San Símaco, papa y confesor
fecha: 19 de julio
†: 514 - país: Italia
otras formas del nombre: Symmachus
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 514 - país: Italia
otras formas del nombre: Symmachus
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Roma, en la basílica de San Pedro,
san Símaco, papa, a quien los cismáticos amargaron durante largo tiempo la vida
y murió finalmente como un auténtico confesor de la fe.
refieren a este santo: San Agapito I, San Cesáreo de
Arlés, San Ennodio de
Pavía
El Líber Pontificalis afirma que san
Símaco era hijo de un tal Fortunato y que nació en Cerdeña. Recibió el bautismo
en Roma, donde llegó a ser archidiácono del papa Anastasio II, a quien sucedió
en el pontificado el año 490. Pero el día mismo de la elección de san Símaco,
una minoría del clero, que simpatizaba con Bizancio, se reunió en Santa María
la Mayor y eligió papa a Lorenzo, arcipreste de Santa Práxedes. En la empresa
les ayudó, con dinero, un senador llamado Festo, a quien Anastasio, el
emperador de Constantinopla que debía proteger más tarde a los monofisitas,
había pagado para que procurase que el nuevo papa confirmase el documento
imperial conocido con el nombre de «Nenótikon de Zenón», condenado por su
predecesor. Tanto san Símaco como Lorenzo apelaron al arriano Teodorico, rey de
Ravena, quien zanjó la cuestión en favor de san Símaco, porque éste había sido
elegido antes que Lorenzo y por un número mayor de miembros del clero.
Teodorico aprovechó la ocasión para afirmar que Símaco «amaba al clero y al
pueblo y era bueno, prudente, amable y gracioso». Sin embargo, la sentencia de
Teodorico no puso fin a las dificultades que habían de perturbar la primera
mitad del pontificado de san Símaco.
El nombre del santo no figura en los
martirologios más antiguos, y apenas sabemos algo sobre su vida. Cuando
Trasimundo, el rey arriano, desterró a Cerdeña a muchos obispos del África, San
Símaco les envió dinero y vestidos para ellos y sus fieles. Todavía se conserva
la carta que les escribió para consolarlos y que les envió junto con algunas
reliquias de mártires. San Símaco fundó tres posadas para los pobres, socorrió
a las víctimas de las incursiones de los bárbaros en el norte de Italia y
rescató a numerosos cautivos. También decoró o restauró varias iglesias de Roma
y construyó las basílicas de San Andrés, de San Pancracio extra muros y de
Santa Inés, en la Vía Aurelia. Según la costumbre de la época, todos estos
hechos se conmemoraron en inscripciones. En una de ellas, refiriéndose al fin
de las dificultades con el antipapa Lorenzo, san Símaco dice: «Los lobos han
cesado de mordernos». El santo Pontífice murió el 19 de julio de 514 y fue
sepultado en San Pedro.
La figura de San Símaco pertenece a la
historia general de la Iglesia, de suerte que su biografía detallada puede
verse en obras como la de Hefele-Leclerq, Conciles, vol. II, pp. 957-973, 1349-1372. Cf. Duchesne, L´Eglise au VIe. siècle (1925),
pp. 113 -130. Véase también el Liber Pontificalis (Duchesne), vol. 1, pp. CXXXIII ss.,
44-46 y 260-263.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
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Santa Áurea, virgen y mártir
fecha: 19 de julio
†: 856 - país: España
canonización: pre-congregación
hagiografía: P. Juan Croisset, SJ
†: 856 - país: España
canonización: pre-congregación
hagiografía: P. Juan Croisset, SJ
En Córdoba, en la región hispánica de
Andalucía, santa Áurea, virgen, hermana de los santos mártires Adolfo y Juan,
que, en una de las persecuciones bajo los musulmanes, llevada ante el juez
negó, asustada, la fe, pero arrepentida de inmediato, se presentó al mismo
magistrado y, repetido el juicio, se mantuvo firme, con lo que superó al
enemigo en un nuevo combate con la efusión de su sangre.
refieren a este santo: Santos Adolfo y
Juan
Santa Áurea, cuya memoria ha sido siempre
célebre en la ciudad de Córdoba, que fue el terreno donde dio pruebas de su
eminente virtud y de su heroica constancia: fue hija de progenitores naturales
de Sevilla, descendiente por parte de padre de la mas esclarecida sangre de los
moros, que por entonces se hallaban dueños del precioso terreno de la Provincia
de Andalucía. Tuvo por hermanos a san Adulfo y a
san Juan, dos insignes mártires de Jesu-Cristo, y por madre a
Artemia, matrona distinguidísima, mas por la religión y por la piedad cristiana
en que fue educada, que por la nobleza de su prosapia. Retiróse ésta, habiendo
muerto su marido, al Monasterio de Santa María de Cuteclara, uno de los que
florecían en el territorio de Córdoba en el fervor de la observancia religiosa,
donde por su singular virtud, y por sus extraordinarios talentos, mereció que
se le encargase el gobierno y la dirección de aquella célebre comunidad. Llevó
consigo a su hija Áurea, a quien había instruido desde sus tiernos años en la
religión cristiana, como lo hizo con sus hermanos, a pesar de la contraria
secta que profesaba su padre. Vivió Áurea más de treinta años en aquel
monasterio, haciendo grandes progresos en la virtud bajo la enseñanza de su
santa madre, en la que siempre tuvo un despertador continuo, que la incitaba a
que aspirase a la cumbre de la más alta perfección; pero sin ocultar su fe a la
vista de los moros, de los que podía recelarse por traer de ellos su
descendencia, o porque como a tal pudieran acusarla de renegada; bien que como
era tan conocida su nobleza, y tenía deudos tan poderosos en Córdoba, entre
ellos el mismo juez árabe, no se atrevió alguno a delatarla.
No procedieron así los parientes que tenía
la santa en Sevilla, los que habiendo entendido la profesión de Áurea, se
dirigieron al monasterio para enterarse de la verdad, y poner el remedio que
pensaban. Hubieron gran sentimiento cuando la vieron cristiana: procuraron
persuadirla a que mudase de religión, manifestándole que degeneraba de su
ilustre sangre, en haber abandonado la Ley que siguieron todos sus
progenitores, fieles observantes de la secta de Mahoma. Valiéronse de cuantos
medios pudo sugerirles el amor y el enojo, a fin de separarla de su propósito;
pero desesperados de poderla reducir, la delataron ante el magistrado agareno,
rogándole que la aconsejase primero como deudo, y cuando no bastase, hiciese
los oficios de Juez.
Despachó al instante el juez ministros de
su confianza, para que trajesen a la ilustre virgen a su presencia, y
disimulado por entonces su enojo, le habló en términos tan halagüeños y tan
afables, que dejándose llevar Áurea o bien de la flaqueza de su sexo, o bien de
la idea de disimular su fe -lo que no era lícito ni permitido a los cristianos
en caso semejante- dio palabra a los suyos de que haría cuanto deseaban: con
cuya respuesta los unos se volvieron a servirla llenos de placer por el feliz
éxito del negocio que les trajo a Córdoba, y el juez satisfecho con la promesa,
la dejó ir libre para que obrase según su palabra.
Recapacitó Áurea sobre aquel hecho
impropio del carácter de los verdaderos Fieles, y no atreviéndose a volver al
monasterio por el rubor, y por la vergüenza que le causó una acción tan infame,
se retiró a una casa, que debió de ser de algunos de sus deudos cristianos,
donde, arrepentida de su fingimiento, pidió al Señor perdón de su pecado,
anegada en tiernas lágrimas. Conoció cuan poderosa sería la intercesión de sus
ilustres hermanos para alcanzar de Dios esta gracia; y recurriendo a ellos con
fervorosas súplicas, les rogó que intercediesen con la Majestad Divina, a fin
de que le diese fortaleza para seguir sus pasos.
Sentía el enemigo de la salvación el
doloroso arrepentimiento de Áurea, y pareciéndole que ninguna otra cosa podría
contribuir a separarla de su propósito como armarle por segunda vez el mismo
lazo en que cayó la primera, despertó con esta perversa intención la curiosidad
de algunos moros, para que observasen la vida de la ilustre Virgen, a fin de
reconocer por ella si con efecto cumplía su palabra. Vieron y comprobaron que
no había mudado de religión, y dieron noticia al juez de lo que pasaba. Sintió
éste la novedad y habiendo mandado traerla sin dilación a su presencia, reprendióle
severamente su inconstancia, y el defecto de su palabra, y procuró pervertirla
con terribles amenazas. Pero como la insigne virgen se hallaba fortalecida con
la gracia del Espíritu Santo, y deseaba con vivas ansias ocasión de dar al
mundo públicas pruebas de su fe, para lavar con su sangre la mancha de su
pecado, le respondió, con un valor y una fortaleza excesivas al ejemplo de
fragilidad que dio en el primer combate, de esta suerte: «Yo jamás me
separé de mi Señor Jesu-Cristo, ni por sólo un instante creí en vuestras
falsedades: si a Su presencia se deslizó un poco mi lengua, ella fue sola la
que erró; pero mi corazón siempre estuvo firme en lo que a mi Dios debía. Luego
que de ti me separé lloré mi culpa con arroyos de lágrimas; siempre he
conservado la fe, y la verdadera religión cristiana, que profesé desde mi
infancia, en la que me he ejercitado toda mi vida, manteniéndola con firme
propósito de no dejarla aunque sea a costa de mi sangre. El Señor a quien me
consagré desde mis tiernos años, condolido de mi flaqueza, me ha fortificado
con su poderosa mano, él es quien me restituyó, por su infinita bondad, a su
primera gracia; por tanto tú, como Juez, elige lo que te parezca, o bien
quítame la vida según disponen tus leyes, o bien déjame libre para que satisfaga
las obligaciones de mi religión y de mi estado».
Quedó confuso el juez a vista de la
maravillosa constancia de Áurea, y no pudiendo contener la indignación dentro
del pecho, mandó ponerla en una dura prisión mientras daba parte al Rey de
aquel negocio, en que se interesaba una persona tan calificada; con cuyo
acuerdo providenció al día siguiente que la decapitasen, y en seguida la
colgasen por los pies en un palo, donde había sido ajusticiado un homicida.
Pero no satisfecho con aquel castigo, dio orden para que arrojasen los moros el
venerable cadáver con los de otros malhechores al río Guadalquivir, con el
perverso intento de que los cristianos no pudiesen tributarle los honores que
acostumbraban a los ilustres mártires, que padecieron por defensa de la fe en
aquellas lamentables edades.
Hemos tomado este texto del «Suplemento á
la última edicion del Año Christiano», del P. Juan Croisset, S.J. (Juan de
Croiset, dice la portadilla), en redacción correspondiente de D. Juan Julián
Caparrós, tomo II, pág 123 a 127, edición de 1797, afortunadamente puesta a
disposición, en un escaneo de muy
buena calidad, por Google Libros. He corregido parte de la
gramática del texto, para evitar mayores dificultades en la lectura, sin
embargo, me ha parecido adecuado respetar algo del sabor antiguo de la
redacción, que es gran parte del atractivo de las páginas del Croisset.
La fuente única para éste, como para la inmensa mayoría de los «mártires de Córdoba», es el «Memoriale Sanctorum» de san Eulogio de Córdoba; en este caso la historia está en el libro III, cap XVII, de donde el P. Caparrós recoge lo sustancial de la historia y puede decirse que literalmente las palabras de Áurea en su palinodia ante el Juez. El texto de Eulogio puede verse, en latín, en una edición facsimilar muy legible, en el proyecto Cervantes Virtual; el capítulo correspondiente está en la página 80 digital (correspondiente a 71 del impreso).
La fuente única para éste, como para la inmensa mayoría de los «mártires de Córdoba», es el «Memoriale Sanctorum» de san Eulogio de Córdoba; en este caso la historia está en el libro III, cap XVII, de donde el P. Caparrós recoge lo sustancial de la historia y puede decirse que literalmente las palabras de Áurea en su palinodia ante el Juez. El texto de Eulogio puede verse, en latín, en una edición facsimilar muy legible, en el proyecto Cervantes Virtual; el capítulo correspondiente está en la página 80 digital (correspondiente a 71 del impreso).
fuente: P. Juan Croisset, SJ
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2460
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