Santos Reinildis, Grimoaldo y Gondulfo, mártires
fecha: 16 de julio
†: c. 680 - país: Bélgica
otras formas del nombre: Reineldis, Reinhild, Renelde
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: c. 680 - país: Bélgica
otras formas del nombre: Reineldis, Reinhild, Renelde
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Saintes, en Hainaut, santos mártires
Reinildis, virgen, Grimoaldo y Gondulfo, los cuales, según cuenta la tradición,
fueron asesinados por unos salteadores.
Santa Reineldis era hija del conde Witger
y de Amalberga, y a la vez hermana de santa Gúdula.
La biografía de Santa Reineldis, que no es ciertamente anterior al siglo XI,
carece de valor histórico. Los hechos fundamentales que transmite son que
cuando sus padres abrazaron la vida religiosa y su hermana se retiró a Moorsel,
siguió a su padre a la abadía de Lobbes, con la esperanza de ser admitida»
también. Como no lo consiguiese, pasó tres días y tres noches en oración en la
iglesia. En seguida partió en
peregrinación a Tierra Santa, de donde volvió siete años más tarde, y se
estableció en Saintes, de la provincia de Hales, donde había nacido. Pasaba el
tiempo consagrada a los actos de piedad y a las obras de misericordia, ayudada
por un subdiácono llamado Grimoaldo y por su criado Gondulfo. Los tres murieron
durante una invasión de los bárbaros, en Saintes de Hales o en Kontich de
Amberes, y fueron venerados como mártires.
La biografía puede verse en Acta
Sanctorum, julio, vol. IV. Sobre la translación de las reliquias de la santa,
cf. Analecta Bollandiana, vol. XXII (1903), pp. 439-445. Acerca del sitio de su
muerte, cf. Analecta Bollandiana, vol. LXIX (1951), pp. 348-387. Artículo
reproducido del Butler con variantes.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2414
San Sisenando, diácono y mártir
fecha: 16 de julio
†: 851 - país: España
canonización: pre-congregación
hagiografía: Abel Della Costa
†: 851 - país: España
canonización: pre-congregación
hagiografía: Abel Della Costa
En la ciudad de Córdoba, en la región
hispánica de Andalucía, san Sisenando, diácono y mártir, decapitado por los
sarracenos por su fe en Cristo.
refieren a este santo: San Pablo de
Córdoba, San Teodomiro
«Un clérigo santísimo, Sisenando, nacido en
Beja (Portugal), bajado a Córdoba, educado dignamente en la basílica de San
Asisclo -donde descansan los cuerpos de los mártires-, estaba preparado para
volver con su familia. Pero desde el cielo fue invitado por los beatísimos
mártires Pedro y
Walabonso, y también él se encaminó al martirio.»
Así, sin mayores preámbulos, nos coloca san Eulogio de
Córdoba de lleno en la pequeña historia de san Sisenando, a
quien pocas líneas más abajo, comparando con la brutalidad de los guardias, lo
llamará «delicado efebo»; así que venimos a saber que se trata de un
adolescente, clérigo -en la época se entraba en la clerecía ya con las órdenes
menores, por lo que no sabemos si fue diácono, como afirma el Martirologio
Romano (la palabra «levita», que utiliza Eulogio, puede entenderse
específicamente como diácono, o con más frecuencia como el genérico
«clérigo»)-, y que fue llamado al martirio.
Ése es el punto fundamental que le
interesa a Eulogio transmitir, y que a nosotros nos puede chocar un tanto, e
incluso contradecir nuestro modo de entender el martirio. Sisenando, al igual
que la mayoría de los mártires eulogianos, se presenta espontáneamente al Juez
islámico para confesar la verdadera fe y desenmascarar la falsedad del Profeta.
Incluso en algún caso, como san Abundio,
hace apenas unos días, el autor dedica una reflexión específica a mostrar que,
aunque Abundio no se presentó espontáneamente al martirio, hizo «de la
necesidad virtud», y una vez frente al Juez, se hizo acreedor de la palma de la
victoria. Sin duda que a Eulogio y a muchos escritores antiguos nuestra
doctrina firmemente establecida de que al martirio no debe llegarse por propia
voluntad les sonaría casi ridícula. Sin embargo, no se trata de mera voluntad
humana: para que el mártir conciba el deseo de serlo, debe estar
específicamente llamado a ello: hay, para Eulogio, una auténtica vocación al
martirio, que se valida por signos del cielo, y se expresa literariamente, por
ejemplo, en escenas como la que leímos al comenzar esta nota: dos mártires se
le acercan de alguna manera (visión, sueño, no lo sabemos), y lo invitan a
acompañarlos en la gloria del martirio.
Eulogio no cede a la fácil tentación de
adornar su escena con excesivo sobrenaturalismo, ¡ni siquiera con el esperable
naturalismo!: no sabemos cómo fue esa invitación de los mártires, no sabemos
siquiera cómo fue la primera confesión de Sisenando ante el Juez, ya que en el
fragmento siguiente al que leímos, ya está en la cárcel:
«Mientras permanecía en la cárcel,
inspirado por un espíritu profético, anunció con antelación el momento de su
patíbulo. Así, cuando llegó el tiempo de responder a cierto amigo que deseó
preguntarle, le escribió una tres o cuatro pequeños versos: atacado súbitamente por una gran hilaridad -vivificado ya, en cierto modo, por la alegría celeste-,
se levantó del lugar donde estaba, y al niño portador de la misiva (a quien
todos los soldados de Cristo entregaban sus mensajes), le entregó el
medioescrito tal como estaba, que se dice que muchos lo escucharon:
retrocede hijo,
que no aplastes con la fuerza de la compañía,
porque ya las potencias de las tinieblas me vienen a sacar,
ahora será exhibido degollado.»
retrocede hijo,
que no aplastes con la fuerza de la compañía,
porque ya las potencias de las tinieblas me vienen a sacar,
ahora será exhibido degollado.»
Recuérdese que son unos «medios versos»,
apenas articulados, así que Eulogio los consigna sin completa concordancia
gramatical, pero su sentido es perfectamente claro: así como lo invitaron al
martirio los dos mártires Pedro y Walabonso, ahora un espíritu de profecía hace
saber al resto del mundo la veracidad de la elección divina, y por tanto la
impiedad de la compasión humana por su muerte. La primera escena era para
Sisenando, la profética es para los espectadores, y entre ellos, nosotros.
Como la profecía contiene ya la
descripción de cuál será el modo concreto de la muerte (por degollamiento), no
necesita detenerse en detalles de la escena -Eulogio no abunda en imágenes
sangrientas ni se recrea en torturas-, y más bien se explaya en reafirmar su
doctrina del martirio como una vocación específica:
«Después de esta profecía, mientras él
permanecía quieto en el lugar, llegaron en ese mismo momento guardias gritando,
y lo condujeron con furia al lugar donde se consumaría el martirio, dándole
bofetadas y puñetazos. Proseguía el siervo de Dios glorificando en su alma,
cierto de la corona de la victoria, puesto que había sido invitado al celeste
banquete por los santos que le habían exhortado. Y así, presentado al juez,
permaneciendo en la misma santa confesión que al principio, el delicado joven
recibió una gloriosa muerte, y sus restos fueron arrojados fuera del palacio
-el 16 de julio, jueves-, al descampado.»
Finalmente, tal como tras estos santos que
lo invitaron y tras este espíritu profético que interpreta su muerte, está el
Dios verdadero atestiguado en el martirio, el mismo Dios corona el sentido de
esta joven vida, que en criterios puramente humanos fue prematuramente segada,
señalando milagrosamente sus huesos para que puedan formar parte del tesoro de los
santos, y así como en San Asisclo comenzó la formación de este mártir, en San
Asisclo descansa su corona:
«Tras muchos días, le dio Dios a unas
mujeres descubrir los huesos escondidos entre las piedras; y los llevaron a la cámara de los mártires de la basílica de San Asisclo.»
Sólo resta agregar por nuestra cuenta, que
las religuias de san Sisenando, junto con las demás que se suponen
pertenecientes a los mártires de Córdoba, se veneran hoy en la parroquia de San
Pedro, en la misma ciudad.
El texto, emocionante como todos los
relatos de Eulogio, se encuentra en el «Memoriale Sanctorum», la gran obra del
santo, en el capítulo V del libro II. La biblioteca Cervantes virtual pone a
nuestra disposición una edición latina
antigua, de 1574, facsimilar, pero de buena legibilidad. He
traducido el fragmento lo mejor que he sabido (no se trata de un latín
demasiado académico), que espero llegue a transmitir algo del sabor original.
En la Piadosa Hermandad del Santísimo
Sacramento y Santos Mártires de Córdoba se sintetizan
algunas historias de estos mártires (aunque realmente vale la pena tratar de
leer directamente a Eulogio), y allí mismo hay algunas indicaciones
bibliográficas.
Abel Della Costa
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
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