Santa María Bertila Boscardin, virgen
fecha: 20 de octubre
n.: 1888 - †: 1922 - país: Italia
canonización: B: Pío XII 1952 - C: Juan XXIII 11 may 1961
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1888 - †: 1922 - país: Italia
canonización: B: Pío XII 1952 - C: Juan XXIII 11 may 1961
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Treviso, en Italia, santa María
Bertila (Ana Francisca) Boscardin, virgen de la Congregación de las Hermanas de
Santa Dorotea de los Sagrados Corazones, que en su trabajo en un hospital se
mostró solicita de la salud corporal y espiritual de los enfermos.
«La fuerza del Sacramento de la Eucaristía me alcanza siempre y en todas partes para que yo me comporte con responsabilidad... Porque yo siento necesidad de estar un rato con nuestro Señor.»
Santa Bertilia siguió el «caminito
espiritual» de santa Teresa del Niño Jesús. Era una mujer de gran juicio
práctico y voluntad muy firme que se santificó cumpliendo sencillamente su
deber de todos los días, a pesar de su mala salud, su reducida capacidad intelectual
y su falta de iniciativa. Nació en 1888, en Brendola, entre Vicenza y Verona,
en el seno de una pobre familia de campesinos. Su nombre de pila era Ana
Francisca, pero todos la llamaban Anita. El P. Emigdio Federici, su biógrafo,
escribe que Anita era una niña «tranquila y muy trabajadora, cuya infancia no
tuvo nada de pintoresco». Ángel Boscardin, el padre de Anita, era un hombre muy
celoso y dado a la bebida, de suerte que los pleitos abundaban en su casa,
según testificó él mismo en el proceso de beatificación de su hija. Anita no
podía asistir regularmente a la escuela, pues desde pequeña tuvo que trabajar
en el hogar y ganar un poco de dinero ayudando en casa de los vecinos. Sus
compañeros de juegos la apodaban «la tontita». Probablemente no les faltaba
razón, ya que, cuando el P. Capovilla, párroco del lugar, habló de la vocación
religiosa de la niña con el arcipreste Gresele, éste no pudo contener la risa.
Sin embargo, como la consideraba por lo menos suficientemente inteligente para
pelar patatas, el P. Gresele habló de Anita a ciertas religiosas, quienes se
negaron a admitirla.
Como quiera que fuese, a los dieciséis
años Anita ingresó en el convento de las Hermanas de Santa Dorotea, en Vicenza
y recibió el nombre de Bertilia, en honor de la santa abadesa de Chelles. La
joven dijo a su maestra de novicias: «Yo no sé hacer nada. Soy una inútil, una
'tontita'. Enseñadme a ser santa». La hermana Bertilia pasó un año ayudando en
la cocina, en la panadería y en la lavandería. Después, fue enviada a aprender
las tareas de enfermera en Treviso, donde las hermanas de Santa Dorotea tenían
a su cargo el hospital municipal. Pero la superiora prefirió emplearla como
ayudante de la cocinera. Anita no pudo salir de la cocina hasta después de su
profesión. En 1907, pasó a ayudar en el pabellón de los niños diftéricos y, a
partir de entonces, vivió consagrada al cuidado de los enfermos. Pero, bien
pronto contrajo una penosa enfermedad que la atormentó durante los últimos doce
años de su vida. y la llevó finalmente al sepulcro, a pesar de las
intervenciones de los cirujanos.
A principios de 1915, el hopital de
Treviso fue ocupado por las tropas. Dos años más tarde, a raíz de la derrota de
Caporetto, el ejércio italiano tuvo que replegarse a Piave, y el hospital quedó
en pleno frente de batalla. Durante los bombardeos aéreos, en tanto que el
terror paralizaba a algunas de sus hermanas, santa Bertilia, no menos asustada,
se ocupaba en llevar café y vino de Marsala a los enfermos, sin que sus
quehaceres le impidieran pasar las cuentas de su rosario. Bertilia y algunas de
sus hermanas fueron pronto enviadas a un hospital militar de Viggiu, en las
cercanías de Como. El capellán, Pedro Savoldelli y el oficial, Mario Lameri, no
pudieron menos de admirar la laboriosidad y la caridad de Bertilia. En cambio,
la superiora no supo apreciar las cualidades de su súbdita, como había sucedido
ya con otras superioras, y la reprendía por trabajar exageradamente y por estar
demasiado apegada a los enfermos. Finalmente, acabó por enviarla a la
lavandería. Bertilia trabajó allí sin una queja durante cuatro meses, hasta que
la madre general, una mujer extraordinaria que se llamaba Azelia Farinea,
comprendió la injusticia y sacó a la santa de Viggiu.
Después del armisticio, la hermana Bertilia
retornó al hospital de Treviso, donde se le confió el pabellón de infecciosos
para niños. La salud de la hermanita iba de mal en peor; tres años más tarde
los médicos decidieron operarla. La operación resultó fatal, y la hermana
Bertilia murió tres días después, el 20 de octubre de 1922. En el primer
aniversario de su muerte, se puso en el Hospital de Treviso una placa con la
siguiente inscripción: «A la hermana Bertilia Boscardin, alma escogida y de
bondad heroica, quien durante varios años alivió como un ángel el sufrimiento
humano en este hospital ...» El pueblo empezó a acudir a la tumba de la hermana
Bertilia en Treviso. Sus restos fueron más tarde trasladados a Vicenza, donde
Dios obró por su intercesión muchas curaciones. Fue beatificada en 1952, en
presencia de algunos miembros de su familia y de varios pacientes a los que
había asistido, y el papa Juan XXIII la canonizó el 11 de mayo de 1961.
Véase F. Talvacchia, Suor Bertilla
Boscardin (1923) ; P. Savoldelli, Soavi rimembranze (1939) ; y E. Federici, La
b. M. Bertilla Boscardin (1952) . El autor de esta última obra aprovechó los
documentos del proceso de beatificación. Puede leerse (en italiano) la homilía de SS
Juan XXIII en la misa de canonización.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3838
Beato Jacobo Kern, religioso presbítero
fecha: 20 de octubre
n.: 1897 - †: 1924 - país: Austria
canonización: B: Juan Pablo II 21 jun 1998
hagiografía: Vaticano
n.: 1897 - †: 1924 - país: Austria
canonización: B: Juan Pablo II 21 jun 1998
hagiografía: Vaticano
Elogio: En Viena, en Austria, beato Jacobo
(Francisco Alejandro) Kern, presbítero de la Orden Premonstratense, que,
movilizado durante la guerra, fue herido en combate y, más tarde, se entregó al
ministerio pastoral. Afectado por una larga y penosa enfermedad, la sobrellevó
con admirable fortaleza de ánimo.
Jakob Kern provenía de una modesta familia
vienesa de obreros. La primera guerra mundial le impidió bruscamente proseguir
sus estudios en el seminario menor de Hollabrunn. Una grave herida de guerra
convirtió en un calvario, como él mismo decía, su breve existencia terrena en
el seminario mayor y en el monasterio de Geras. Por amor a Cristo no se aferró
a la vida, sino que la ofreció conscientemente por los demás. En un primer
momento quería ser sacerdote diocesano. Pero un acontecimiento le hizo cambiar
de camino. Cuando un religioso premonstratense abandonó el convento, afiliándose
a la Iglesia nacional checa que se había formado tras la reciente separación de
Roma, Jakob Kern descubrió su vocación en este triste evento. Quiso reparar la
acción del aquel religioso. Jakob Kern ocupó su lugar en el monasterio de Geras
y el Señor aceptó la ofrenda del «sustituto».
El beato Jakob Kern se nos presenta como
testigo de la fidelidad al sacerdocio. Al inicio era un deseo de infancia, que
se expresaba imitando al sacerdote en el altar. Sucesivamente, el deseo maduró.
A través de la purificación del dolor, apareció el profundo significado de su
vocación sacerdotal: unir su vida al sacrificio de Cristo en la cruz y
ofrecerla en sustitución por la salvación de los demás.
Ojalá que el beato Jakob Kern, que era un
estudiante inquieto y activo, estimule a muchos jóvenes a acoger con
generosidad la llamada al sacerdocio para seguir a Cristo. Sus palabras de
entonces se dirigen a nosotros: «Hoy, más que nunca, hacen falta
sacerdotes auténticos y santos. Todas las oraciones, todos los sacrificios,
todos los esfuerzos y todos los sufrimientos, hechos con recta intención, se
convierten en la semilla divina que, más tarde o más temprano, dará su fruto».
Extraído de la homilía en la misa de
beatificación, por SS Juan Pablo II el 21 de junio de 1998. La homilía completa
puede leerse en el sitio del
Vaticano.
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