San Gregorio Barbarigo | |
San Gregorio Barbarigo, obispo
En Padua, en el territorio de Venecia, san Gregorio Barbarigo, obispo, que instituyó un seminario para clérigos, enseñó el catecismo a los niños en su propio dialecto, celebró un sínodo, mantuvo coloquios con su clero y abrió muchas escuelas, mostrándose liberal con todos y exigente consigo mismo.
Que San Juan XXIII reparase en su grandeza humana, intelectual y espiritual lo dice todo. Su vasta cultura científica y literaria, así como el conocimiento de la realidad histórica y eclesial de su tiempo, le permitió abordar con rigor áreas diversas. Ser políglota le facilitó holgado acceso a muchas personas.
Pero, por encima de estas y otras muchas cualidades que poseía, el «papa bueno» subrayó lo esencial: «cultivó ante todo un espíritu exquisito de santidad auténtica, purísima, que le permitió conservar la inocencia bautismal y crecer año tras año en el ejercicio de las virtudes sacerdotales más altas y edificantes […] una fe que lo puso en guardia contra las sutilezas del quietismo y del galicanismo, una confianza en Dios que le hacía familiar la elevación continuada de su espíritu hacia Jesús, mediante jaculatorias continuas como dardos de amor, una fortaleza impertérrita en circunstancias angustiosas que le hicieron decir con el puño cerrado sobre el pecho: ‘color de púrpura, color de sangre; y que esto os diga que por la justicia y por el buen derecho de Dios yo estoy dispuesto a sacrificar mi vida’. Una caridad inflamada de padre y de pastor desarrollada en las formas más abundantes y variadas de la entrega de un gran corazón de hombre insigne y de sacerdote venerable».
Nació en Venecia el 16 de septiembre de 1625 en el seno de una familia aristocrática de origen dálmata. Fue el primogénito de cuatro hermanos. Su padre Gianfrancesco era senador de la República. Cuando tenía 6 años perdió a su madre, y aquél se ocupó personalmente de que recibiera una esmerada educación espiritual e intelectual. Hizo de Gregorio un hombre competente, sincero, responsable y fiel. Sembró en su corazón la semilla de la fe incluyendo en su catecismo cotidiano la oración y la comunión, prácticas que fueron impregnando su vida.
Muy joven ingresó en la carrera diplomática. Fue secretario del embajador de Venecia y junto a él intervino en 1648 en el Tratado de Wetsfalia integrando el equipo de los que pusieron fin a la guerra de los Treinta Años. Su amigo Fabio Chigi, luego pontífice Alejandro VII, le impulsó al sacerdocio. Compartían la oración y también intercambiaban sus impresiones; estudios y afanes elevados eran tema común. Gregorio huía de la farándula. Tenía la oportunidad de ir a teatros, a festivales…, pero elegía la lectura de profundas obras como la del jesuita P. Hayneufe. Chigi le obsequió con un ejemplar de la Introducción a la vida devota de san Francisco de Sales recordándole que en él ambos hallarían la fuente que estimularía su voluntad incendiando su corazón.
Culminados sus estudios en Padua, como habían convenido, fue ordenado sacerdote. Dos meses más tarde, el recién aclamado pontífice lo llamó. Puso en sus manos altas misiones, entre otras, ser prelado de la Casa Pontificia. En el transcurso de la epidemia de peste bubónica, que causó la muerte a su madre, estuvo al frente del campo de operaciones establecido en el Trastévere por indicación de Alejandro VII. Sin poder evitar el temor que inicialmente le produjo hallarse entre los leprosos, extrajo de la oración su fortaleza y ejerció una labor admirable. Se desvivió atendiendo a los damnificados y consoló a los que perdían a sus seres queridos, ocupándose incluso de sepultar a los muertos.
En 1657 fue designado obispo de Bergamo. Aceptó después de haber oficiado la Santa Misa para dilucidar la voluntad divina al respecto. Al llegar a su nueva sede puso un signo que denotaba su impronta apostólica y honestidad evangélica. Determinó que el dinero destinado a costear su acogida fuese donado íntegramente a los pobres. Él mismo se desprendió de sus bienes y los repartió entre ellos. Sencillo y extraordinariamente cercano compartía con los feligreses su fe y viandas en sus domicilios fueran selectos o humildes. Carlos Borromeo, por su celo reformador, y Francisco de Sales por su dulzura fueron modelos que tuvo en cuenta. «Trabajar bien y sufrir el mal es el pan de cada día de todos los siervos de Dios, pero sobre todo de los obispos», decía.
Nuevamente Alejandro VII lo reclamó y tuvo que volver a Roma. A toda costa hubiera querido desembarazarse de la misión que le mantuvo allí un año y regresar a su diócesis. Pero en 1664 el papa lo trasladó a Padua para ser su obispo. Los feligreses de Bergamo se despidieron con aflicción de quien ya glosaban su santidad. También él partía con un sentimiento de dolor por los «escándalos» y debilidades que algunas veces constató, sin saber siempre cómo afrontarlos debidamente.
Aludiendo a los que estaban presos de estas flaquezas, decía: «Estos hermanos son mis angustias, mis males, estas mis lágrimas». En Padua siguió impulsando la formación de los niños y de los jóvenes, recorrió uno por uno todos los recodos de la diócesis, creó imprentas a través de las cuales proporcionaba a la gente lecturas formativas; fue un apóstol incansable del Evangelio. Allí completó la reforma del clero y de los fieles emprendida en Bergamo.
Bajo su égida pastoral los seminaristas y sacerdotes recibieron una preparación excepcional. No escatimó esfuerzos para que tuviesen los mejores medios materiales, con un nuevo seminario, y humanos recurriendo a expertos profesores de otros lugares. Confió a su amigo el gran duque Cósimo III: «El seminario es la única diversión que encuentro entre las espinas del gobierno episcopal».
Fue artífice de instituciones benéficas, escuelas, y centros para el estudio de idiomas. En 1667 el papa lo nombró cardenal. Dos veces pudo haber sido elegido pontífice, y en ambas se negó. Fue un gran promotor de la fe, de la unidad de las iglesias, y fundador de la Congregación de los Oblatos de los Santos Prodóscimo y Antonio, en Padua.
Siempre dijo: «Un obispo no debe saber lo que es el descanso»; dio fehacientes pruebas de ello. Murió el 17 de junio del año 1697 en Padua. Clemente XIV lo beatificó el 6 de junio de 1771. San Juan XXIII lo canonizó el 26 de mayo de 1960.
Oremos
Señor, tú que colocaste a San Gregorio Barbarigo en el número de los santos pastores y lo hiciste brillar por el ardor de la caridad y de aquella fe que vence al mundo, haz que también nosotros, por su intercesión, perseveremos firmes en la fe y arraigados en el amor y merezcamos así participar de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
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San Marcos de Roma | |
Santos Marcos y Marceliano, mártires
En Roma, en el cementerio de Balbina, en la vía Ardeatina, santos Marcos y Marceliano, mártires en la persecución bajo el emperador Diocleciano, a los que hermanó el sufrimiento.
El interés por los santos Marco y Marceliano se ha reavivado en los tiempos modernos, gracias al descubrimiento de sus tumbas, junto con un fresco que representa a los dos mártires en el momento de su «coronación» y la de sus compañeros, en una parte de lo que fue la Catacumba de Santa Balbina y que lleva el nombre de los dos santos. Eran dos hermanos, ambos diáconos de la Iglesia romana, que perecieron al principio de la persecución de Diocleciano. Para tomar detalles de sus sufrimientos y su muerte, no hay otra fuente de información más digna de confianza que la llamada «Pasión de San Sebastián», una colección de tradiciones y leyendas del siglo quinto.
De acuerdo con esos datos, Marco y Marceliano eran gemelos y de noble cuna, convertidos al cristianismo desde su temprana juventud y ambos casados. Durante la persecución que estalló poco después de que Diocleciano ascendiera al trono imperial, los hermanos fueron arrojados en la prisión y condenados a morir decapitados, por sentencia de Cromando, auxiliar del prefecto de Roma. Gracias a las súplicas de sus amigos, se postergó la ejecución de la sentencia y se dio a los prisioneros un plazo de treinta días, con la esperanza de que, en ese lapso llegasen a convencerse de que era necesario ofrecer sacrificios a los dioses, si querían salvar la vida. Con ese fin, se les trasladó de la prisión a la casa de Nicostrato, el escribano público y ahí acudieron sus esposas, sus hijos pequeños y sus parientes Tranquilino y Marcia, para doblegar su constancia con súplicas, razones y lágrimas; pero todo fue en vano, porque san Sebastián, quien era por entonces un oficial en la guardia del emperador, los visitaba a diario a fin de alentarlos a perseverar.
El resultado de aquella prueba y de las entrevistas y discusiones que tuvieron lugar, fue la conversión al cristianismo de los parientes y amigos paganos de los dos santos, de Nicostrato, el escribano, y hasta del mismo Cromancio, quien dejó en libertad a los prisioneros, renunció a su puesto y se retiró a vivir al campo. Marco y Marceliano se fueron a vivir en la casa de san Sebastián; sin embargo, y a pesar de hallarse al amparo de un servidor de la casa imperial, fueron traicionados por un renegado y capturados nuevamente. Fabiano, el auxiliar del prefecto que había reemplazado a Cromancio, los condenó a ser atados a postes de madera, con los pies clavados a ellos. Durante veinticuatro horas, los dos hermanos estuvieron expuestos en esta forma atroz, y luego los soldados los acribillaron con sus lanzas. Sus reliquias se trasladaron de las catacumbas a la iglesia de Santos Cosme y Damián. Ahora se las venera en la basílica romana de Santa Práxedes.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Oremos
Señor todopoderoso y eterno, que nos has dado como ejemplo para imitar la vida de los santos Marcos y Marcelino, concédenos también que su valiosa intercesión venga siempre en nuestra ayuda. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
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San Ciriaco de África | |
Santos Ciríaco y Paula, mártires
En África, santos Ciríaco y Paula, mártires.
Hay una triple tradición respecto de estos mártires: la versión aceptada tradicionalmente, y que se reflejaba en el Martirologio anterior, los hace mártires lapidados en Málaga; esta noticia proviene del Martirologio de Usuardo (s. IX), que atestigua que el culto estaba ya arraigado en Espaaña para su época. Las otras versiones los sitúan en Cartagena y en África (aunque no especifica, se entiende que es el África proconsular, posiblemente Argelia o Túnez). El Martirologio Romano actual, siguiendo -según señala Repetto Betes en Año Cristiano- el artículo de Gian Michele Fusconi en la Bibliotheca Sanctorum, prefiere, sin embargo, la localización en Áfrca, a pesar de no haber allí trazas del culto antiguo a estos mártires.
Así relata el autor citado la tradición sobre el patronato de estos santos sobre Málaga:
Se dice que estando los Reyes Católicos en Córdoba preparando la conquista del reino de Granada, un monje jerónimo, que tenía crédito de santo, fray Juan de Carmona, le dijo a la Reina que hiciese voto a Dios de construir una iglesia a estos santos mártires si conquistaba la ciudad de Málaga y que confiase en que con el poder de Dios la conquistaría con relativa facilidad. Y que, movida por esta exhortación del religioso, se animó la Reina a emprender la campaña para conquistar Málaga, ciudad que efectivamente conquistaron. Dieron los Reyes cuenta de su victoria al papa Inocencio VIII, el cual respondió diciendo que Málaga había sido consagrada con la sangre de Ciriaco y Paula como Jerusalén lo fuera con la de San Esteban, igualmente lapidado. Se edificó el templo y los malagueños tomaron a estos santos por patronos, y todavía continúan honrándolos como a tales.
Año Cristiano, BAC, 2003, tomo VI (junio), p. 468-9; el autor está tremendamente enfadado por el cambio de localización de los santos... En el sitio de la Piadosa Congregación en honor de Ciríaco y Paula, de Málaga, hay bastante ionformación e imágenes sobre el culto a los santos en esa ciudad española.
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