cuerpos
a los niños y a sus mujeres.
El
cuerpo del sacerdote fue con el que más se ensañaron cuando ya estaba en la
agonía. Los fieles asumieron la muerte con resignación y muchos de ellos
recitaban plegarias de perdón para los asesinos y pedían perdón a Dios por sus
pecados. No ofrecieron resistencia alguna, según los testimonios posteriores de
algunos de los que contemplaron la sangrienta escena.
Los
asesinos recorrieron otros lugares matando a gentes indefensas. Mientras tanto,
la noticia de la matanza de Cunhaú se difundió entre los habitantes de Río
Grande del Norte. Los moradores del entorno de Natal, atemorizados por la doble
amenaza de los indios y de los holandeses, buscaron lugares más seguros:
primero en Fortaleza de los Reyes Magos; luego emigraron hacia el río Uruaçú y
a otros lugares. Unos grupos se refugiaron en las orillas del río Potengi.
El 3 de
octubre tuvo lugar la segunda matanza, en Uruaçú, realizada explícitamente por
odio a los católicos. Fueron asesinadas cerca de 80 personas, entre las que
resalta un grupo de 12 más influyentes, reunidos en torno a otro párroco, el P.
Ambrosio Francisco Ferro. Desde la matanza de Cunhaú en julio había un grupo
escondido en Uruacu, lugar cercano a Sao Goncalo do Amarante, a 18 kms. de
Natal. Escondidos en lugares de difícil acceso, aunque no para los indios
acostumbrados a moverse por las selvas y los ríos. Habían construido
empalizadas y defensas improvisadas.
Allí
irrumpieron unos 60 soldados holandeses, apoyados por unos 200 indígenas que
estaban dirigidos por un fanático cacique convertido al calvinismo. Se llamaba
Antonio Paraópeba. Les alentaba una compañía de soldados también llenos de odio
hacia los portugueses católicos. Asaltaron el lugar y destruyeron las defensas.
Llegaron a pactar la rendición bajo la promesa de respetar las vidas y fueron
vilmente traicionados. Los soldados dejaron a los indígenas la macabra tarea de
asesinar a los vencidos, conforme a los ritos y costumbres feroces de muchos de
ellos, que habían sido guerreros e incluso antropófagos.
La
crueldad fue la tónica de esta matanza: a algunos les cortaron los brazos y las
piernas, a otros les sacaron los ojos, les arrancaron la lengua, les cercenaron
las narices y las orejas; a varios niños les cortaron la cabeza. A un niño lo
estrellaron contra el tronco de un árbol y a otro le partieron por la mitad con
una espada. A los muertos los despedazaron luego en pequeños trozos. El más
significativo fue Mateus Moreira: después de cortarle las piernas y los brazos,
le seguían pidiendo que blasfemara de la Eucaristía. Le intentaron sacar el
corazón por entre las costillas. Y murió exclamando: «Alabado sea el Santísimo
Sacramento». Todo esto ocurría con la complacencia del grupo de soldados que
les dirigían y con la feroz alegría de saber que estaban limpiando la zona de
enemigos europeos.
Andrés de
Soveral (16 de julio)
Los
emblemas martiriales de aquellos acontecimientos fueron los dos sacerdotes que
animaron los dos grupos de mártires. El primero fue el párroco Andrés de
Soveral, que quedó en el recuerdo histórico de todos como modelo de misionero
celoso y valiente. Había nacido hacia 1572 en San Vicente, ciudad situada en la
isla de San Vicente, cerca de Sao Paulo. Recibió el bautismo en la parroquia de
su lugar de nacimiento dedicada a San Vicente mártir.
No se
conocen muchos datos de su infancia, pero es casi seguro que estudió en un
colegio local denominado del Niño Jesús, fundado por los jesuitas en 1533. Allí
debió sentir su vocación y entró en la Compañía. El 6 de agosto de 1593, a los
21 años, hizo su noviciado en Bahía. Estudió teología y mostró gran interés por
las lenguas indígenas. Fue luego enviado al colegio de Olinda, en Pernambuco,
centro de irradiación para la evangelización de los indígenas. Se inició en la
actividad misionera en un viaje que hizo con el P. Diego Nunes por el
territorio de los indios «potiguares». En una de las aldeas conoció a la
indígena Antonia Potiguar, que era jefa de la tribu y se había hecho cristiana.
Bendijo su matrimonio y bautizó a otros indígenas de la aldea.
No se
sabe por qué, pero al poco tiempo, desde 1607, había dejado la Compañía de
Jesús, pues no figura en sus registros y listas desde ese año. Probablemente se
puso bajo la dependencia del obispo diocesano de Bahía, a la que pertenecía Río
Grande del Norte, para contar con más libertad en sus empresas misioneras. De
hecho, en 1614 figuraba ya como párroco de Cunhaú. Se entregó con celo a la
animación religiosa de sus feligreses, tanto blancos como indios. Era austero y
visitaba los poblados y las haciendas de los colonos.
Con
ayuda de las familias había construido en el poblado una pequeña iglesia y la
gente le respetaba y estimaba. Los indígenas, con los que se comunicaba en su
idioma, le contaban como protector y nunca le hubieran hecho daño. Tuvieron que
venir otras gentes de lejos para terminar con su inmunidad sacerdotal. Tenía 73
años cuando acontecieron los hechos que le llevaron a la muerte.
Ambrosio
Francisco Ferro (3 de octubre)
El
animador del otro grupo de mártires fue el sacerdote Ambrosio Francisco Ferro,
de la diócesis de Natal. Era portugués y había nacido en las Azores. Luego
emigró a Brasil y se ordenó sacerdote en la diócesis de Bahía. Había sido
nombrado vicario de Río Grande en 1636. Era generoso, muy piadoso y
desinteresado. Cuando conoció las matanzas que se perpetraban por parte de los
calvinistas holandeses y que no tenían otro propósito que ahuyentar a los
portugueses de la región, temió lo peor para sus feligreses y trató de salvar
sus vidas. Les alentó a refugiarse en la Fortaleza de los Reyes Magos, llamada
luego Castelo de Keulen, que estaba en la aldea cercana al Uruaçú.
Ayudó a
construir defensas y empalizadas por si llegaban los perseguidores que habían
perpetrado la matanza de Cunhaú y de los que se sabía que seguían haciendo
estragos por la región. No quedan datos del martirio. Parece que fue de los
primeros en ser atravesado por una espada, precisamente por ser el sacerdote
del grupo y ser conocido por los asesinos.
Extractado
de un artículo de Pedro Chico González, FSC, en Año Cristiano, BAC, 2003, tomo
julio, pág 452 y ss. Ver bibliografía allí mismo. Puede leerse aquí la homilía en la misa de
beatificación.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
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modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de
santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta
ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y
servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar
esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el
siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3614
can.: Conf. Culto: León XIII 4 may 1881
país: Suiza - †: 1160
formas del nombre: Adalgott
país: Suiza - †: 1160
formas del nombre: Adalgott
En Chur, en la región
de Helvecia, beato Adelgoto, obispo, discípulo de san Bernardo en Clairvaux,
que fue un buen ejemplo de disciplina monástica.
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