sábado, 6 de junio de 2015

Las alcancías del Templo (Virtudes y Valores)

Las alcancías del Templo
Hay dos grandes grupos de personas cuando se trata de dar: el grupo de los generosos y el grupo de los calculadores.


Por: Ignacio Buisán, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores





La anécdota de esta mujer viuda que echó en las alcancías del Templo dos moneditas de muy poco valor, es aprovechada por Jesús para dejarnos una gran lección. Jesús no compara entre los que dan y los que no dan; ni siquiera entre los que dan mucho y los que dan poco. Jesús lo que hace es fijarse en la calidad del gesto. Es muy significativo que se detenga expresamente y se ponga a observar precisamente cómo la gente depositaba su dinero en las alcancías del Templo. Y fruto de esa observación les hace ver a sus discípulos que la calidad del gesto de la viuda se encontraba precisamente en el hecho de que esa mujer no echó de lo que le sobraba sino de lo que tenía para vivir.

Hay dos grandes grupos de personas cuando se trata de dar: el grupo de los generosos y el grupo de los calculadores. Lo que caracteriza al grupo de los generosos no es el hecho de que den o dejen de dar, sino que lo que dan lo dan con gusto. Mientras el otro grupo se caracteriza por el cálculo y suelen dar mucho menos de lo que podrían dar.

Hoy se habla mucho de las grandes riquezas de la Iglesia; me entristecen y me aburren esos comentarios que son fruto de una terrible ignorancia. A muchos les gustaría que la Iglesia se deshiciera de las obras de arte, de los grandes palacios y de todos los objetos valiosos, que al parecer son la causa, aunque yo más bien diría la excusa, de que muchos se alejen de ella.

Sin embargo se habla muy poco de la contribución de la Iglesia que en la actualidad y a través de los siglos ha realizado a favor de los más necesitados, siguiendo los consejos de Cristo: Asilos, presencia en las cárceles para ayudar a los presos, orfanatos, leprosarios, hospitales, escuelas en barrios marginados, centros de rehabilitación para drogadictos, atención a enfermos de SIDA, obras de beneficencia, atención a niños y adultos con capacidades diferentes… un ejército de hombres y mujeres que han dado su vida o están dando su vida al servicio de los más necesitados por amor a Cristo y por amor al prójimo. Hoy, que ya no es, quizás, tan visible o tan notoria esa contribución, sobre todo, de la vida consagrada, debido principalmente a la falta de vocaciones. Pero son los católicos, los laicos que forman la Iglesia, los que están tomando el relevo en esa cadena interminable de caridad.

Por otra parte, casi nadie sabe que existe, por ejemplo, un organismo del Vaticano que se llama “Cor Unum” que cada año ofrece ayudas cuantiosas a poblaciones afectadas por calamidades y también para proyectos de promoción humana y cristiana. O la labor de “Caritas” diocesana, que en todo el mundo distribuye ayuda a las personas más necesitadas de cada Parroquia; o la fundación “Populorum progressio” que dedica millones de dólares a financiar, actualmente, más de 200 microproyectos de apoyo a poblaciones indígenas, mestizas y afroamericanas campesinas pobres de América Latina y del Caribe, y así podría seguir nombrando miles de instituciones a nivel mundial cuyo tronco común es la Iglesia Católica.

Creo que todos hemos crecido en una cultura religiosa que no favorece mucho el dar. En parte es porque sabemos que sí hay gente generosa que da y pensamos que eso nos exime de alguna manera a nosotros de contribuir con algunas aportaciones significativas a la Iglesia o a alguna de sus obras. Son pocos los que a la hora de administrar sus recursos piensan en la Iglesia; para la mayoría la única contribución es la moneda o el billete que depositan en el cesto los domingos, y eso porque el cesto circula por las bancas; sería interesante ver el resultado si permaneciese estático en algún lugar de la iglesia.

Son muy pocos los católicos que están fuertemente comprometidos con recursos materiales o humanos en algún proyecto u obra de la Iglesia. La mayoría prefiere evitar involucrarse y comprometerse.

Todos estamos tan convencidos y tan acostumbrados a que la religión sea gratis que ya no la valoramos, ni agradecemos los múltiples servicios que sigue prestando la Iglesia. Por el contrario a veces somos sumamente exigentes, duros y protestones.

Antes, en los países católicos, lo primero que se elevaba en un pueblo o en una ciudad era la Iglesia, que se convertía en un proyecto común. Ahora, en las nuevas colonias la iglesia queda hasta el final, muchas veces se celebra la Misa en locales insuficientes y poco dignos.

Se está produciendo un fenómeno nuevo, en ciudades de mayoría católica empiezan a aparecer templos no católicos que superan con mucho las dimensiones y la dignidad de nuestras iglesias. Hay países, sobre todo en Europa, en los que hay templos que han pasado a ser bodegas o incluso se han convertido en discotecas. Ese dato, que debería hacernos reflexionar y debería mover nuestra una conciencia, nos provoca la misma pasiva reacción que cuando escuchamos las noticias y las vemos por la televisión; estamos tan acostumbrados a vivir despreocupados de las necesidades de la Iglesia que ni nos sacude un poco el alma para hacer más por nuestra fe y por nuestra Iglesia.



¡Vence el mal con el bien!

El servicio es gratuito

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