Beatas Teresa de San Agustín Lindoine y quince compañeras, vírgenes
y mártires
fecha: 17 de julio
†: 1794 - país: Francia
otras formas del nombre: Mártires de Compiègne
canonización: B: Pío X 27 may 1906
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 1794 - país: Francia
otras formas del nombre: Mártires de Compiègne
canonización: B: Pío X 27 may 1906
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En París, en Francia, beatas Teresa de
San Agustín (María Magdalena Claudina) Lindoine y quince compañeras, vírgenes
del Carmelo de Compiègne y mártires, que durante la Revolución Francesa se
mantuvieron fieles a la observancia monástica, y ante el patíbulo renovaron las
promesas bautismales y los votos religiosos. Sus nombes son: beatas María Ana
Francisca de San Luis Brideau, María Ana de Jesús Crucificado Piedcourt,
Carlota de la Resurrección (Ana María Magdalena) Thouret, Eufrasia de la
Inmaculada Concepción (María Claudia Cipriana) Brard, Enriqueta de Jesús (María
Gabriela) de Croissy, Teresa del Corazón de María (María Ana) Hanisset, Teresa
de San Ignacio (María Gabriela) Trézelle, Julia Luisa de Jesús (Rosa) Chrétien
de Neufville, María Enriqueta de la Providencia (Ana) Pelras, Constancia (María
Genoveva) Meunier, María del Espíritu Santo (Angélica) Roussel, María de Santa
Marta Dufour, Isabel Julia de San Francisco Vérolot, Catalina y Teresa Soiron.
La reforma teresiana del Carmelo se aceptó
en Francia en 1604. En 1641 la señora de Louvancourt fundó en dicho país el
quincuagésimo tercer convento de la orden, en Compiégne, y aquella casa se
distinguió, desde el primer momento, por su estricta observancia.
La Revolución Francesa estalló en 1789. A
principios del año siguiente, las comunidades religiosas fueron suprimidas,
excepto las que estaban dedicadas a la enseñanza o al cuidado de los enfermos.
En agosto, se llevó a cabo la «visita» del convento de las carmelitas de
Compiégne, cuyos bienes fueron confiscados y las religiosas, con vestimentas
civiles, fueron expulsadas del lugar. Fuera del claustro, se dividieron en
cuatro grupos al mando, respectivamente, de la superiora, la vicesuperiora, la
maestra de novicias y una religiosa profesa. Los grupos se separaron y cada uno
se hospedó en una casa diferente, cerca de la iglesia de San Antonio. En cuanto
era posible en aquellas circunstancias, las religiosas observaron la regla y
llevaron vida de comunidad. Los grupos estaban en contacto constante unos y
otros, con la discreción necesaria para evitar que las sorprendiesen. A pesar
de todas las precauciones, en junio de 1794 las autoridades hicieron una visita
de inspección a las cuatro casas y detuvieron a todas las monjas bajo la
acusación de que continuaban, ilegalmente, su vida de comunidad, lo cual
constituía una conspiración contra la República. Con ellas fue arrestado Moulot
de la Ménardiére por haberles prestado auxilio. Las religiosas fueron
encarceladas en el antiguo convento de la Visitación de Compiégne. En el otro
extremo del mismo edificio habían sido encarceladas, desde octubre del año
anterior, las benedictinas inglesas de Cambrai. En 1795 se permitió que éstas
regresaran a Inglaterra y se llevaran las ropas que las carmelitas habían usado
en Compiégne. Por esa razón se conservan muchas reliquias (como las de
Stanbrook, Darlington, Lanherne, Chichester, Culton, Nueva Subiaco y Nueva
Gales del Sur) y además, los datos sobre ellas registrados en los archivos de
la abadía de Stanbrook, que fueron de extraordinaria utilidad cuando se
ofrecieron como testimonio en el proceso de beatificación de las carmelitas.
En 1790 las monjas de Compiégne habían
prestado el juramento cuya legitimidad se discutía tanto en aquella época, de
defender la Constitución, la libertad y la igualdad. Pero, durante el período
de prisión, la superiora mandó llamar al alcalde y todas las religiosas se
retractaron ante el notario del juramento que habían prestado, pues tal
práctica había sido condenada por el obispo de Soissons, entre otros. Tres
semanas más tarde, las prisioneras fueron trasladadas, entre insultos y malos
tratos, a la Conciergerie de París. Iban vestidas con el hábito religioso,
porque habían dejado «a lavar» sus vestidos de civiles. Durante el breve tiempo
que estuvieron encarceladas en la Conciergerie, observaron sus reglas en la
medida de lo posible; recitaban el oficio divino a las horas prescritas y su
conducta era una fuente de fortaleza para los otros prisioneros. Tres jueces se
encargaron de juzgarlas. Fouquier-Tinville asumió la acusación pero no se
designó defensor para las acusadas. Los cargos y pruebas que se adujeron contra
ellas eran triviales o infundados, pero Fouquier- Tinville insistió sobre todo
en el fanatismo de las religiosas. La hermana María Enriqueta se encaró con él
y le preguntó qué entendía por ese término, El fiscal respondió: «Por ese
término entiendo vuestras creencias infantiles y vuestro estúpido apego a las
prácticas religiosas». La monja se volvió entonces hacia sus hermanas y les
dijo: «Como veis, nos condenan por nuestra religión. Tendremos la felicidad de
morir por Dios». Todas fueron condenadas a muerte, lo mismo que Moulot de la
Ménardiére, por haberse «enemistado con el pueblo al conspirar contra la
Constitución».
Las carmelitas fueron trasportadas en
carretas a la «Place du Trone Renversé» (Plaza del Trono Derribado, actualmente
Plaza de la Nación). El viaje duró más de una hora que las religiosas emplearon
en cantar el «Miserere», la «Salve» y el «Te Deum» y en recitar las oraciones
por los moribundos. Cada una de las víctimas, al subir al cadalso, cantaba el
«Laudate Dominum omnes gentes», lo que impresionó profundamente a la multitud y
a los guardias. Entre las dieciséis religiosas ejecutadas había diez profesas de
coro, una novicia, tres hermanas legas y dos «torneras». La ejecución de la
novicia, que era la más joven, fue la primera; a la superiora la guillotinaron
al último. Los cuerpos de las mártires fueron arrojados en la fosa donde yacían
los cadáveres de otras 1282 víctimas del Terror. El martirio tuvo lugar el 17
de julio de 1794.
La superiora, beata Teresa (Magdalena
Ledoine) tenía cuarenta y dos años y había sido novicia en Saint-Denis, bajo el
gobierno de Luisa de Francia. El proceso de beatificación demostró que merecía
el honor de los altares, aunque no hubiese alcanzado el martirio. Era una mujer
vivaz, encantadora, bien educada e inteligente. La vicesuperiora, beata San
Luis (María Ana Brideau), era muy diferente de la anterior, taciturna y meticulosa
en la observancia de la regla y del orden. La beata Carlota (Ana María Thouret)
no había pensado en entrar al convento, pero al cumplir veinte años, ocurrió en
su vida algo que la hizo cambiar de idea e hizo los votos de carmelita al cabo
de un noviciado largo y difícil. La beata Eufrasia (María Claudia Brard) era
una religiosa muy vivaracha, cuyo temperamento extremoso la llevaba lo mismo a
exagerar en la penitencia que a gastar bromas a los visitadores. Era muy dada a
escribir cartas (su correspondencia con su primo La Ménardiére fue, en parte,
la causa de la detención de las religiosas) y todavía se conservan algunas
cartas suyas y de sus correspondientes. La beata Enriqueta (Gabriela De
Croissy) era sobrina-nieta de Colbert. La beata Julia Luisa era viuda de
Cristián de Neufville. Su esposo había muerto al cabo de algunos años de
felicidad conyugal, y Julia había caído en un estado de gran postración. Cuando
ingresó en el convento, no parecía que estuviese dispuesta a perseverar. Un
dicho suyo puede aplicarse a muchas almas que sufren, aunque no sea el martirio
por la fe: «Somos víctimas del estado de nuestra época y debemos sacrificarnos
por que nuestra época vuelva a Dios». La beata María Enriqueta (Anette Peleas)
fue la que se enfrentó con el abogado de la acusación e hizo constar que la
ejecución se debía a motivos religiosos. Las dos «torneras» se llamaban
Catalina Y Teresa Soiron; la beata Teresa, que era muy hermosa, se había negado
a aceptar el ofrecimiento de la princesa de Lamballe, quien le proponía que
trabajase en el convento de las carmelitas de su ciudad natal. Sólo una de las
víctimas tenía menos de treinta años. La más anciana tenía setenta y ocho. Las
mártires fueron beatificadas en 1906. Fueron las primeras víctimas de la
Revolución que alcanzaron el honor de los altares.
Durante el proceso, el tribunal se
trasladó dos veces a la abadía de Stanbrook, en el distrito de Worcester, donde
las benedictinas inglesas de Cambrai se habían establecido en 1838. La obrita
de V. Fierre en la colección Les Saints está muy bien escrita. Véase el libro
de C. de Grandmaison (1906), y los artículos de H. Chérot en Etudes (1904 y
1905). La madre Josefina (Francisca Philippe), que había sido anteriormente
superiora, abandonó la comunidad en la primavera de 1794. En 1823, fue
nuevamente admitida en el Carmelo, y escribió un valioso relato, que fue
publicado en 1836, después de su muerte.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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