lunes, 15 de junio de 2015

Santa Germana Cousin. - Santa María Micaela - Santa Benilde de Córdoba - San Bernardo de Menthone - San Isfrido de Ratzeburg 15062015


Santa Germana Cousin.

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Esta santa «sin historia», como se la denomina, es otra de las doctoras en el modo admirable y heroico de asumir el anonadamiento espiritual y el perdón. Un ejemplo de vida oculta en Cristo. Pasó su existencia sin realce social ni intelectual. Deforme de nacimiento, despreciada, maltratada, abandonada de los suyos, humillada, y destinada a vivir con los animales, en ese calvario cotidiano, que llevada de su amor a Dios le ofrecía, se labró su morada eterna en el cielo. Y de eso se trata. Algunas pinceladas de su biografía se reconstruyeron en diciembre de 1644, casi medio siglo después de su muerte, cuando se abrió la tumba para enterrar a una parroquiana y hallaron su cuerpo incorrupto. Dos vecinos, que tenían ya cierta edad y habían sido contemporáneos de la joven, echaron mano de su memoria y dieron pistas para identificarla.
Había nacido en Pibrac, Francia, hacia 1579 porque se piensa que falleció en 1601 cuando tenía 22 años. Su deceso se produjo en completa soledad, como había vivido, en el establo y sobre un camastro de rudos sarmientos, acompañada del ganado que custodiaba. Era hija de Laurent Cousin, quien al enviudar de la madre de Germana, Marie Laroche, que falleció cuando aquélla tenía unos 5 años, contrajo matrimonio –era el cuarto para él– con Armande Rajols. Y ésta fue una auténtica madrastra para la pequeña; no tuvo ni un ápice de compasión con la niña. Germana había nacido con una pésima salud. Padecía escrófula y presentaba evidente deformidad en una de sus manos. Ante la pasividad de su padre, Armande la maltrató cruelmente ideando formas despiadadas para infligirle el mayor daño posible. Al final, la separó de su hogar, le vetó el acceso a sus hijos y la destinó al cuidado de las ovejas con las que conviviría hasta el final. Tenía 9 años cuando comenzaron a enviarla a pastorear en la montaña, seguramente con la idea de ir borrando el recuerdo de su existencia, o hacerla desaparecer bajo las fauces de los lobos. Arrinconada, considerada una nulidad para cualquier acción por sencilla que fuera, Germana tuvo dos ángeles tutelares: una iletrada sirvienta de su familia, Juana Aubian, y el párroco de la localidad, Guillermo Carné. La primera volcó en ella sus entrañas de piedad hasta donde le fue posible ya que, en cuanto vieron que podía medio valerse por sí misma, la enviaron al establo. El excelso patrimonio que Juana le legó fue hablarle del Dios misericordioso. A su vez el sacerdote, hombre sin duda virtuoso y clarividente, juzgó que se hallaba ante una elegida del cielo por los signos que apreciaba en ella: bondad, espíritu de mansedumbre, y una inocencia evangélica tal que infundía una alegría ciertamente sobrenatural. La mísera ración de comida, mendrugos de pan que le echaban a cierta distancia en prevención de un eventual contagio, la compartía con los indigentes. Ni siquiera esta muestra de compasión consintió la madrastra, y un día la persiguió para darle público escarmiento. Cuando en presencia del vecindario le arrebató violentamente el delantal donde guardaba su esquilmada provisión para los pobres, quedó impactada por el prodigio que se obró en ese mismo instante. Todos vieron cómo se desprendía del modesto mandil una cascada de flores silvestres bellísimas en una estación impropia para su nacimiento y en un entorno en el que no solían brotar, anegando el suelo con sus brillantes colores.
Laurent despertó un día de su cobarde letargo y ofreció a Germana volver al hogar. La joven agradeció la invitación paterna, pero eligió seguir en el cobertizo. Oraba cotidianamente por la conversión de Armande, que no terminó de conquistar esta gracia hasta poco antes de morir. El párroco acogió a la santa como catequista de los niños que entendían maravillosamente las verdades de la fe a través de los ejemplos que ponía. Era asidua a la misa, rezaba el rosario y no podía evitar que fueran haciéndose extensivos los hechos milagrosos obrados a través de ella, y que ya en vida le dieron fama de santidad. Uno de estos se produjo nada más morir el 15 de junio de 1601, y fue contemplado por varios religiosos que se hallaban de paso en Pibrac. Vieron doce formas blancas que se elevaban hacia el cielo dando escolta a una joven vestida de blanco; llevaba la frente ceñida con una corona de flores. Al descubrir que había fallecido, todos supusieron que era Germana que entraba en la eternidad. Fue enterrada en la iglesia, lugar en el que siguieron multiplicándose los milagros. Los partidarios de la Revolución intentaron destruir sus restos echándoles cal viva. Pero en el siglo XVIII volvieron a hallar su cuerpo incorrupto. Pío IX la beatificó el 7 de mayo de 1854, y la canonizó el 29 de junio de 1867.


Santa María Micaela

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Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, virgen y fundadora
Santa María Micaela del Santísimo Sacramento Desmaisières, virgen, fundadora de la Congregación de las Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, que, con tenaz empeño e inflamada en el deseo de ganar almas para Dios, consagró su vida a hacer volver al buen camino a las jóvenes descarriadas y a las meretrices, y falleció en Valencia, ciudad de España, el 24 de agosto.

Virgen, fundadora, entregada hasta la muerte al amor divino.   Nació en Madrid en 1809 y allí, al visitar el Hospital de San Juan de Dios, nació su vocación de consagrarse a la educación de la juventud inadaptada socialmente. El amor a Cristo en la eucaristía fue el alma de su obra. Fundó el Instituto de Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad.  Tuvo como director espiritual a San Antonio María Claret. Murió en Valencia, al atender a los enfermos de cólera, el 24 de agosto de 1865. Fue canonizada en 1934.   
 LA TRANSFORMACIÓN EN EL ESPIRITU SANTO   De los escritos de santa María Micaela. El día de Pentecostés sentí una luz interior y comprendí que era Dios tan grande, tan poderoso, tan bueno, tan amante, tan misericordioso, que resolví no servir más que a un Señor que todo lo reúne para llenar mi corazón. Yo no puedo querer más que lo que quieras de mí, Dios mío, para tu mayor gloria.   No deseo nada, ni me siento apegada más que a Jesús sacramentado. Pensar que el Señor se quedó con nosotros me infunde un deseo de no separarme de él en la vida, si ser pudiera, y que todos le viesen y amen. Seamos locos de amor divino, y no hay qué temer.   Yo no sé que haya en el mundo mayor dicha que servir a Dios y ser su esclava, pero servirle amando las cruces como él hizo, y lo demás es nada, llevado por su amor.
Dichosos nuestros pecados, que dan a un Dios motivo para que ejerza tanta virtud, como resalta en Dios con el pecador. Éste es tanto más desgraciado cuanto no conoce el valor tan grande de esta alma suya por la que el Señor derramó toda su sangre. ¿Y dudaremos nosotros arrostrar todos los trabajos del mundo por imitar en esto a Jesucristo? ¿Y se nos hará penoso y cuesta arriba dar la vida, crédito, fortuna y cuanto poseemos sobre la tierra, por salvar una que tanto le costó al Señor, toda su sangre sacratísima y divina?   Yo sé que ni el viaje, ni el frío, ni el mal camino, lluvias, jaquecas, gastos, todo, me parece nada si se salva una, sí, una. Por un pecado que lleguemos a evitar, somos felices y le amaremos en pago.





Oremos  

Tú, Señor, que todos los años nos alegras con la fiesta de Santa María Micaela del Santísimo Sacramento concede a los que estamos celebrando su memoria imitar también los ejemplos de su vida santa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


Santa Benilde de Córdoba

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Santa Benilde, mártir
En Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, santa Benilde, mártir, que, ya anciana, encontró la muerte en la persecución desencadenada por los sarracenos.
Benilde era una mujer cordobesa de mucha piedad y decisión, ya entrada en años. Al día siguiente del martirio de los santos Anastasio y compañeros, ocurrido el 14 de junio de 853, concurrió ella animosamente al cadí y confesó abiertamente la divinidad de Jesucristo, al tiempo que rechazaba la religión del Corán. Fue inmediatamente degollada por ello y su cuerpo unido a los de los mártires anteriores hasta que días más tarde se ordenó su cremación y sus cenizas fueron arrojadas al Guadalquivir. Narra su martirio San Eulogio de Córdoba.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003


San Bernardo de Menthone

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San Bernardo de Menthone, monje y presbítero
En Mont-Joux, en Valais, san Bernardo de Menthone, presbítero, que, canónigo y arcediano de Aosta, durante muchos años habitó en las cumbres de los Alpes, donde construyó un renombrado monasterio y, para acoger a los viajeros, también dos refugios que llevan aún su nombre.
El fundador de los dos célebres albergues, del «Gran San Bernardo» y del «Pequeño Snn Bernardo», que han salvado la vida a tantos viajeros en los Alpes, merece la gratitud de la posteridad. Por ello es extraño que el estudio crítico de las biografías claramente legendarias del santo no se haya emprendido sino hasta muy recientemente. Con frecuencia se le llama Bernardo de Menthon, porque, según la leyenda, había nacido en Saboya y era hijo del conde Ricardo de Menthon y de su esposa, que pertenecía a la familia Duyn. Pero lo más probable es que Bernardo haya nacido en Italia. No sabemos nada sobre su familia. En cuanto a la historia donde se cuenta que el santo huyó poco antes de contraer matrimonio, se trata, casi, seguramente, de una simple invención. Se dice que, después de recibir las órdenes sagradas, Bernardo fue nombrado vicario general de la diócesis de Aosta. Durante cuarenta y dos años recorrió toda la región; llegó hasta los más remotos valles de los Alpes, donde quedaban los últimos restos de superstición y paganismo, y su trabajo de evangelización se extendió más allá de su jurisdicción, hasta las diócesis de Novara, Tarantaise y Ginebra. En el territorio de su jurisdicción el santo fundó escuelas, restableció la disciplina entre el clero e insistió en la limpieza y buen cuidado de las iglesias. San Bernardo ayudaba a todos los necesitados, pero particularmente a los viajeros, generalmente peregrinos franceses y alemanes que iban a Roma, al cruzar los Alpes por los dos puertos del territorio de Aosta. Algunos se extraviaban y perecían de frío, otros morían arrastrados por los aludes y, los que escapaban a las inclemencias del tiempo, caían víctimas de bandoleros que les robaban cuando no los raptaban para pedir rescate. Con la ayuda del obispo y de otras almas caritativas, san Bernardo construyó en la cumbre los dos albergues que más tarde recibieron los tradicionales nombres en su honor.

San Bernardo no fue el primero en construir albergues en los Alpes. Se sabe que, en el siglo IX, había en Mons Jovis (Montjoux) un albergue atendido por el clero; pero había desaparecido desde tiempo atrás. En los dos albergues que construyó san Bernardo, se recibía a todos los viajeros, sin discriminación alguna. Al principio estaban atendidos por clérigos y laicos. Más tarde se encargaron de ellos los Canónigos Regulares de San Agustín, para quienes se construyó un monasterio en las cercanías. Dicha orden sigue encargada de los albergues en nuestros días. La afluencia de viajeros hizo pronto famoso el nombre de san Bernardo, y muchos personajes importantes visitaron los albergues y contribuyeron con generosos donativos. En alguna época de su vida, san Bernardo fue a Roma, donde, según se dice, obtuvo del Papa una aprobación formal de los albergues y el privilegio de recibir novicios para perpetuar su congregación. El santo vivió hasta los ochenta y cinco años de edad y murió, probablemente, el 28 de mayo de 1081, en el monasterio de San Lorenzo de Novara.

En Acta Sanctorum, junio, vol. III, además de otros documentos, hay una biografía de san Bernardo, que se atribuye a su contemporáneo Ricardo, archidiácono de Aosta. Pero en realidad todos esos documentos son posteriores, y las leyendas que relatan no merecen crédito alguno. En particular, la biografía atribuida a Ricardo es un zurcido de fábulas que defienden la tradición saboyana contra la italiana. Parece que está probado que san Bernardo no murió en 1008 sino en 1081. La fecha de la muerte del santo se halla confirmada por el texto publicado en la Biblioteca de la Societa Storica Subalpina, vol. XVII (1903), pp. 291-312; se trata probablemente del texto más antiguo que existe sobre el santo; en él se narra el encuentro de Bernardo con el emperador Enrique IV en Pavía, en 1081. Ver también Mons. Duc, en Miscellanea di Storia Italiana, vol. XXXI (1894), pp. 341-388. Otros autores fijan la muerte del santo en fechas diferentes; así, Gonthier, Oeuvres historigues, sostiene que San Bernardo murió en 1086. Henri Ghéon, en su obra teatral La merveilleuse histoire du jeune Bernard de Menthon, resucitó la forma primitiva de la leyenda de san Bernardo, que había constituido ya el tema de varios misterios medievales. En 1923, el Papa Pío XI, en una carta latina de singular elocuencia, proclamó a san Bernardo patrono de los alpinistas; el texto se halla en Acta Apostolicae Sedis, vol. XV (1923), pp. 437-442.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


San Isfrido de Ratzeburg

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San Isfrido de Ratzeburg, obispo
En Ratzeburg, de Holstein, en Germania, san Isfrido, obispo, quien, manteniendo la observancia de vida de los canónigos premonstratenses, trabajó en la conversión de los vendos.
Habiendo profesado los votos religiosos en la Orden Premonstratense, en el convento de Cappenberg en Westfalia, su buen crédito le obtuvo el nombramiento de prepósito del convento de Jerichow en 1159. Era un sacerdote amable y activo, lleno de piedad y de espiritualidad.

En 1180 fue elegido obispo de Ratzburg, diócesis que venía siendo ocupada por religiosos de su Orden. Él no cambió el género de vida mortificado y austero que llevaba hasta entonces, sino que quiso llevar a cabo al mismo tiempo sus obligaciones como obispo y las del verdadero religioso. Cuando ya era obispo tuvo lugar la destrucción, por un pavoroso incendio, del convento de su Orden en Floreffe, junto a Namur. Isfrido tomó a su cargo restaurarlo y devolverlo a los religiosos. Su otra gran tarea fue la de continuar la evangelización de los vendos, que ya había comenzado su predecesor san Evermodo, y a la que él dedicó grandes energías. No le fue sencillo realizarla, pero tuvo ánimo para sortear las dificultades y proseguir una labor tan necesaria para la gloria de Dios y el bien de las almas.

Murió el 15 de junio de 1204 y fue tenido enseguida como santo. La Orden Premonstratense obtuvo del papa Benedicto XIII, en 1725, la aprobación del culto que se le venía dando.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003

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