Santa Juliana Falconieri | |
Santa Juliana Falconeri, virgen y fundadora
En Florencia, en la Toscana, santa Juliana Falconeri, virgen, que fundó las Hermanas de la Orden de los Siervos de María, llamadas por su hábito religioso «Mantelatas».
Se la considera fundadora de las Siervas de la Virgen María, aunque en realidad fue contemporánea de los iniciadores de la misma. Tal reconocimiento devino al paso del tiempo ya que muchas jóvenes desearon seguir sus pasos. Los hechos verificables de su vida los proporciona fray Pablo Attavanti, quien en el siglo XV recogió testimonios orales acerca de la santa en sus «Diálogos sobre el origen de la orden» y«Cuaresmario».
Nació en Florencia en 1270. Era sobrina de san Alejo Falconieri, al que escuchó predicar sobre el juicio final cuando era adolescente. A su familia, que poseía cuantiosos bienes, se debía la construcción de la iglesia de la Annunziata cuyos claustros se acostumbró a recorrer buscando la soledad y el silencio para elevar sus plegarias a Dios y recibir la Eucaristía; la devoción por ella caracterizó su vida. En esta etapa consagró su virginidad y determinó seguir a Cristo.
Su tío era uno de los siete fundadores de los Siervos de María, y al conocer el estilo de vida que llevaban se sintió llamada a encarnarlo. Se encomendó a María y cuando obtuvo el permiso correspondiente de su familia vistió el hábito de esa Orden, que le impuso san Felipe Benicio; era la primera mujer que lo hacía, ya que se trataba de una institución integrada por varones.
Siguió viviendo en su domicilio porque su padre había muerto y se ocupaba de atender a su madre. Entretanto, otras jóvenes que compartían su mismo ideal frecuentaban la Annunziata, donde se hallaban los Siervos, hasta que todas se congregaron para vivir unidas en una casa colindante a la iglesia. Se cubrieron con una capa larga –de ahí su nombre de Mantellate–, que simbolizaba su espíritu penitencial, y se propusieron contemplar la Pasión y muerte de Cristo meditando en el dolor de la Virgen.Juliana era muy devota de Ella, a la que dedicaba los sábados, como hacía los viernes con la Pasión de Cristo.
Fue creciendo espiritualmente siguiendo las pautas evangélicas, ayudada por la oración y un ayuno tan severo que afectó a su estómago al punto que fue incapaz de retener los alimentos; las vigilias y cilicios la dejaban extenuada. Así dominó las tentaciones que le sobrevinieron. El maligno la tuvo en su punto de mira. Insultos, golpes, intentos de mancillar su pureza… Todo en vano; no pudo arrastrarla consigo.
Era noble; estaba llena de inocencia evangélica. La simple idea del mal le horrorizaba: «prefiero morir antes que manchar mi alma con la culpa más pequeña». Su caridad y bondad, junto con su espíritu obsequioso, indujo a muchas personas a la conversión. Daba tales pruebas de amor a Dios que sus conversaciones eran más persuasivas que el sermón de los más insignes predicadores. Fue solícita con los pobres a los que trató con ternura.
Las jóvenes que comenzaron a imitar su forma de vida adoptaron junto a ella el carisma de los Siervos de María. Cuando el número creció, tomaron el nombre de «Siervas de la Virgen María». La santa redactó un reglamento, aprobado nada menos que por cuatro pontífices (Honorio IV, Nicolás IV, Benedicto XI y Martín V), y encabezó su cumplimiento. Después de la muerte de su madre se desprendió de todos sus bienes que dio a los pobres, y en 1302 se trasladó con la comunidad.
En 1306 fue unánimemente elegida superiora tal como san Felipe Benicio le vaticinó que sucedería siendo una niña. Acogió con lágrimas esta misión, que en absoluto deseaba para ella, puesto que únicamente quería cumplir con fidelidad la observancia, pero la encarnó de manera admirable. Su ascesis y cuantas mortificaciones realizaba las ofrecía también por las almas del purgatorio. A través de sus ayunos y oraciones obtenía la gracia de restaurar la paz donde había discordia. Dios quiso premiar su virtud con una serie de signos extraordinarios.
Muchos enfermos solían curarse con el simple roce de sus manos. Pero el hecho más significativo sucedió en el momento de su muerte a la que llegó habiendo cultivado su honda devoción mariana y un apasionado amor a la Eucaristía. Como su estómago no podía contener ningún alimento, pasó por la prueba más dolorosa de sus días al ver que no podía recibir el Cuerpo de Cristo porque corría el riesgo de vomitarlo. Ya llevaba un tiempo sin comulgar, pero en ese último trance rogó vehementemente al P. Giacomo da Campo Reggio que al menos pudieran permitirle ver y adorar la Eucaristía.
El sacerdote atendió esta súplica, y Juliana le pidió que se la pusieran sobre su pecho ya que su organismo no la admitía. Lo hicieron. Le colocaron un mantel blanco, elemento litúrgico, y sobre él la Forma consagrada que desapareció milagrosamente, tras lo cual expiró musitando «Mi dulce Jesús».
Al amortajarla sus hermanas vieron que sobre su piel, a la altura del corazón, se apreciaba claramente la huella de una cicatriz que tenía los visos de haber sido el lugar por donde penetró la Sagrada Forma. La iconografía acostumbra a representarla reproduciendo este milagroso hecho. Inocencio XI la beatificó el 8 de julio de 1678. Y Clemente XII la canonizó el 16 de junio de 1737.
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Beato Ladislaw Findysz | |||||||
Beatos Ladislaw Findysz, Bornislaw Markiewicz, Ignacio Kłopotowski
Durante la clausura del III Congreso Eucarístico Nacional de Polonia y por encargo del Papa Benedicto XVI, el cardenal Józef Glemp, arzobispo de Varsovia y primado de Polonia, presidió (2005) en la capital polaca la santa misa de clausura del III Congreso Eucarístico Nacional Polaco y la beatificaciones de tres sacerdotes compatriotas.
Entre beatos se encuentra un mártir: el sacerdote diocesano Ladislaw Findysz. Nació en Krościenko Niżne, en la entonces diócesis de Przemyśl de los latinos, el 13 de diciembre de 1907. Diligente y valiente párroco en Nowy Żmigród, en la actual diócesis de Rzeszów, desarrolló su misión en tiempo de guerra y después, bajo el régimen comunista, que le encarceló en 1963 a causa de su ministerio pastoral.
En prisión el padre Findysz fue sometido a humillaciones y maltratos y se le impidió atención. Puesto en libertad, con la salud ya destruida, murió a los pocos meses el 21 de agosto de 1964 en la diócesis a la que pertenecía.
El del padre Bornislaw Markiewicz, quien nació en Pruchnik, cerca de Przemyśl, el 13 de julio de 1842. Fue vicario cooperador, párroco y profesor de seminario. En Turín ingresó en la Sociedad Salesiana de San Juan Bosco.
De regreso a Polonia, se ocupó sobre todo de la formación de la juventud pobre y huérfana. Fundó las Congregaciones masculina y femenina de San Miguel Arcángel --aprobadas tras su muerte, ocurrida en Miejsce Piastowe el 29 de enero de 1912--; los «miguelitas» hace años que pertenecen a la Familia Salesiana.
El sacerdote diocesano Ignacio Kłopotowski --nacido el 20 de julio de 1866 en Korzeniówka--, muy comprometido en actividades socio-caritativas y literario-publicistas. Se ocupó de la formación de los jóvenes, la recuperación de muchachas en dificultades, la asistencia a los huérfanos y a los ancianos. Párroco en Varsovia, fundó las Hermanas de la Beata Virgen María de Loreto. Murió en esta ciudad el 7 de septiembre de 1931.
La Plaza Pilsudski, de Varsovia, será el significativo marco de la solemne Eucaristía: allí el Papa Juan Pablo II presidió la Misa en su primera visita pastoral a Polonia en 1979 (entonces se llamaba Plaza de la Victoria), y también fue donde, en cuanto murió, se celebraron Misas en sufragio por su alma con una importantísima presencia de fieles.
Con la beatificación de Marianne Cope y Ascensión del Corazón de Jesús, que presidió por encargo del Papa el cardenal José Saraiva Martins en la Basílica vaticana de San Pedro, Benedicto XVI retomó la tradición de los Papas de no presidir beatificaciones, una práctica que había sido interrumpida en 1971 por el Papa Pablo VI, al beatificar al sacerdote polaco Maximiliano Kolbe.
Juan Pablo II, por su parte, presidió la beatificación de 1.338 siervos de Dios. «¡Quédate, Señor, en nuestras familias!» es el tema sobre el que se celebrará el 18 y 19 de junio en Varsovia el III Congreso Eucarístico Nacional de Polonia, con la participación de 10 mil delegados de las 44 diócesis polacas, junto a decenas de miles de habitantes de la capital.
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