sábado, 20 de junio de 2015

Beato Dermicio O’Hurley - San Metodio de Olimpo - Beatos Tomás Whitbread y Guillermo Harcourt, Juan Fenwich, Juan Gavan y Antonio Turner, 20062015

Beato Dermicio O’Hurley

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Beato Dermicio O’Hurley, obispo y mártir
En Dublín, en Irlanda, pasión del beato Dermicio O'Hurley, obispo y mártir, que, siendo abogado laico, fue promovido por el papa Gregorio XIII como obispo de Cashel. En tiempo de la reina Isabel I sufrió largos interrogatorios y torturas, rechazando las acusaciones que se le hacían, y llevado al patíbulo, en Hoggen Green, allí proclamó que moría por la fe católica y por su ministerio episcopal.
Dermicio O’Hurley nació en 1530 en el distrito de Emly, condado de Tipperary, en Irlanda. Sus padres eran Guillermo O'Hurley y Honoria O'Brian, familia bien acomodada. Realizados los estudios elementales en su patria, prosiguió con la universidad en la prestigiosa Lovaina, donde llegó a obtener el Doctorado «Utriusque iuris» (es decir, en derecho canónico y civil), y llegó a ser decano de la facultad de leyes. Después de quince años, pasó a enseñar en Reims por otros cuatro. En el 1570 se trasladó a Roma, donde luego de once años el papa Gregorio XIII lo consagró arzobispo de Cashel, aunque hasta aquel momento había sido laico. Fue ordenado el 27 de noviembre de 1581, y recibió el palio.

Al agosto siguiente organizó desde Reims el viaje para volver a entrar en secreto a Irlanda. Las autoridades protestantes, sin embargo, tuvieron conocimiento de su llegada, y él se vio obligado a vestir de paisano para pasar desapercibido. Ejerció su ministerio en Waterford, después en el castillo de Slane, y también en Carrikc-on-Shannon, huésped del conde Tomás Butler de Ormone, simpatizante católico aunque apóstata. Como Dermicio llegó a saber los problemas en que se vio envuelto el barón de Slane por haberlo hospedado precedentemente, decidió dejarse reconocer espontaneamente por los agentes del gobierno que venían a arrestarlo.

Recluso en primer término en la prisión de Kilkenny, fue trasladado el 7 de octubre de 1583 a la cárcel de Dublin, junto a Margarita Ball. Aquí fue sometido a varias torturas, entre las cuales la llamada «de las botas»: sus pies, metidos en zapatos de metal llenos de aceite, eran calentados al fuego, en espera de que el obispo confesara el supuesto complot secreto de Roma y España contra Inglaterra. Soportó todo con firmeza heroica, no cediendo a las invitaciones de los jueces de abjurar de su fe católica y adherir a la supremacía espiritual de la Reina sobre la Iglesia anglicana.

Considerado reo de alta traición, el 19 de junio de 1584 fue finalmente condenado, sin mediar, sin embargo, un proceso regular. Al alba del día siguiente fue ahorcado en las afueras de Dublin. El papa Juan Pablo II lo ha beatificado el 27 de septiembre de 1992, junto a otras 16 víctimas de la misma persecución.
fuente: Santi e Beati



San Metodio de Olimpo

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San Metodio de Olimpo, obispo y mártir
Conmemoración de san Metodio, obispo de Olimpo y mártir, que escribió diversas obras en estilo conciso y elegante, y hacia el final de la persecución desencadenada bajo Diocleciano, fue coronado por el martirio.
San Jerónimo declara que Metodio fue, primero obispo de Olimpo, en Licia, y después, en la sede de Tiro, y afirma que recibió la corona del martirio en la ciudad griega de Khalkis, al finalizar la última persecución. Estas declaraciones fueron la base con las que se incluyó en el Martirologio Romano, aunque en la actualidad se cree que no fue nunca obispo de Tiro, y sólo se menciona la sede de Olimpo. A veces, sobre todo entre los escritores griegos, se lo llama Obispo de Pátara.

Sin embargo, todo lo que se sabe de él se refiere más a sus escritos que a su vida, ya que lamentablemente no lo menciona la Historia Eclesiástica de Eusebio. San Jerónimo lo llama el «muy elocuente Metodio», y el Martirologio actual habla de su «estilo conciso y elegante». Sin embargo, no todos son de la misma opinión; Butler, por ejemplo, se refiere a su obra más conocida, el Symposium, como de «estilo difuso, hinchado y plagado de epítetos»...

Lo cierto es que, más allá de esta cuestión que afecta más a la expresión que al contenido, su obra fue de gran importancia en su época, e influyó decisivamente, al punto en que la iglesia de Oriente lo tiene incluido entre los Padres de la Iglesia. En un principio parece que adhirió a algunas teorías de Orígenes, pero al tiempo rechazó las ideas espiritualistas y que podían tender al gnosticismo del gran escritor alejandrino, y escribió tratados para refutar la preexistencia del alma y la no identidad entre el cuerpo "material" y el cuerpo "espiritual", dos ideas muy arraigadas en el origenismo. También refutó a Porfirio, el neoplatónico, filosofía que rivalizaba en espiritualidad con el cristianismo; sin embargo sus tratados contra Porfirio no han llegado hasta nosotros, sino sólo las menciones de san Jerónimo.

De sus obras se conservan, una íntegramente en griego, la más conocida, el «Symposium» o «Banquete de las diez vírgenes», y las demás en una edición en eslavo, y algunos fragmentos griegos y armenios. Como lector e imitador de Platón, escribe -muy habitual en su época- en forma de diálogo, y en particular en el Symposium imita el banquete platónico: una matrona le relata al pesonaje Eubulo (el propio Metodio) los diez discursos en alabanza de la virginidad que realizaron diez vírgenes en el curso de un banquete. La obra concluye con un himno en 24 versos recitado por santa Tecla, con estribillo de las vírgenes, que es uno de los himnos orientales más antiguos que se conservan, en alabanza de la sagrada virginidad:



Tecla: En lo alto de los cielos, ¡oh vírgenes!, se deja oír el sonido de una voz que despierta a los muertos; debemos apresurarnos, dice, a ir todas hacia el oriente al encuentro del Esposo, revestidas de nuestras blancas túnicas y con las lámparas en la mano. Despertaos y avanzad antes de que el Rey franquee la puerta.
    Todas: A ti consagro mi pureza, ¡oh divino Esposo!, y voy a tu encuentro con la lámpara brillante en mi mano.

Tecla: He desechado la felicidad de los mortales, tan lamentable; los placeres de una vida voluptuosa y el amor profano; a tus brazos, que dan la vida, me acojo buscando protección, en espera de contemplar, ¡oh Cristo bienaventurado!, tu eternal belleza.
    Todas: A ti consagro mi pureza, ¡oh divino Esposo!, y voy a tu encuentro con la lámpara brillante en mi mano.

Tecla: He abandonado los tálamos y palacios de bodas terrenas por ti, ¡oh divino Maestro!, resplandeciente cual el oro; a ti me acerco con mis vestiduras inmaculadas, para ser la primera en entrar contigo en la felicidad completa de la cámara nupcial.
    Todas: A ti consagro mi pureza...

Tecla: Después de haber escapado, ¡oh Cristo bienaventurado!, a los engaños del dragón y sus artificiosas seducciones, sufrí el ardor de las llamas y las acometidas mortíferas de bestias feroces, confiada en que vendrías a ayudarme.
    Todas: A ti consagro mi pureza...

Tecla: Olvidé mi patria arrastrada por el encanto ardiente de tu gracia, ¡oh Verbo divino!; olvidé los coros de las vírgenes compañeras de mi edad y el fausto de mi madre y de mi raza, porque tú mismo, tú, ¡oh Cristo!, eres todo para mí.
    Todas: A ti consagro mi pureza...

Tecla: Salve, ¡oh Cristo, dador de la vida, luz sin ocaso! ¡Oye nuestras aclamaciones! Es el coro de las vírgenes quien te las dirige, ¡oh flor sin tacha, gozo, prudencia, sabiduría, oh Verbo de Dios!
    Todas: A ti consagro mi pureza...

Tecla: Abre las puertas, ¡oh reina!, la de la rica veste; admítenos en la cámara nupcial. ¡Esposa inmaculada, vencedora, egregia, que te mueves entre aromas! Engalanadas con vestiduras semejantes, henos aquí vástagos tuyos, sentadas junto a Cristo para celebrar tus venturosas nupcias.
    Todas: A ti consagro mi pureza...



 Butler-Guinea, 18 sept, y de la Patrología de Quasten, vol 1: Himno, que el autor remite al volumen «Las vírgenes cristianas de la Iglesia primitiva. Estudio histórico y antología patrística», BAC, pág 1081s.



Beato Tomás Whitbread

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Beatos Tomás Whitbread y cuatro compañeros, presbíteros y mártires
En Londres, en Inglaterra, beatos mártires Tomás Whitbread y compañeros Guillermo Harcourt, Juan Fenwich, Juan Gavan y Antonio Turner, presbíteros de la Orden de la Compañía de Jesús, que, acusados falsamente de tomar parte en una conjura para asesinar al rey Carlos II, alcanzaron el reino de los cielos al ser ajusticiados en Tyburn.
En Londres, en la plaza de Tyburn, donde tantos mártires habían dado su sangre por la fe católica, fueron ajusticiados el día 20 de junio de 1679 cinco sacerdotes jesuitas acusados de conspiración y traición, que en realidad no morían por otra causa que la de su sacerdocio ejercido en Inglaterra y su fe católica. A los cinco los había acusado Titus Oates de conspirar contra el rey, promover su destitución o su muerte y querer cambiar por la fuerza la religión del país. No se presentaron pruebas que pudieran hacer creíble esta falsa acusación, e incluso unos años más tarde Titus Oates será condenado por perjurio, pero en el clima de la Inglaterra de entonces la acusación prosperó y los acusados, entre ellos estos jesuitas, terminaron su vida terrena en el cadalso. Fueron beatificados el 22 de noviembre de 1987.

Tomás Whitbread, llamado también Harcourt, había dado motivo de odio personal a Titus Oates cuando, estando en Flandes, pidió éste ingresar en la Compañía y Tomás, entonces provincial, se negó rotundamente a admitirlo, pero en realidad Oates no odiaba solamente a este religioso sino a toda la Compañía de Jesús.

Guillermo Harcourt, para poder pasar inadvertido había usado en Inglaterra también los apellidos de Barrow y Warring. Su actividad había sido conocida por el Consejo real, que no había dudado en tildarlo de traidor por ejercer el ministerio sacerdotal en Inglaterra.

Juan Fenwick también había usado el apellido de Caldwell. Fue arrestado a media noche y llevado a la cárcel de Newgate donde pasó dos meses de prisión antes de ser llevado a juicio y acusado de traidor. Como no pudo probarse su conspiración, se le mandó a la prisión nuevamente junto con Tomás Whitbread hasta que, posteriormente, se les renovó la acusación y la falta de pruebas no fue motivo para esquivar la condena a muerte.

Juan Gavan, acusado y condenado por participar en la falsa conspiración delatada por Oates, parece que ya muerto fue objeto de una segunda acusación: la de haber dicho que la reina podía licitamente atentar contra el rey por las infidelidades de éste.

Antonio Turner no fue detenido sino que al conocer que se había levantado esta nueva persecución anticatólica, llevado del deseo del martirio, marchó a Londres y se presentó al juez al que declaró ser jesuita y sacerdote, lo que le acarreó prisión, juicio y condena a muerte. No puede alegarse la voluntariedad de su presentación al juez para negar la verdad de su martirio, ya que hay muy largos precedentes de esa conducta.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003




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