sábado, 20 de junio de 2015

Beata Margarita Ball - San Juan de Matera - Beata Margarita Ebner 20062015

Beata Margarita Ball

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Beata Margarita Ball, mártir
En la misma ciudad de Dublín, conmemoración de la beata Margarita Ball, mártir, que, habiendo quedado viuda, fue denunciada por su propio hijo por acoger en su casa a sacerdotes perseguidos y, después de diversas torturas, ya septuagenaria falleció en un día no precisado.
No se sabe el día exacto del año 1584 en el que Margarita Ball pasó desde este mundo al Padre. Pero como el día de hoy fue el martirio del Beato Dermicio O'Hurley, y este santo obispo encabeza el grupo de mártires irlandeses beatificados el 27 de septiembre de 1992, en el que está incluida Margarita, el Martirologio romano inscribe su memoria en esta fecha.

Margarita Bermingham nació hacia el año 1515, poco más o menos, hija de Nicolás Bermingham de Corballis, en la baronía de Skreen, condado de Meath, en Irlanda, y de su esposa Catalina, hija de Richard de La Hide, de Drogheda. En 1530, con unos quince años, se casó con Bartolomé Ball, natural de Balrothery, en el condado de Dublin, que fue «bailiff» (alguacil) de Dublin entre octubre de 1541 y octubre de 1542 y «mayor» de la ciudad entre 1553 y 1554. Bartolomé Ball murió al cabo de 38 años de matrimonio, en los cuales tuvo con Margarita nada menos que veinte hijos, pero de los cuales solamente sobrevivieron cinco, tres varones y dos mujeres.

Cuando en 1568 quedó viuda, Margarita pensó emplear su tiempo en alguna buena obra, y así ella, una respetable señora de Dublin, decidió abrir en su casa una escuela donde ofrecer educación y formación a los niños y jóvenes procedentes de familias católicas, las cuales, muy pronto, le mandaron alumnos de todos los rincones del país. La instrucción, la buena educación y la piedad que ella les transmitía acreditaron a los ojos de los padres y de los propios jóvenes la institución de Margarita. A su vez no tenía inconvenientes, corriendo riesgos, en acoger sacerdotes católicos en su casa, pero a finales de los años 1570 fue denunciada y, registrada la vivienda, hallaron a un sacerdote diciendo misa, por lo que Margarita fue a parar a la cárcel, de la que salió pronto con la ayuda de dinero y de algunas personas influyentes. Pero no salió escarmentada, pues continuó su labor educativa y apostólica.

El problema lo tuvo en su propia familia: cuatro de sus hijos siguieron siendo católicos, pero el mayor, Walter, era un protestante decidido y llevaba a mal las amonestaciones de su madre para que se hiciera católico. La cosa se agrió al extremo en que Walter arrestó a su propia madre, la llevó por las calles de la ciudad en un zarzo y la metió en prisión. Seguramente se la acusó de recusar el «Acta de uniformidad». El hecho es que permaneció en la cárcel, donde padeció tanto que su salud se resquebrajó y vino a morir en ella.

fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003


San Juan de Matera

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San Juan de Matera, abad
En el monasterio de San Jacobo de Foggia, en la Apulia, san Juan de Matera, abad, insigne por su austeridad y su predicación al pueblo, que instituyó la Congregación de Pulsano en la región del Gárgano, bajo la Regla de san Benito.
El fundador de la congregación benedictina en Pulsano, nació en Matera, una ciudad de la región de Basilicata, que formaba parte del reino de Nápoles. Cuando era todavía un niño, Juan soñaba con vivir como un ermitaño y, tan pronto como llegó a la mayoría de edad, decidió realizar su sueño: abandonó la casa paterna y viajó hasta una isla, frente a Taranto, donde había un monasterio al que ingresó en calidad de pastor de los rebaños de los monjes. Su carácter adusto, su retraimiento que le impedía unirse a los hermanos en cualquiera de sus diversiones o paseos, le valieron la antipatía y aun la hostilidad de los demás, hasta el grado de verse obligado a abandonar el monasterio y la isla para refugiarse en Calabria y luego en Sicilia. Poco tiempo después, en procura de realizar lo que él consideraba como un llamado divino, regresó a Italia y se quedó en Ginosa durante dos años y medio sin pronunciar una sola palabra y sin revelar su presencia a sus padres que, como consecuencia de las guerras, se habían refugiado en las vecindades de Ginosa. Por aquel entonces tuvo una visión de san Pedro, quien le pidió que reconstruyese una iglesia arruinada que llevaba su nombre y se encontraba a unos tres kilómetros de la ciudad. Gracias a la tenacidad de sus esfuerzos y a la ayuda de algunos compañeros, pudo llevar a cabo con éxito la tarea. Pero entonces se le acusó de haber descubierto un tesoro oculto en la vieja iglesia y de haberse apropiado de él. Los acusadores lo llevaron ante el gobernador de la provincia, quien no quiso creer en su inocencia y le mandó a la cárcel.

A poco de estar en la prisión, escapó en una forma que nadie podía explicarse, por lo que se dijo que había sido liberado por un ángel. Llegó hasta Cápua y tuvo que seguir su camino, porque los pobladores no le permitieron quedarse. En la soledad de la noche, oyó de nuevo la voz interior que le instaba a regresar a su comarca natal y así lo hizo. De nuevo en la Basilicata, consiguió ingresar en la comunidad religiosa de San Guillermo de Vercelli, en Monte Laceno. Ahí permaneció Juan hasta que un incendio destruyó las viviendas de los monjes; la mayoría se trasladó a la abadía de Monte Cagno, pero Juan se fue a Bari, donde comenzó a predicar con maravillosos resultados. Su éxito fue tan grande, que suscitó la envidia y, de nuevo, sus enemigos trataron de combatirlo con acusaciones falsas: aquella vez se le acusó de hereje. Sin embargo, se defendió brillantemente en los tribunales y, a fin de cuentas, salió libre de culpa y cargo entre las aclamaciones triunfales del pueblo. Después regresó a Ginosa, donde sus antiguos discípulos le dispensaron una calurosa bienvenida y, en la iglesia reconstruida de San Pedro, predicó una misión que rindió abundantes frutos. Sus constantes viajes estaban a punto de terminar: siempre dirigido por la misteriosa voz interior, se encaminó al Monte Gargano y, en Pulsano, a poco más de diez kilómetros del sitio bendecido por la aparición de san Miguel Arcángel, se dedicó a construir un monasterio. Desde todas partes acudieron los discípulos a ayudarle y, una vez terminado el edificio, albergó a sesenta monjes que tuvieron por superior a Juan hasta su muerte. Venerado por todos en razón de su ciencia, sus milagros, sus profecías y sus virtudes, pasó a mejor vida el 20 de junio de 1139. Posteriormente, otras casas de religión se afiliaron a la suya y, en una época, la congregación de Monte Pulsano formó parte de la gran familia Benedictina; pero desde hace mucho tiempo desapareció.

 Acta Sanctorum, junio, vol. V. El relato en verso, del que los bolandistas extrajeron algunas líneas, puede leerse completo en la Chroniche de Monte Vergine (1640), pp. 520-527, de G. Giordano. En fechas recientes se publicó otra biografía escrita por M. Morelli (1930). Ver Analecta Bollandiana, vol. LVII (1939), pp. 174-176.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


Beata Margarita Ebner

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Beata Margarita Ebner, virgen

En el monasterio de Medingen, en Baviera, beata Margarita Ebner, virgen de la Orden de Predicadores, que, probada por Cristo con múltiples enfermedades, llevó una vida ejemplar ante Dios y los hombres y escribió sobre experiencias místicas.

«Espíritu victimal de una gran mística renana. Esta penitente dominica, de frágil salud, fue agraciada con numerosos favores místicos, entre otros, los estigmas de la Pasión de la que fue devota. Con su ofrenda cosechó grandes frutos»

 Cuando la enfermedad alcanza ciertas cotas impidiendo llevar el ritmo de las personas sanas es frecuente dudar de la posibilidad de realizar algo por los demás que merezca la pena, tanto humana como espiritualmente. Si las lesiones se producen en el contexto de una vida austera, tal exigencia añadida requiere un esfuerzo suplementario. Sin embargo, cualquier santo o beato, aún en el caso de verse acechado íntimamente por estos temores, los despeja con su comportamiento cotidiano. Ellos han cosechado infinidad de frutos con la oración, ofrendando lo que poseían, con especial acento en su propia debilidad e indigencia. Nunca dejaron pasar de largo este fértil activo que la vida puso en sus manos, como hizo Margarita, primera beatificada por Juan Pablo II.


Pertenecía a una influyente familia de Donauworth, Alemania, donde nació hacia 1291. Con 15 años ingresó en el monasterio dominico de la Asunción en Medingen, y progresivamente iría trazando el itinerario que hizo de ella una de las grandes místicas renanas del siglo XIV. Con su presencia Medingen atravesó una etapa de florecimiento significativo. En el convento le había precedido un familiar directo y otros la secundaron después. En 1311, cuando llevaba en él un lustro, experimentó irrevocable afán de crecer en el amor. Se sintió llamada a ser: «Salvadora para sí misma, ejemplar para los hombres, agradable a los ángeles y grata a Dios». Se propuso imitar a santo Domingo, y nunca volvió la vista atrás.

Era de constitución débil, presa fácil de las enfermedades que arreciaron en medio de los rigores conventuales. Durante tres años, de 1312 a 1315, la dolencia mantuvo su vida en situación de gravedad permanente. Además, era incapaz de controlar emociones compulsivas que iban de la risa al llanto, un estado que le sirvió como trampolín espiritual. Siete años más tarde estuvo al borde de la muerte. No llegó a recuperarse por completo, y los restantes trece años fueron difíciles al verse obligada a pasar en cama seis meses de cada uno de ellos. Hallarse atrapada en su lecho no constituyó un veto para las penitencias que no dejó de realizar, incluyendo determinadas privaciones moderadas dado su estado de salud. Oración, paciencia, sencillez y humildad; de ese modo se inmolaba. En esos largos periodos apenas pudo hacer nada. Cuando fue dispensada de la observancia comunitaria, padeció gran aflicción. Al final, quedó irremisiblemente afectada por las secuelas. Órganos como la vista, la lengua y el corazón sufrieron pronto desgaste cuando se ofreció a Dios con espíritu victimal, suplicándole que no la sanara. Fue muy discreta en lo concerniente a sus padecimientos corporales.

 Academia de Humanidades PP Dominicos

Agraciada con favores místicos, se le confirmó por revelación que Dios aceptaba sus sacrificios. Después recobró en parte la salud, dio gracias por ello, y reiteró su oblación. Se tiene rigurosa constancia de sus altas experiencias porque las relató por indicación de su confesor, el padre Enrique de Nördlingen, impulsor, junto al dominico Juan Taulero, del movimiento espiritual «Amigos de Dios» nacido en 1339, que solicitaron en muchos momentos sus consejos. La beata y su confesor se habían conocido cuando el sacerdote pasó por el monasterio en octubre de 1332. Fue un gran director espiritual. Ella tuvo el consuelo de saber que Dios aprobaba al religioso por la siguiente locución divina: «A Mí me place a causa de su profunda humildad».

Margarita se caracterizó por su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a la Eucaristía, y a la Pasión de Cristo. Quería asemejarse a Cristo, y su ruego fue escuchado porque ese año de 1339 recibió los estigmas. Algunos de los favores se produjeron ante el crucifijo. Tenía por costumbre meditar en los misterios de la vida del Redentor que se hacía presente agraciándola con signos sobrenaturales. Éstos también se manifestaron en la oración y en la recitación del Padrenuestro, sobre el cual redactó un valioso comentario. Tuvo momentos de gran intimidad mística con el Niño Jesús, especialmente desde 1344, año en el que fue obsequiada con una imagen suya. En otra de las locuciones con las que fue bendecida, Él le reveló aspectos relativos a su concepción y Nacimiento: «Yo ocupaba todo el corazón de mi divina Madre, yo inundaba todo su ser de una alegría dulce y sobreabundante».

Había instantes extáticos en los que Margarita no lograba emitir sonido alguno. En ese estado signos de su amor y de santo temor se abrían paso entre los muros del monasterio. El horror a perder a Dios le llevaba a suplicar ardorosamente: «Señor, haz de mí lo que quieras pero no me dejes jamás»; Él le consolaba asegurándole que no la abandonaría. En 1347 se produjo su desposorio místico, y en 1348 recibió la impresión personal del Espíritu Santo. Al vaticinarle su muerte, supo que en ese instante sería acompañada de María y del apóstol san Juan. Su tránsito, acompañado de fama de santidad, se produjo el 20 de junio de 1351 mientras decía: «Demos gracias a Dios; Virgen María, Madre de Dios, ten misericordia de mí». El 24 de febrero de 1979 Juan Pablo II ratificó el culto que venía recibiendo desde hacía siglos.

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