Impletum est tempus Elizabeth.
«Para Isabel llegó el tiempo [de su alumbramiento] y dio a luz a un hijo.
Su nombre es Juan. Entonces dijo la gente: ¿Qué maravilla llegará a ser este
niño? Pues la mano de Dios está con él» (Lucas 1, 57; 63; 66). En un escrito
se dice: Éste es el don máximo, que somos hijos de Dios y que Él engendra
en nosotros a su Hijo (véase 1 Juan 3, 1). El alma que pretende ser hijo de
Dios no debe alumbrar nada en sí, y en aquella en la que habrá de nacer el Hijo
de Dios, no debe engendrarse nada más. La intención máxima de Dios consiste en
engendrar. Nunca se contenta, a no ser que engendre en nosotros a su Hijo. El
alma tampoco se da por satisfecha en manera alguna, si no nace en ella el Hijo
de Dios. Y de ahí surge la gracia. Ahí se infunde [la] gracia. [La] gracia no
obra; su devenir es su obra. Fluye desde el ser divino y fluye en el ser del
alma, mas no en las potencias[84].
Cuando llegó el tiempo, nació [la] «gracia». ¿Cuándo es [la] plenitud del
tiempo?[85]
Cuando ya no existe el tiempo. Cuando uno, en medio del tiempo, ha puesto su
corazón en la eternidad y todas las cosas temporales han muerto en su fuero
íntimo, entonces es la «plenitud del tiempo». Alguna vez dije: Quien se alegra
en el tiempo, no se alegra todo el tiempo. Dice San Pablo: «¡Todo el
tiempo alegraos en el Señor!» (Filip. 4, 4). Quien se alegra por encima del
tiempo y fuera del tiempo, éste se alegra todo el tiempo. Dice un escrito: Tres
cosas le impiden al hombre que pueda reconocer a Dios de algún modo. La primera
es [el] tiempo, la segunda [la] corporalidad, [la] tercera la multiplicidad.
Mientras estas tres permanecen dentro de mí, Dios no se encuentra en mi
interior ni opera verdaderamente en mi fuero íntimo. Dice San Agustín[86]:Débese
a la concupiscencia del alma el que quiera agarrar y poseer muchas cosas y por
ello extiende la mano hacia el tiempo y la corporalidad y la multiplicidad y al
hacerlo pierde justamente lo que posee. Pues, mientras hay en tu interior más y
más [cosas], Dios no puede nunca morar ni obrar dentro de ti. Si Dios ha de
entrar, esas cosas siempre deben ser expulsadas, a no ser que tú las poseas de
forma mejor y más elevada [en el sentido de] que dentro de ti la multiplicidad
se haya convertido en uno. Entonces, cuanto mayor sea la multiplicidad en tu
fuero íntimo, tanta más unidad habrá, pues una cosa será trocada en la otra.
Alguna vez dije: [La] unidad une toda la multiplicidad, pero [la]
multiplicidad no une [la] unidad. Si somos levantados por encima de todas las
cosas, y si todo cuanto hay en nuestro interior se halla [igualmente] elevado,
nada nos oprime. Lo que está por debajo de mí, no me oprime. Si yo tendiera con
pureza hacia Dios, de modo que no hubiese nada por encima de mí a excepción de
Dios, nada me resultaría pesado y yo no me afligiría tan rápidamente. Dice San Agustín:
Señor, si me dirijo hacia ti, se me quitan cualquier molestia, pena y
trabajo. Si hemos ido más allá del tiempo y de las cosas temporales, somos
libres y siempre alegres, y entonces se da [la] plenitud del tiempo; entonces
el Hijo de Dios nace en ti. Alguna vez dije: «Cuando llegó la plenitud de los
tiempos, Dios envió a su Hijo» (Gal. 4, 4). Si nace en tu interior alguna cosa
que no es el Hijo, no tienes el Espíritu Santo, y [la] gracia no opera dentro
de ti. [El] origen del Espíritu Santo no puede emanar ni salir floreciendo de
ningún lugar que no sea el Hijo. Allí donde el Padre engendra a su Hijo, le da
todo cuanto posee en su esencia y naturaleza. De este acto de dar emana el
Espíritu Santo. Así también es la intención de Dios dársenos completamente.
Sucede de la misma manera que cuando el fuego quiere asimilar el leño y
asimilarse a su vez al leño, entonces descubre que el leño le es desigual. Por
esta razón le hace falta tener tiempo. Primero calienta y caldea [al leño] y
luego, éste humea y crepita porque es desigual [al fuego]; y después, cuanto
más se caliente el leño, tanto más calmo y tranquilo se pondrá y cuanto más se
iguale al fuego, tanto más pacífico será hasta convertirse totalmente en fuego.
Si el fuego ha de asimilar al leño, toda la desigualdad debe ser expulsada.
Por la verdad que es Dios: si has puesto tus miras en una cosa cualquiera y
no sólo en Dios o si buscas algo distinto a Dios, la obra que realizas no es
tuya ni es, por cierto, de Dios. La obra la constituye aquello hacia lo cual
apunta tu propósito final. Aquello que obra dentro de mí, es mi padre y yo
estoy sometido a él. Es imposible que en la naturaleza existan dos padres;
siempre debe haber un solo padre en la naturaleza. Cuando las otras cosas están
expulsadas y «plenas» [en su tiempo] entonces tiene lugar este nacimiento. Lo
que llena por completo, toca todos los extremos y no falta en ninguna parte;
tiene anchura y longitud, altura y profundidad. Si tuviera altura mas no
anchura ni longitud ni profundidad, no llenaría por completo. Dice San Pablo:
«Rogad que podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura, la
altura, la longitud y la profundidad». (Efesios 3, 18).
Estos tres aspectos significan tres clases de conocimiento. El primero es
sensitivo: el ojo ve hasta muy lejos las cosas que están fuera de él. El
segundo es racional y mucho más elevado. El tercero significa una potencia
noble del alma, tan elevada y noble que aprehende a Dios en su propia esencia
desnuda. Esta potencia no tiene ninguna cosa en común con nada, de nada hace
algo y todo. No sabe nada de ayer ni de anteayer ni de mañana ni de pasado
mañana, porque en la eternidad, no existe ni [el] ayer ni [el] mañana, allí hay
un «ahora» presente; lo que fue hace mil años y lo que sobrevendrá luego de mil
años, allí se halla presente, e [igualmente] aquello que se encuentra allende
el mar. Esta potencia aprehende a Dios en su vestuario. Un escrito dice:
«En Él, por intermedio de Él y por Él» (Cfr. Romanos 11, 36). «En Él», esto es
en el Padre, «por intermedio de Él», esto es en el Hijo, y «por Él», esto es en
el Espíritu Santo. San Agustín pronuncia una palabra[87]
que suena muy desigual con respecto a la anterior y, sin embargo, le resulta
del todo igual: Nada es verdad a no ser que encierre en sí toda la verdad. Esta
potencia aprehende todas las cosas en la verdad. Para esta potencia no hay cosa
encubierta. Dice un escrito: «La cabeza de los varones ha de estar
desnuda y la de las mujeres cubierta» (Cfr. 1 Cor. 11, 7 y 6). Las «mujeres»
son las potencias inferiores que deben estar cubiertas. El «varón» [en cambio],
es dicha potencia que ha de estar desnuda y descubierta.
«¿Qué maravilla llegará a ser este niño?» Vez pasada pronuncié una
palabrita ante algunas personas que acaso estén presentes también aquí, y dije
lo siguiente: No hay nada tan encubierto que no se haya de descubrir (Mateo 10,
26; Lucas 12, 2; Marcos 4, 22). Todo cuanto es [la] nada, ha de ser depuesto y
encubierto de modo tal que ni siquiera se lo deba pensar jamás. No debemos
saber nada de [la] nada y no hemos de tener nada en común con [la] nada. Todas
las criaturas son pura nada. Lo que no está ni acá ni allá, y donde existe el
olvido de todas las criaturas, allí hay plenitud de todo ser. Dije en aquella
ocasión: En nuestro fuero íntimo no debe estar encubierto nada que no
descubramos íntegramente ante Dios, entregándoselo por completo. Cualquiera que
sea el estado en que nos encontremos, sea en la capacidad o en la incapacidad,
sea en el amor o en la pena, cualquier cosa hacia la cual nos veamos
inclinados, de [todo] esto debemos despojarnos. En verdad, si le descubrimos [a
Dios] todo, Él, a su vez, nos descubre todo cuanto tiene y en la verdad no nos
encubre absolutamente nada de todo cuanto es capaz de ofrecer, ni sabiduría ni
verdad ni misterio ni divinidad ni ninguna otra cosa. Ciertamente, esto es tan
verdad como el hecho de que Dios vive, siempre y cuando se lo descubramos
[todo]. Si no se lo descubrimos, no es nada sorprendente que Él tampoco nos
descubra nada; pues ha de ser totalmente equitativo: cuanto [le hacemos]
nosotros a Él, tanto [nos hace] Él a nosotros.
Dan motivo para lamentarse ciertas personas que se imaginan haber llegado a
un punto muy alto y estar muy unidos con Dios y, sin embargo, todavía no se han
desasido en absoluto y aún se aferran a nonadas en [el] amor y en [la] pena.
Están muy alejados de lo que se imaginan [ser]. Ambicionan muchas cosas y
pretenden otro tanto. Alguna vez dije yo: Quien busca [la] nada ¿a quién puede
quejarse por haber encontrado [la] nada? Si encontró lo que buscaba. Quien
busca o ambiciona una cosa cualquiera, busca y ambiciona [la] nada, y quien pide
una cosa cualquiera recibe [la] nada. Pero quien no busca ni ambiciona nada
fuera de Dios solo, a éste Dios le descubre y da todo cuanto tiene escondido en
su corazón divino para que le sea tan propio como es propiedad de Dios, ni más
ni menos, con tal de que tienda inmediatamente hacia Dios solo. El que el
enfermo no saboree la comida y el vino ¿es de sorprender? Pues, él no percibe
el sabor peculiar del vino y de la comida. La lengua tiene una saburra y una
capa con las cuales percibe, y éstas son amargas según el carácter enfermizo de
la dolencia. [La comida y la bebida] todavía no han llegado hacia donde se las
debía saborear; al enfermo le parecen amargas y él tiene razón, porque han de
ser amargas debido a la saburra y la capa. Si no se quita esta capa, nada tiene
su sabor propio. Mientras no se nos haya quitado la «capa», nunca saborearemos
a Dios en su peculiaridad, y nuestra vida a menudo nos resultará penosa y
amarga.
Dije cierta vez: «Las vírgenes le siguen al cordero dondequiera que vaya,
inmediatamente» (Apocal. 14, 4). En nuestro caso hay algunas vírgenes, mas
otras no son vírgenes y, sin embargo, se imaginan serlo. Aquellas que son
vírgenes de verdad, le siguen al cordero dondequiera que vaya, en lo penoso
como en lo agradable. Algunas le siguen al cordero cuando avanza en medio de la
dulzura y comodidad; pero, cuando marcha hacia el sufrimiento y el infortunio y
el trabajo, se dan vuelta y no lo siguen. A fe mía, éstas no son vírgenes,
parezcan lo que parecieran. Algunos dicen: Y bien, señor, yo podré llegar allí
en medio del honor, de las riquezas y de la comodidad. ¡Por cierto! si el
cordero llevaba semejante vida y os precedía así, yo os permito de buen grado
que [lo] sigáis de la misma manera, [mas] las vírgenes corren detrás del cordero
por los estrechos y las tierras lejanas y por dondequiera que vaya.
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