San Bertrán de Comminges, obispo
fecha: 16 de octubre
†: c. 1123 - país: Francia
otras formas del nombre: Bertrand, Beltrán
canonización: C: Honorio III 1220
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: c. 1123 - país: Francia
otras formas del nombre: Bertrand, Beltrán
canonización: C: Honorio III 1220
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Comminges, de nuevo junto a los
Pirineos, en la Galia, san Bertrán, obispo, que, siguiendo los consejos del
papa san Gregorio VII, trabajó incansable para la reforma de la Iglesia,
reconstruyó su ciudad abandonada y derruida, edificó la iglesia catedral, e
instituyó en ella una comunidad de canónigos regulares según la Regla de san
Agustín.
La diócesis de Comminges fue independiente
durante casi mil años, antes de fundirse con la de Toulouse. Varios de los
obispos que la gobernaron han pasado a la historia, pero ninguno es tan famoso
como san Beltrán, cuyo episcopado duró cincuenta años, entre los siglos XI y
XII. En su juventud, Beltrán no pensaba más que en llegar a ser un señor feudal
que infundiese tanto respeto como su padre. Pero después abrazó la carrera
eclesiástica, recibió una canonjía en Toulouse y llegó a ser archidiácono de la
diócesis. Los cronistas observan que el santo no solicitó esas dignidades, ni
mucho menos las compró. Hacia 1075, fue elegido obispo de Comminges. Una vez
que reconstruyó las fortalezas espirituales y materiales de su ciudad
episcopal, se dedicó a reformar toda su diócesis. Vivía con sus canónigos bajo
la regla de San Agustín y era un verdadero modelo para su clero, aunque su celo
le llevaba a ciertas exageraciones. En cierta ocasión, cuando fue a predicar en
Val d'Azun, el pueblo le acogió muy mal y tuvo que emplear todo su tacto para
calmar a los habitantes. Más tarde, el pueblo se arrepintió de haber tratado
mal a su obispo y prometió regalar cada año a la sede de Comminges toda la
mantequilla que se fabricase en Val d'Azun durante la semana anterior a Pentecostés.
El pueblo cumplió su promesa, aunque no siempre de buena gana, hasta que
estalló la Revolución Francesa. San Beltrán tuvo que hacer frente más de una
vez a la violencia, aun fuera de su propio territorio. El año de 1100, cuando
el santo se hallaba en el sínodo de Poitiers, los padres conciliares
excomulgaron al rey Felipe I y fueron apedreados por la chusma. Cuando san
Beltrán consagró el cementerio de Santa María de Auch, los monjes de
Saint-Orens trataron de incendiar la iglesia.
Se cuentan muchos milagros obrados por el
santo. Uno de ellos dio origen al «Gran Perdón», un jubileo de la catedral de
Comminges. En el curso de un pleito entre los condes de Comminges y de Bigorre,
las tropas de Sans Parra de Oltia saquearon la diócesis de san Beltrán y se
llevaron todo el ganado que pudieron. Para salvar a su pueblo de la ruina, san
Beltrán imploró a Sans Parra que devolviese el botín, pero éste sólo aceptó
venderlo. «Perfectamente -dijo san Beltrán-, devolved el botín y yo os pagaré antes
de vuestra muerte». Poco después murió san Beltrán, y Sans Parra fue capturado
por los moros en España. Una noche, mientras se hallaba en el calabozo, soñó
que san Beltrán le decía que venía a cumplir su promesa y que le conducía a un
sitio próximo a su casa. Al despertar se halló efectivamente en ese lugar. En
Comminges se celebra este milagro el 2 de mayo de cada año. El Papa Clemente V,
quien había sido obispo de Comminges, concedió indulgencia plenaria a quienes
visitasen la catedral de San Beltrán los años en que la fiesta de la Invención
de la Santa Cruz cae en viernes. San Beltrán fue canonizado poco antes de 1309,
probablemente por el Papa Honorio III.
En Acta Sanctorum, oct., vol. VII, pte. 2,
hay una biografía que se atribuye a Vital, un notario de Auch, contemporáneo
del santo. Véase también P. Bedin, St. Bertrand de Comminges (1912).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
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San Gerardo Majella, religioso
fecha: 16 de octubre
n.: 1726 - †: 1755 - país: Italia
otras formas del nombre: Gerardo Maiella, Gerardo Mayela
canonización: B: León XIII 29 ene 1893 - C: Pío X 11 dic 1904
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1726 - †: 1755 - país: Italia
otras formas del nombre: Gerardo Maiella, Gerardo Mayela
canonización: B: León XIII 29 ene 1893 - C: Pío X 11 dic 1904
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En el lugar de Materdomini, en la Campania, san Gerardo Majella,
religioso de la Congregación del Santísimo Redentor, que, lleno de amor por
Dios, abrazó un género de vida austera, y consumido por el celo por Dios y las
almas, aún joven descansó en el Señor.
Patronazgos: patrono de las mujeres, las madres, los niños, y para pedir la
fertilidad.
Oración: Oración de una madre por la familia:
Oh Glorioso san Gerardo que viste en cada mujer la imagen viviente de María Santísima, Esposa y Madre de Dios, y la quisiste, con tu intenso apostolado, a la altura de su misión, bendíceme a mi y a todas las madres del mundo. Vuélvenos fuertes para mantener nuestras familias unidas; socórrenos en la difícil tarea de educar cristianamente a nuestros hijos; da a nuestros maridos el coraje de la fe y del amor, a fin de que, basados en tu ejemplo y confortados por tu ayuda, podamos ser instrumentos de Jesús para hacer a este mundo mas bueno y justo. En particular, ayúdanos en las enfermedades, en el dolor y en cualquier necesidad; o al menos danos la fuerza de aceptar cristianamente cada cosa para que seamos imagen de Jesús Crucificado como lo fuiste tú. A nuestras familias, danos la felicidad, la paz y el amor de Dios.
Oh Glorioso san Gerardo que viste en cada mujer la imagen viviente de María Santísima, Esposa y Madre de Dios, y la quisiste, con tu intenso apostolado, a la altura de su misión, bendíceme a mi y a todas las madres del mundo. Vuélvenos fuertes para mantener nuestras familias unidas; socórrenos en la difícil tarea de educar cristianamente a nuestros hijos; da a nuestros maridos el coraje de la fe y del amor, a fin de que, basados en tu ejemplo y confortados por tu ayuda, podamos ser instrumentos de Jesús para hacer a este mundo mas bueno y justo. En particular, ayúdanos en las enfermedades, en el dolor y en cualquier necesidad; o al menos danos la fuerza de aceptar cristianamente cada cosa para que seamos imagen de Jesús Crucificado como lo fuiste tú. A nuestras familias, danos la felicidad, la paz y el amor de Dios.
Pío IX calificó a san Gerardo de «perfecto
modelo de los hermanos legos», y León XIII dijo que había sido «uno de los
jóvenes más angelicales que Dios haya dado a los hombres por modelo». En sus
veintinueve años de vida, el santo llegó a ser el más famoso taumaturgo del
siglo XVIII. Nació en Muro, a setenta kilómetros de Nápoles. Su padre era
sastre. Su madre, después de la muerte de Gerardo, dio este testimonio: «Mi
hijo sólo era feliz cuando se hallaba arrodillado en la iglesia, ante el
Santísimo Sacramento. Con frecuencia entraba a orar y olvidaba hasta la hora de
comer. En casa oraba todo el tiempo. Verdaderamente, había nacido para el
cielo». Cuando Gerardo tenía diez años, su confesor le dio permiso de comulgar
cada tercer día; como era una época en la que la influencia del jansenismo -que
rechazaba la comunión frecuente- todavía se dejaba sentir, ello demuestra que
el confesor de Gerardo le consideraba como un niño excepcionalmente dotado para
la piedad. A la muerte de su padre, Gerardo debió abandonar la escuela y entró
a trabajar como aprendiz de sastre en el taller de Martín Pannuto, hombre muy
bueno, que le comprendía y le apreciaba. En cambio, uno de los empleados era un
hombre muy brusco que solía maltratar a Gerardo y más se enfurecía por la
paciencia con que soportaba sus majaderías. Una vez aprendido su oficio a la
perfección, Gerardo pidió ser admitido en el convento de los capuchinos de
Muro, donde su tío era fraile; pero fue rechazado a causa de su juventud y de
su condición delicada. Entonces entró a trabajar como criado en la casa del
obispo de Lacedogna. Humanamente hablando, fue una mala elección, ya que el
prelado era un hombre de carácter irascible, que trató al joven con gran
rudeza. A pesar de ello, Gerardo le sirvió fielmente y sin una queja, hasta que
murió el obispo en 1745. Entonces, Gerardo volvió a Muro y abrió una sastrería
por su cuenta. Vivía con su madre y sus tres hermanas. Solía dar a su madre una
tercera parte de lo que ganaba; el otro tercio lo repartía entre los pobres y
el resto lo empleaba en pagar misas por las almas del purgatorio. Pasaba muchas
horas de la noche orando en la catedral y se disciplinaba severamente.
Cuando tenía veintitrés años, los padres
de la Congregación del Santísimo Redentor, recientemente fundada, predicaron
una misión en Muro. El joven les rogó que le admitiesen como hermano lego, pero
su aspecto enfermizo no le ayudaba, y su madre y sus hermanas no tenían ningún
deseo de verle partir. Sin embargo, Gerardo insistió y, finalmente, el P.
Cafaro le envió a la casa de Deliceto, donde él era superior, con un mensaje
que decía: «Os envío a este hermanito inútil». Pero, cuando el P. Cafaro volvió
a su casa, cayó inmediatamente en la cuenta de su error y le concedió el
hábito. Los hermanos de Gerardo, al verle trabajar con gran ardor, puntualidad
y humildad en la sacristía y en el huerto, decían: «O es un loco o es un
santo». El fundador de la congregación, san Alfonso de
Ligorio, comprendió que era un santo y le acortó el período de
noviciado. El hermano Gerardo hizo la profesión en 1752. A los votos
acostumbrados añadió el de hacer siempre lo que fuese, a su juicio, más
agradable a Dios. El P. Tannoia, autor de las biografías de san Alfonso y de
san Gerardo, que había sido curado por la intercesión de este último, cuenta
que un día, cuando el santo era novicio, le vio orando ante el tabernáculo;
súbitamente Gerardo gritó: «Señor, déjame que me vaya, te ruego, pues tengo
mucho que hacer». Sin duda es ésta una de las anécdotas más conmovedoras de
toda la hagiología.
Durante los tres años que vivió después de
hacer la profesión, el santo trabajó como sastre y enfermero de la comunidad;
solía también pedir limosna de puerta en puerta, y los padres gustaban de
llevarle consigo a sus misiones y retiros, porque poseía el don de leer en las
almas. Se cuentan más de veinte ejemplos de casos en los que el santo convirtió
a los pecadores, poniéndoles de manifiesto su oculta maldad. Los fenómenos
sobrenaturales abundaban en la vida del hermanito. Se cuenta que en una ocasión
fue arrebatado en el aire y recorrió así más de medio kilómetro; se menciona
también el fenómeno de «bilocación» y se dice que poseía los dones de profecía,
de ciencia infusa y de dominio sobre los animales. La única voz que conseguía
arrancarle de sus éxtasis era la de la obediencia. Hallándose en Nápoles,
presenció el asesinato del arcipreste de Muro en el preciso momento en que
tenía lugar a setenta kilómetros de distancia. Por otra parte, en más de una
ocasión leyó el pensamiento de personas ausentes. Tan profundamente supo leer
el pensamiento del secretario del arzobispo de Conza, que éste cambió de vida y
se reconcilió con su esposa, de suerte que toda Roma habló del milagro. Pero
los hechos más extraordinarios en la vida de san Gerardo están relacionados con
la bilocación. Se cuenta que asistió a un enfermo en una cabaña de Caposele y
que, al mismo tiempo, estuvo charlando con un amigo en el monasterio de la
misma población. Una vez, su superior fue a buscarle en su celda y no le
encontró ahí. Entonces se dirigió a la capilla, donde le halló en oración:
«¿Dónde estabais hace un instante?», le preguntó. «En mi celda», replicó el
hermanito. «Imposible, pues yo mismo fui dos veces a buscaros». Entonces
Gerardo se vio obligado a confesar que, como estaba en retiro, había pedido a
Dios que le hiciese invisible para que le dejasen orar en paz. El superior le
dijo: «Bien, por esta vez os perdono, pero no volváis a pedir eso a Dios».
Sin embargo, san Gerardo no fue canonizado
por sus milagros, ya que éstos eran simplemente un efecto de su santidad, y
Dios podía haber dispuesto que el santo no hiciese milagro alguno sin que ello
modificase en un ápice la bondad, caridad y devoción que alabaron en el joven
Pío IX y León XIII. Uno de los resultados más sorprendentes de su fama de
santidad fue el de que sus superiores le permitieron encargarse de la dirección
de varias comunidades de religiosas, lo que no acostumbran hacer los hermanos
legos. San Gerardo hablaba en particular con cada religiosa y solía darles conferencias
a través de la reja del recibidor. Además, aconsejaba por carta a varios
sacerdotes, religiosos y superiores. Se conservan todavía algunas de sus
cartas. No hay en ellas nada de extraordinario: en unas expone simplemente el
deber de todo cristiano de servir a Dios según su propia vocación; en otras,
incita a la bondad a una superiora, exhorta a la vigilancia a una novicia,
tranquiliza a un párroco y predica a todos la conformidad con la voluntad
divina. En 1753, los estudiantes de teología de Deliceto hicieron una
peregrinación al santuario de San Miguel, en Monte Gárgano. Aunque no tenían
más que unas cuantas monedas para cubrir los gastos del viaje, se sentían
seguros, porque el hermano Gerardo iba con ellos. Y, en efecto, el santo se las
arregló para que no les faltase nada en los nueve días que duró la
peregrinación, que fue una verdadera sucesión de milagros. Exactamente un año
más tarde, san Gerardo sufrió una de las pruebas más terribles de su vida. Una
joven de vida licenciosa, llamada Neria Caggiano, a quien el santo había
ayudado, le acusó de haberla solicitado. San Alfonso mandó llamar
inmediatamente al hermano a Nocera. Pensando que su voto de perfección le
obligaba a no defenderse, Gerardo guardó silencio; con ello no hizo sino meter
en aprietos a su superior, quien no podía creerle culpable. San Alfonso le
prohibió durante algunas semanas recibir la comunión y hablar con los extraños.
San Gerardo respondió tranquilamente: «Dios, que está en el cielo, no dejará de
defenderme». Al cabo de unas cuantas semanas, Neria y su cómplice confesaron
que habían calumniado al hermanito. San Alfonso preguntó a su súbdito por qué
no se había defendido y éste replicó: «Padre, ¿acaso no tenemos una regla que
nos prohibe disculparnos?» (Naturalmente la regla no estaba hecha para
aplicarse en esos casos). Poco después, el santo acompañó al P. Margotta a
Nápoles, donde el pueblo asedió, día y noche, la casa de los redentoristas para
ver al famoso taumaturgo. Finalmente, al cabo de cuatro meses, los superiores se
vieron obligados a enviar al hermano Gerardo a la casa de Caposele, donde fue
nombrado portero.
Era ese un oficio que agradaba
especialmente al joven. El P. Tannoia escribió: «En esa época, nuestra casa
estuvo asediada por los mendigos. El hermano Gerardo veía por ellos como lo
hubiese hecho una madre. Tenía el arte de contentar a todos, y la necedad y
malicia de algunos de los pedigüeños jamás le hicieron perder la paciencia».
Durante el crudo invierno de aquel año, doscientas personas, entre hombres, mujeres
y niños, acudieron diariamente a la casa de los redentoristas, y el santo
portero les proveyó de comida, ropa y combustible, sin que nadie supiese de
dónde los sacaba. En la primavera del año siguiente fue nuevamente a Nápoles. A
su paso por Calitri, de donde el P. Margotta era originario, el pueblo le
atribuyó varios milagros. Cuando volvió a Caposele, los superiores le
encargaron de la supervisión de los edificios que se estaban construyendo.
Cierto viernes, cuando no había en la casa un sólo céntimo para pagar a los
trabajadores, las oraciones del manto hermanito movieron a un bienhechor
inesperado a regalar lo suficiente para salir del apuro. San Gerardo pasó el
verano pidiendo limosna para la construcción. Pero el calor del sur de Italia
acabó con su salud y, en los meses de julio y agosto, el santo se debilitó
rápidamente. Tuvo que pasar una semana en cama en Orvieto, donde curó a otro
hermano lego que había ido a asistirle y había caído enfermo. Llegó a Caposele
casi a rastras. En septiembre, pudo ahandonar el lecho unos cuantos días, pero
volvió a caer. Sus últimas semanas fueron una mezcla de sufrimientos físicos y
éxtasis, cuando sus dones de profecía y ciencia infusa alcanzaron un grado
extraordinario. Murió en la fecha y hora que había predicho, poco antes de la
media noche del 15 de octubre de 1755. Fue canonizado en 1904.
La principal fuente de información sobre
San Gerardo es la biografía del P. Tannoia.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 1283 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
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